Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Acuérdate de mí cuando me olvides.

Nunca le diría la verdad. Aquellos sentimientos sinceros, o no, quedarían guardador para siempre en la poca persistencia de memoria que le quedaba. ¿Debería haber ido corriendo tras ella y confesarle los innumerables engaños? Pensó que en ocasiones las certezas nunca dichas duelen más que las verdades más crueles. Sin embargo, estaba parado, viendo marchar a la sombra que más veces le había arrojado luz, sin amar, sin odiar, vacío. Hubiera deseado llorar, gritar de rabia o reír ante la falta de emociones pero no logró hacer ninguna de las tres acciones. Se marchaba, qué novedad, ¡cómo si fuera la primera que lo hacía!, ¡cómo si ninguna otra fuera a hacerlo de nuevo! No iría a detenerla, no le rogaría que no lo abandonase pese a que su desolación fuera inminente. Aunque carecía de orgullo, también de ganas y esperanzas. Tal vez ella mereciese un hombre mejor, más simpático, de los que hacen llorar de risa y reír tras el llanto. Trataba de engañarse, habían sido felices. ¿Cómo se define la felicidad?, ¿y el amor? El amor no era más que la idealización de banalidades, el amor era la montaña rusa, la cúspide de esta, el máximo apogeo de la insignificante vida de un hombre... Y pese a significar tanto, ¡con qué facilidad se marchaba! ¿Qué era él sin las ganas de hacer del mundo un lugar mejor a su lado? Un hombre simple, sin méritos ni condecoraciones. Ella se giró un segundo, sus miradas comenzaron a susurrarse palabras huecas. En sus ojos ya no había amor, ni tan siquiera esperanza. Estaban llenos de espanto, de desencanto, de desilusión. No pudo evitar gemir antes de que ella desapareciera un grito ahogado: ''¡sálvame!''. Pero la salvación era para los soñadores, y él hacia ya demasiado tiempo que dormía entre pesadillas cargadas de recuerdos.

lunes, 28 de mayo de 2012

Clic.

Clic, clic, clic... A, c, b, g, h, i, o... Decían que para escribir no se necesitaba más que una máquina, una pluma, o en este caso un ordenador y un montón de letras esperando a ser reorganizadas. Clic, clic, pero últimamente ando escasa de ideas, y las narraciones de determinados momentos se transforman en crónicas o descripciones impresionistas. Nace de mis teclas un hombrecillo, que me susurra al oído las frases que debo construir. Le hago caso, pues no tengo más imaginación ni más conocimiento que aportar. No tiene rostro y eso me agrada, siempre he buscado entre la gente a una persona sin rostro a la que dibujar gestos a medida que el amor fuera surgiendo. Clic, clic, clic, sigo escribiendo vaguedades. Reverte, hoy no tienes razón, hoy no es suficiente con sentarse y teclear, necesito algo más de vida. ¿Dónde la encuentro? Clic, clic, aquí desde luego no, no obstante no dejan de florecer palabras de las yemas de mis dedos. Definamos esto como un ensayo, como una de esas escrituras automáticas tan características del surrealismo. Dejemos que no tenga lectores que sea solo para mí y el hombrecillo envuelto en sombras que sigue bailando por esta sala. Clic, clic, ¿a quién escribir? clic, clic, clic ¿cómo hacerlo? clic, clic, ¿es que acaso no es mágico que sin ideas ni esquemas haya surgido esta abstracción, la cual podría haber pintado a semejanza de Kandinsky? Clic, clic, clic, estrafalario, como la vida misma, como el arte en general y las personas en particular. Absurdo, caótico, sin sentido... pero, ¿no somos así? ¿qué pensaría el observador imparcial? Clic, clic, clic.

jueves, 24 de mayo de 2012

Si dudas puedes quedarte.

 Dudo sobre si es el mundo el que esta mal hecho, o soy yo. Todos parecen contentos, seguros de si mismos y satisfechos. Odio a la gente satisfecha, parece como si jamás hubieran tenido problemas, como si despreciaran a los inseguros. Parece que saben que va a ocurrir después y en ocasiones la arrogancia es tal, que te hacen llegar a pensar que tienen las respuestas a los grandes interrogantes de la humanidad. Después llega la decepción, claro, pues la contestación es siempre un esperpento, una ridiculez, una vaguedad que alguna vez leyeron o escucharon a alguno de los dudosos ídolos de la sociedad actual.  Se puede, es más, se debe, estar agradecido; pero nunca satisfecho, nunca pensarse de vuelta cuando otros similares están en la mitad de la ida. Me irritan las miradas incompasibles ante lágrimas por temas que nunca tratarán de comprender, ¿los comprenderían aun si trataran de hacerlo?. Me enervan las risas sarcásticas cargadas de esa estupidez de los que se creen el prototipo perfecto de la sociedad, el superhombre, pero no nitzscheano, pues este es de los locos, y los locos deben ser ignorados...Cuando veo una expresión de falsa lástima y oigo silencios que duelen más que palabras, o escucho como algún pretencioso se define como sincero para excusar su falta de tacto, sin duda quiero alejarme para siempre de ese tipo de hombres de color rojo. Aunque quizás me esté precipitando al darles un color a los satisfechos, que se reirían ante esta manía mía si por algún casual llegaran a leer hasta esta palabra sin haber cerrado antes la pestaña de esto que escribo. Lo que más odio de los satisfechos, de los amigos de la sociedad moderna y genial, es que a veces angustian aun más a los extraños, a los que se niegan a amar lo útil, a los que no tenemos las ideas tan claras. Lo que más detesto es su seguridad frente a nuestras preguntas incontestables, su pose de maniquí, sus gestos sin maneras propias, su seriedad cuando es necesaria una carcajada... 

martes, 22 de mayo de 2012

¿Cómo despiertas, desconocido?

 Suelo levantarme con el pelo revuelto, y siempre digo que es como si en él hubieran estado jugando mariposas toda la noche. Me gusta sonreír ante la posibilidad de un nuevo día. Sonrío como si alguien me estuviera haciendo compañía, como si mi enamorado inventado estuviese a punto de venir a darme un beso de buenos días. Cuando la noche no se ha portado bien conmigo imagino los sueños que hubiera querido tener y me levanto de un salto, bailando. Siempre bailo, los días que lo olvido son un desastre. Bailo como si fuera la melodía de un árbol caído. ¿Cómo describir el ruido sordo de un árbol centenario que se ha rendido ante el enésimo vendaval que ha pasado por su existencia? ¿Cuántas personas bailaremos cada mañana con el sol del amanecer? Sería divertido acudir a cualquier sitio en el que se nos espere moviéndonos al compás de una canción, dando vueltas para que la falda coja ese vuelo especial característico de las películas. Los trabajos se harían más amenos con una música suave de fondo y pies que siguieran la música. ¿Pero quién tiene tiempo de bailar cuando lo más importante es aprovechar las máximas horas de sueño y después no llegar tarde? ¿A alguien le interesa descubrir la melodía de un árbol caído? Prefieren los ruidos estridentes de sus motores y bocinas, los tic-tacs del reloj, las alarmas de sus móviles y murmullo desgastado de las noticias matinales. Por mi parte, espero seguir poniendo mi despertador unos minutos antes de lo necesario para continuar soñando despierta y a la luz del sol aquello que la madrugada no me regala. Es divertido, que pruebe quien sienta curiosidad y mientras, si tiene tiempo me dedique un pensamiento fugaz en uno de sus movimientos. 

sábado, 19 de mayo de 2012

Chucuchú.

De espalda, y con la mirada más fija en los raíles que en el tren que marchaba furioso al ritmo de su cada año más débil chucuchú, se preguntó a cuántas de las personas que no habían bajado en su misma estación volvería a ver de nuevo. Quizás alguna de esas gentes que marchaban ya a destinos que ella desconocía se convirtiera en unos años en rostros conocidos y labios de confesiones. O quizás no, y tal vez fuera aquello lo más angustioso de todo. ¿A cuántas personalidades interesantes se estaría perdiendo por falta de tiempo y de valor? Alzó la mano y cansada, despidió con la mano a un vehículo con personas a las que paradójicamente le hubiera gustado saludar. Pensaba lo asfixiante que le resultaba querer querer a una extensa variedad de personas y que esta se viese mermada por la imposibilidad de retener a todos siempre a su lado. Sospechaba que lo que más la angustiaba no era eso, sino el riesgo de que las sonrisas más bonitas, los ojos más nostálgicos y los intelectos más despiertos la olvidaran. Qué egocéntrico sonaría este planteamiento si se atreviera a confesarlo. ''Las personas deben continuar su vida'', le hubiera contestado alguno. ¡Ella ya sabía eso!, no se trataba de que le rindieran un culto vitalicio, simplemente de que no lucharan por solapar el recuerdo de alguna de sus palabras... El tren se había ocultado en el horizonte a la vez que desarrollaba su teoría, el resto de pasajeros se habían marchado de la estación. Solo quedaba ella en aquel lugar desamparado, lejos del pueblo, cercano al campo, con un enorme reloj sujetando a la pared y una casa abandonada y ruinosa tras de sí. Creyó que nadie acudiría a buscarla, no había avisado de su regreso. Comenzó a caminar por la carretera que la conduciría a casa al igual que el tren había corrido sobre los raíles que lo conducirían a cualquier lugar. Ella iba despacio, sin compañía, sin chucuchú, pero abandonaba, al igual que lo habían hecho los vagones, aquel lugar a su suerte, diciendo de nuevo adiós a los viajantes desconocidos del próximo tren que aun no había llegado...

domingo, 13 de mayo de 2012

Enfermo de miedo.

''Si ella viniera a preguntarme ahora diría que me da igual. Estoy cansado, mis respuestas son lo más nimio de este mundo, ¿a quién quiero engañar? Yo no quiero esta vida. Me disgusta ver que hasta este desagrado pesimista y continuado me disgusta, no soy feliz. ¿Lo fui alguna vez? Imagino que en toda infancia y juventud hay días en los que el hombre comprende el significado de la alegría. Pero esos años huyeron, no queda ni rastro de ellos, solo estos cuadernos gastados, de los que ya no puede casi entenderse la caligrafía. Me es indiferente que ella marche, o que se quede aquí, que me hagan irme a vivir lejos de estas tierras que tanto quise o quedarme a descansar bajo ellas para siempre. Al fin y al cabo voy a morirme. Deseo morirme, y sin embargo, ni siquiera poseo el suficiente valor cobarde para matarme. Soy un viejo. He perdido la belleza y la fuerza e incluso mis facultades intelectuales se ven mermadas con los días. Detesto a aquellos que tratan a los viejos como jóvenes, yo no puedo enamorar a una muchacha guapa y radiante, ni tampoco jugar con la suerte, porque con mis años mis posibilidades de perder son las más. Quizás aquellos que con esta edad luchan no son más que ignorantes, o quizás solo tienen aun más miedo que yo y se agarran a la esperanza. 
 Siempre fui demasiado altivo, demasiado arrogante, demasiado conquistador; puede que pensase que el viaje de la juventud era eterno, que el amor era para los débiles, que la pasión era mejor por ser más fácil e inmediata. Me llené la cabeza con ideas de otros revolucionarios que nunca llegué a comprender bien y olvidé construir mis propias tesis, y ahora, cercano al final, me arrepiento de no haber tratado nunca de eternizarme. No tengo hijos, el mundo no me recordará por grandes logros, las mujeres que algún día llenaron mis mañanas marcharon con otros más estúpidos, más feos, menos galantes, y tal vez hoy, más felices. Deseo morirme porque estoy solo y sin obra maestra. Rodeado de lujos pero acabado, sin recuerdos compartidos, sin entender jamás si alguna vez fui libre o mi destino estaba escrito desde el principio. Me gusta la belleza que alcanzo a intuir, pero mis piernas me fallan; he olvidado la sensación de correr al alba; la vista me engaña, los oídos me zumban y en mis labios no hay sabor de otros labios que compartan mi desconsuelo. Estoy enfermo de miedo.''

jueves, 10 de mayo de 2012

Pasa el tiempo entre sonrisas.

 Dijeron que el hogar es aquel lugar en el que tenemos el corazón, ese sitio al que siempre volveremos con una sonrisa limpias y con los brazos llenos de abrazos. 
 Quizás desde siempre pasé demasiado tiempo fantaseando con ciudades en las que se respirase cultura, repletas de exposiciones, con conciertos a diario y montones de lugares interesantes en los que disfrutar de los días. Sin embargo, nunca he deseado personas diferentes a las que ya me rodean o me rodearon, no porque piense que sean perfectas o inigualables, simplemente porque sé, y hoy con más certeza, que son las que necesita un alma perdida como la mía. Posiblemente porque con sus manías y defectos, con sus virtudes, miedos y esperanzas formaron inconscientemente una parte importante de Carmen, de mí. Me pregunto si el hogar, no serán más ellas, que dotaron a los lugares de sentimientos y vida, que la propia ciudad de la que irremediablemente me separo. Es tristísimo ver como se han ido para siempre amigos que juraron ser del alma, amigas que prometieron regalar siempre una carcajada, profesores que me encauzaron, o me apartaron, según, conversaciones que abrieron mi acentuada subjetividad o rostros que llegaron a ser muy muy bonitos desde mi mirada.
 Dicen que los de verdad nunca se van, me parece demasiado optimista. Yo creo que lo que siempre permanece son los viejos sueños teñidos de añoranza, los pequeños recuerdos que me hacen llorar y algún que otro objeto que el tiempo hará polvoriento y que, si la vida me regala tiempo, enseñaré a mi descendencia como prueba infalible de que mis días de adolescencia olían a felicidad. Si hay suerte puede que aun conserven el olor a vida alegre que hoy impregna esta habitación.

                 

domingo, 6 de mayo de 2012

Vitalismo.

Existe una única vida, esta. La que pasa mientras tú lees esto y yo lo escribo. Lo cierto es que no conozco nada más allá de ella y me resulta imposible concebir un universo con más fantasías y realidades que la vida que amanece cada mañana con nosotros. Apoyo de forma incondicional a aquellos que censuran a la sociedad, al ser humano modernísimo que persigue el progreso y huye de la sencillez. Me parece razonable esa corriente pesimista que llora ante un mundo pésimo, alabo a ciertos rebeldes de la historia, a los artistas tenebristas, a los escritores de denuncia, a los líderes alejados de la política... Sin embargo, detesto enormemente a los que culpan a la vida de sus males, a los que pese a los siglos siguen creyendo en el  tópico medieval del lacrimum vallei. La vida es bella y si puedo añadir algo más, también es generosa. Nos dotó no solo de inteligencia, sino también de imaginación para poder soñar realidades que la naturaleza no había logrado crear. Nos ofreció además de entendernos mediante la palabra, crear un sistema que con apenas diez números es capaz de darle un poco más de coherencia a lo absurdo de la existencia. Lejos del propio hombre, se formaron montañas que brillan nevadas bajo el sol, cielos que cambian incesantemente y se muestran iguales ante cualquier pequeñez que se halle bajo ellos y mares que se presentan en forma del tan buscado Fin del Mundo. La vida es bella, qué ironía, porque nos muestra la fealdad de la muerte y la oscuridad de los desastres, para que así los instantes de belleza sean motivos de alegrías infinitas. Es maravillosa porque no estamos solos, sino rodeados de millones de almas como la nuestra, y sin embargo, nos da la posibilidad de destacar. Más allá de lo físico, de lo perceptible, agradezcámosle al mundo el enseñarnos a querer, a valorar y a cuestionar. Dediquémosle una sonrisa a las flores de vivos colores y a las que comienzan a brotar, a los rostros desconocidos que parecen cansados, a las nubes de formas estrambóticas, a las oportunidades y a las esperanzas perdidas que dejaron paso a otras nuevas. La vida es maravillosa, a ratos incomprensible, asfixiante, molesta, pesada, no obstante... ¿quién no suspira por una última visión del mundo antes de abandonarlo para siempre? ¿quién no desearía prolongar su vida para continuar descubriendo destellos de esplendor? 


lunes, 30 de abril de 2012

Querido hombre sin voz, ni rostro, sin patria, sin amores.

"Nos quisimos, como cada noche al mes en las que las palabras sobraban y el cariño se hacía lo suficientemente poderoso para poder llenarlo todo. Nos asfixiamos, casi casi nos extinguimos, y nos sentimos morir tranquilos, juntos y eternos. Después llegaron los meses fríos y cambiamos, y aquellas suplicas de silencio al amanecer se difuminaron con los paisajes dorados del verano. No volvimos a vernos, ni a escucharnos, no me ahogaste, no te absorbí, no nos echamos de menos... y sin embargo, me quedé sin tus silencios, los ruidos me agobian ahora, incluso en soledad. Ven a hacerme compañía un momento  mientras aspiro tus  gritos callados."
-En silencio por favor, cuidando la tranquilidad del ambiente pero agitando el espíritu. Ven y haz que no pueda oírte, apaga la luz, quiéreme.

Plasmar el instante, captar la luz.


Bajo los primeros bostezos del sol, el artista colocaba minuciosamente toldos y demás útiles para proteger al lienzo que estaba a punto de comenzar. La playa reposaba tranquila tras el movimiento imparable de las olas durante la madrugada. Antes de comenzar a mezclar colores, el pintor se adelantó unos pasos a donde tenía situado su particular taller y respiró el aroma salado, el olor a vida que aquella playa le suscitaba. Miró a los niñas introducirse lentamente en el mar, miedosas al frío del agua por la mañana. Le gustaba ver como unos instantes sucedían a otros sin reposar, la vida iba pasando ante esa arena fina, y esos chiquillos que se aliaban con el viento para bailar con él. Echó un último vistazo y volvió con sus óleos, el momento era idóneo. Los niños ajenos al estudio de cómo la luz incidía en ellos, correteaban de un sitio a otro, hasta que de vez en cuando Joaquín les pedía unos minutos de quietud para retocar detalles. La mañana transcurría entre blancos, azules y ocres, entre risas y chillos infantiles, y la mirada amable de un pintor vitalista, deseoso de reflejar la grandiosidad de lo sencillo que lo rodeaba. La jovialidad de los pequeños parecía no marcharse nunca, a veces acudían curiosos a investigar cómo se veían dibujados en un lienzo, las niñas se imaginaban pequeñas estrellas, los niños reían de forma ruidosa y se enorgullecían de su reflejo pintado. Cuando la luz se acababa, o cambiaba de tonalidad, significaba para el pintor que era la hora de volver a casa, de recoger los pinceles y llegar al hogar para disfrutar de la compañía de su querida Clotilde. No sin antes, cuando nadie lo observaba, correr hasta la orilla y chapotear unos minutos, recreando sus propias pinturas, viviendo la esencia de su profesión, disfrutando de la fugacidad del instante que acababa de plasmar para la emoción de futuras generaciones.



Joaquín Sorolla, llenando mis días de ganas de sol, de luz de infancia, de playas construidas con  recuerdos.