Suelo levantarme con el pelo revuelto, y siempre digo que es como si en él hubieran estado jugando mariposas toda la noche. Me gusta sonreír ante la posibilidad de un nuevo día. Sonrío como si alguien me estuviera haciendo compañía, como si mi enamorado inventado estuviese a punto de venir a darme un beso de buenos días. Cuando la noche no se ha portado bien conmigo imagino los sueños que hubiera querido tener y me levanto de un salto, bailando. Siempre bailo, los días que lo olvido son un desastre. Bailo como si fuera la melodía de un árbol caído. ¿Cómo describir el ruido sordo de un árbol centenario que se ha rendido ante el enésimo vendaval que ha pasado por su existencia? ¿Cuántas personas bailaremos cada mañana con el sol del amanecer? Sería divertido acudir a cualquier sitio en el que se nos espere moviéndonos al compás de una canción, dando vueltas para que la falda coja ese vuelo especial característico de las películas. Los trabajos se harían más amenos con una música suave de fondo y pies que siguieran la música. ¿Pero quién tiene tiempo de bailar cuando lo más importante es aprovechar las máximas horas de sueño y después no llegar tarde? ¿A alguien le interesa descubrir la melodía de un árbol caído? Prefieren los ruidos estridentes de sus motores y bocinas, los tic-tacs del reloj, las alarmas de sus móviles y murmullo desgastado de las noticias matinales. Por mi parte, espero seguir poniendo mi despertador unos minutos antes de lo necesario para continuar soñando despierta y a la luz del sol aquello que la madrugada no me regala. Es divertido, que pruebe quien sienta curiosidad y mientras, si tiene tiempo me dedique un pensamiento fugaz en uno de sus movimientos.
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