Dudo sobre si es el mundo el que esta mal hecho, o soy yo. Todos parecen contentos, seguros de si mismos y satisfechos. Odio a la gente satisfecha, parece como si jamás hubieran tenido problemas, como si despreciaran a los inseguros. Parece que saben que va a ocurrir después y en ocasiones la arrogancia es tal, que te hacen llegar a pensar que tienen las respuestas a los grandes interrogantes de la humanidad. Después llega la decepción, claro, pues la contestación es siempre un esperpento, una ridiculez, una vaguedad que alguna vez leyeron o escucharon a alguno de los dudosos ídolos de la sociedad actual. Se puede, es más, se debe, estar agradecido; pero nunca satisfecho, nunca pensarse de vuelta cuando otros similares están en la mitad de la ida. Me irritan las miradas incompasibles ante lágrimas por temas que nunca tratarán de comprender, ¿los comprenderían aun si trataran de hacerlo?. Me enervan las risas sarcásticas cargadas de esa estupidez de los que se creen el prototipo perfecto de la sociedad, el superhombre, pero no nitzscheano, pues este es de los locos, y los locos deben ser ignorados...Cuando veo una expresión de falsa lástima y oigo silencios que duelen más que palabras, o escucho como algún pretencioso se define como sincero para excusar su falta de tacto, sin duda quiero alejarme para siempre de ese tipo de hombres de color rojo. Aunque quizás me esté precipitando al darles un color a los satisfechos, que se reirían ante esta manía mía si por algún casual llegaran a leer hasta esta palabra sin haber cerrado antes la pestaña de esto que escribo. Lo que más odio de los satisfechos, de los amigos de la sociedad moderna y genial, es que a veces angustian aun más a los extraños, a los que se niegan a amar lo útil, a los que no tenemos las ideas tan claras. Lo que más detesto es su seguridad frente a nuestras preguntas incontestables, su pose de maniquí, sus gestos sin maneras propias, su seriedad cuando es necesaria una carcajada...

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