Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

jueves, 10 de mayo de 2012

Pasa el tiempo entre sonrisas.

 Dijeron que el hogar es aquel lugar en el que tenemos el corazón, ese sitio al que siempre volveremos con una sonrisa limpias y con los brazos llenos de abrazos. 
 Quizás desde siempre pasé demasiado tiempo fantaseando con ciudades en las que se respirase cultura, repletas de exposiciones, con conciertos a diario y montones de lugares interesantes en los que disfrutar de los días. Sin embargo, nunca he deseado personas diferentes a las que ya me rodean o me rodearon, no porque piense que sean perfectas o inigualables, simplemente porque sé, y hoy con más certeza, que son las que necesita un alma perdida como la mía. Posiblemente porque con sus manías y defectos, con sus virtudes, miedos y esperanzas formaron inconscientemente una parte importante de Carmen, de mí. Me pregunto si el hogar, no serán más ellas, que dotaron a los lugares de sentimientos y vida, que la propia ciudad de la que irremediablemente me separo. Es tristísimo ver como se han ido para siempre amigos que juraron ser del alma, amigas que prometieron regalar siempre una carcajada, profesores que me encauzaron, o me apartaron, según, conversaciones que abrieron mi acentuada subjetividad o rostros que llegaron a ser muy muy bonitos desde mi mirada.
 Dicen que los de verdad nunca se van, me parece demasiado optimista. Yo creo que lo que siempre permanece son los viejos sueños teñidos de añoranza, los pequeños recuerdos que me hacen llorar y algún que otro objeto que el tiempo hará polvoriento y que, si la vida me regala tiempo, enseñaré a mi descendencia como prueba infalible de que mis días de adolescencia olían a felicidad. Si hay suerte puede que aun conserven el olor a vida alegre que hoy impregna esta habitación.

                 

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