Nunca le diría la verdad. Aquellos sentimientos sinceros, o no, quedarían guardador para siempre en la poca persistencia de memoria que le quedaba. ¿Debería haber ido corriendo tras ella y confesarle los innumerables engaños? Pensó que en ocasiones las certezas nunca dichas duelen más que las verdades más crueles. Sin embargo, estaba parado, viendo marchar a la sombra que más veces le había arrojado luz, sin amar, sin odiar, vacío. Hubiera deseado llorar, gritar de rabia o reír ante la falta de emociones pero no logró hacer ninguna de las tres acciones. Se marchaba, qué novedad, ¡cómo si fuera la primera que lo hacía!, ¡cómo si ninguna otra fuera a hacerlo de nuevo! No iría a detenerla, no le rogaría que no lo abandonase pese a que su desolación fuera inminente. Aunque carecía de orgullo, también de ganas y esperanzas. Tal vez ella mereciese un hombre mejor, más simpático, de los que hacen llorar de risa y reír tras el llanto. Trataba de engañarse, habían sido felices. ¿Cómo se define la felicidad?, ¿y el amor? El amor no era más que la idealización de banalidades, el amor era la montaña rusa, la cúspide de esta, el máximo apogeo de la insignificante vida de un hombre... Y pese a significar tanto, ¡con qué facilidad se marchaba! ¿Qué era él sin las ganas de hacer del mundo un lugar mejor a su lado? Un hombre simple, sin méritos ni condecoraciones. Ella se giró un segundo, sus miradas comenzaron a susurrarse palabras huecas. En sus ojos ya no había amor, ni tan siquiera esperanza. Estaban llenos de espanto, de desencanto, de desilusión. No pudo evitar gemir antes de que ella desapareciera un grito ahogado: ''¡sálvame!''. Pero la salvación era para los soñadores, y él hacia ya demasiado tiempo que dormía entre pesadillas cargadas de recuerdos.

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