Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.
lunes, 28 de mayo de 2012
Clic.
Clic, clic, clic... A, c, b, g, h, i, o... Decían que para escribir no se necesitaba más que una máquina, una pluma, o en este caso un ordenador y un montón de letras esperando a ser reorganizadas. Clic, clic, pero últimamente ando escasa de ideas, y las narraciones de determinados momentos se transforman en crónicas o descripciones impresionistas. Nace de mis teclas un hombrecillo, que me susurra al oído las frases que debo construir. Le hago caso, pues no tengo más imaginación ni más conocimiento que aportar. No tiene rostro y eso me agrada, siempre he buscado entre la gente a una persona sin rostro a la que dibujar gestos a medida que el amor fuera surgiendo. Clic, clic, clic, sigo escribiendo vaguedades. Reverte, hoy no tienes razón, hoy no es suficiente con sentarse y teclear, necesito algo más de vida. ¿Dónde la encuentro? Clic, clic, aquí desde luego no, no obstante no dejan de florecer palabras de las yemas de mis dedos. Definamos esto como un ensayo, como una de esas escrituras automáticas tan características del surrealismo. Dejemos que no tenga lectores que sea solo para mí y el hombrecillo envuelto en sombras que sigue bailando por esta sala. Clic, clic, ¿a quién escribir? clic, clic, clic ¿cómo hacerlo? clic, clic, ¿es que acaso no es mágico que sin ideas ni esquemas haya surgido esta abstracción, la cual podría haber pintado a semejanza de Kandinsky? Clic, clic, clic, estrafalario, como la vida misma, como el arte en general y las personas en particular. Absurdo, caótico, sin sentido... pero, ¿no somos así? ¿qué pensaría el observador imparcial? Clic, clic, clic.
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