Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

sábado, 6 de agosto de 2011

Portrait of prince Henry Lubomirski as Cupid.

Nunca antes oí hablar de él. Se quedó mirando mi silueta fijamente, como si me admirara, no hubiera otra mujercita en la sala y quisiera transmitirme algo. Al ver sus cabellos rubios y las alas que se fundían con increíble maestría entre el paisaje entendí que nunca terminaría, que mis ideas de un mundo tecnificado no eran tan fuertes como solía defender. Ahí estaba la belleza, entre los rizos de ángel y las facciones proporcionadas. Noté como mi alma se encogía ante semejante lienzo, las lágrimas pugnaban por salir, dí vueltas sin moverme entre fantasías mitológicas y épocas pasadas. Me presenté ante él, traté de darle todo cuanto tenía en ese momento, le enseñé mi imaginación, otros hubieran dicho que era inerte, que ni en sueños lograría hablar con él, pero no, fui loca de nuevo y volé en imaginaciones junto a ese niño maravilloso atrapado en un marco de oro. Ojalá pudieras vivir conmigo, te colocaría en mi habitación, quitaría todo lo demás, jugaríamos juntos a escribir los versos mas hermosos.
El arte sigue viva, sin embargo no está en los museos, a veces tal vez ni siquiera en los denominados artistas, el arte se encuentra en los corazones de a pie que pierden la noción del tiempo ante obras escondidas en palacios. En bailes que incitan a la poesía, en desengaños que rompen acuarelas y pintan óleos, en cabezas de bebás dormidas decorando calles, en melodías famosas tocadas por violines de barrio y sobretodo en ganas jóvenes de huir de la realidad a un mundo inconcebible para aquellos que no logren ver mas allá de sombras y volúmenes.

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