Mejor que nadie sabía que en ocasiones unas gotas de inspiración logran envolverte como el mas reconfortante abrazo de un amante. Por azares de la vida había aprendido a separar técnica de talento con algo mas de rigurosidad que el resto.
Las suelas de sus zapatos acariciaban calmadas y con un inapreciable temor la sucesión de hojas que se deslizaban de la gama cromática de los mas elegantes amarillos hasta el siempre otoñal marrón chocolate.
Un exigente escultor moldeaba a merced de sus emociones rostros, frases, situaciones sobre el pedestal incompleto que era su mente. No se valoraba con menor aprecio que a los demás. Tachaba sus propias palabras de banales, inexpresivas y carentes de originalidad, sin embargo compartían una horrible semenjanza con las de aquellos que se habían puesto la inmerecida condecoración de escribir con frases bellas acerca de tópicos usados infinitamente en literatura. Narrar, juguetear como niños caprichosos con estructuras sintácticas y léxico para la mayoría inutilizado formaba parte de una generación de jóvenes tan idénticos en apariencia que la hacían temblar al verse reflejada entre una multitud desorientada y sedienta de reconocimiento. Se ahogaba entre textos optimistas que provocaban en ella impulsos por modificar ciertos vocablos repetidos o redundantes. Al leer relatos de aquellos que se autoconvencían de estar enamorados sollozaba con una mezcla de compasión y rabia.
Buscando esa nota de creatividad decidió hacer sonar a los clásicos en el desgastado aparato que adornaba un antiquísimo mueble.
La Traviata. Hulle del lenguaje, una pareja de hadas elevan las comisuras de sus labios aún llenos de alegría y comienza a bailar vaciando su alma de absurdas expresiones adolescentes.
Transcurridos unos minutos el encanto de una melodía seductora, posible provocadora de grandes placeres, sencilla, femenina. Letal, destructora de su propio ser. Geordes Bizet. La inseguridad enmascarada hecha mujer. Carmen.

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