Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

domingo, 17 de junio de 2012

Coge hoy mismo las rosas que te ofrece la vida.

Eran cuatro, estaban sentados en un banco de madera de una estación de autobuses que podría ser de cualquier parte de la geografía española. Instintivamente su panorámica me recordó a un caravaggio tenebrista, pensé en los modelos de la calle y en nos enorme claroscuros que caracterizan al autor. Me parecía un óleo con volumen real y medidas gigantescas. A la izquierda había una minúscula vieja vestida de negro y con la mirada perdida y descolocada, sonreía mostrando una boca con huecos de dientes desaparecidos. A penas se movía, llevaba el pelo enmarañado, a trazos gris y a trazos blanco. Me encontraba frente a ella. En aquel momento cualquiera hubiera dicho que lo único que nos unía era la gran antítesis que nos separaba. Yo leía a Lao Tse, y ella portaba un rosario. Yo, vestida con un buen abrigo y zapatos a juego, iba cargada con una bolsa repleta de libros de pintura y filosofía recién comprados. Ella llevaba también una bolsa, abultada por su contenido, verde y a punto de rasgarse; intenté averiguar que contenía, pero no logré hallar ni quiera una pista, quizás fuera ropa, quizás algo de comida. Para ella habían pasado los años como huracanes que lo arrasan todo, le habían robado la tersura de la piel, la amabilidad de la sonrisa y la jovialidad del cuerpo. Conmigo el tiempo aun no se había portado mal, y si tenía alguna tara o cicatriz estaba sin duda el en alma, guardada para que a simple vista mi imagen fuera de jovencita agradable. ¡No dudo que ella también tuviera heridas en el alma! A juzgar por su aspecto habían traspasado la coraza de lo físico y habían dejado su huella en el rostro, las piernas y los brazos. Debería haberme sentido fuerte y orgullosa, pues salía ganando en cada minúsculo aspecto que comparaba. Sin embargo, la imagen de la mujer me aterró, ¿cuántos años nos separarían?, ¿cincuenta?, ¿sesenta quizás?. ¿Qué barbarie cometería el tiempo contra mí? Recordé el poema de Ronsard ''cuando seas muy vieja, a la luz de una vela// y al amor de la lumbre, devanando e hilando// cantarás estos versos y dirás deslumbrada:// me los hizo Ronsard cuando era más bella''. Imaginé que los amores me traicionarían con el tiempo, pues la pasión y el cariño son para los jóvenes, para los cuerpos fuertes dispuestos a disfrutar. Pobre señora, deseé derramar las lágrimas que quizás ella no derramase por vergüenza o tal vez por ignorancia. ¿Habría aprendido alguna vez a leer? Era la hora de irse, le sonreí a mi madre que había pasado el tiempo esquivando la mirada de aquella pobre mujer. Qué afortunada era yo, que acababa de visitar la universidad en la que me enseñarían aquello que realmente me interesaba, que tenía amor escondido por dar y por recibir, que aun guardaba la chispa de la juventud entre las pestañas y las ganas de comerme el mundo en un lugar muy pequeñito de mi esperanza.

sábado, 2 de junio de 2012

Nos pertenecemos unos a otros.

Siempre creí en ti, supongo que lo seguiré haciendo aunque ahora, paradojas de la vida, desesperada. Todas las personas se merecen que alguien crea en ellas. Se habla mucho de la auto-realización y la autoestima, pero por mucho que se guste uno a sí mismo y que confíe en sus posibilidades siempre necesita unos brazos firmes en la que apoyarse cuando los fracasos ahogan la propia existencia y un rostro de orgullo ante triunfos inesperados y merecidos. Los éxitos no saben bien en soledad. 
 Cuando al escritor José Saramago le comunicaron la concesión del Premio Nobel se encontraba solo en un pasillo frío de aeropuerto. ''¿Cómo se sintió al conocer la noticia del Nobel señor Saramago?'' ''Me sentí mal, estaba solo y no podía compartirlo con nadie.'' Supongo que hubiera deseado que Pilar estuviera allí con él mejor que aquellos periodistas que le esperaban a la salida del avión con fingido entusiasmo.
 Creo en ti, en las personas en general. Son ellas las que han creado todo lo que conozco y conoceré, son las que provocan los desastres de mis guerras internas y las que me ayudan a aprender de ellas. Soy un poco de cada ser humano que ha pasado por mi vida. Robé coletazos de ideas de genio, memoricé sonrisas que me hacían feliz, capturé expresiones interesantes y copie gestos que jamás llegué a entender del todo. Me gusta pensar que ellas también cogieron algo de mí, no podría soportar la idea contraria. Me gusta que aunque no sean los más, aun quede alguien que crea en Carmen, porque yo continuo creyendo en una gran variedad de personalidades y nombres que prescindo escribir, pues no me gustan las públicas dedicatorias. Nos hacemos unos a otros, y ¿la originalidad o la unicidad? María dice que eso no es más que llevar a la máxima perfección todos los modelos que nos han sucedido. Yo no podría estar más de acuerdo con la profesora de arte. 

miércoles, 30 de mayo de 2012

Acuérdate de mí cuando me olvides.

Nunca le diría la verdad. Aquellos sentimientos sinceros, o no, quedarían guardador para siempre en la poca persistencia de memoria que le quedaba. ¿Debería haber ido corriendo tras ella y confesarle los innumerables engaños? Pensó que en ocasiones las certezas nunca dichas duelen más que las verdades más crueles. Sin embargo, estaba parado, viendo marchar a la sombra que más veces le había arrojado luz, sin amar, sin odiar, vacío. Hubiera deseado llorar, gritar de rabia o reír ante la falta de emociones pero no logró hacer ninguna de las tres acciones. Se marchaba, qué novedad, ¡cómo si fuera la primera que lo hacía!, ¡cómo si ninguna otra fuera a hacerlo de nuevo! No iría a detenerla, no le rogaría que no lo abandonase pese a que su desolación fuera inminente. Aunque carecía de orgullo, también de ganas y esperanzas. Tal vez ella mereciese un hombre mejor, más simpático, de los que hacen llorar de risa y reír tras el llanto. Trataba de engañarse, habían sido felices. ¿Cómo se define la felicidad?, ¿y el amor? El amor no era más que la idealización de banalidades, el amor era la montaña rusa, la cúspide de esta, el máximo apogeo de la insignificante vida de un hombre... Y pese a significar tanto, ¡con qué facilidad se marchaba! ¿Qué era él sin las ganas de hacer del mundo un lugar mejor a su lado? Un hombre simple, sin méritos ni condecoraciones. Ella se giró un segundo, sus miradas comenzaron a susurrarse palabras huecas. En sus ojos ya no había amor, ni tan siquiera esperanza. Estaban llenos de espanto, de desencanto, de desilusión. No pudo evitar gemir antes de que ella desapareciera un grito ahogado: ''¡sálvame!''. Pero la salvación era para los soñadores, y él hacia ya demasiado tiempo que dormía entre pesadillas cargadas de recuerdos.

lunes, 28 de mayo de 2012

Clic.

Clic, clic, clic... A, c, b, g, h, i, o... Decían que para escribir no se necesitaba más que una máquina, una pluma, o en este caso un ordenador y un montón de letras esperando a ser reorganizadas. Clic, clic, pero últimamente ando escasa de ideas, y las narraciones de determinados momentos se transforman en crónicas o descripciones impresionistas. Nace de mis teclas un hombrecillo, que me susurra al oído las frases que debo construir. Le hago caso, pues no tengo más imaginación ni más conocimiento que aportar. No tiene rostro y eso me agrada, siempre he buscado entre la gente a una persona sin rostro a la que dibujar gestos a medida que el amor fuera surgiendo. Clic, clic, clic, sigo escribiendo vaguedades. Reverte, hoy no tienes razón, hoy no es suficiente con sentarse y teclear, necesito algo más de vida. ¿Dónde la encuentro? Clic, clic, aquí desde luego no, no obstante no dejan de florecer palabras de las yemas de mis dedos. Definamos esto como un ensayo, como una de esas escrituras automáticas tan características del surrealismo. Dejemos que no tenga lectores que sea solo para mí y el hombrecillo envuelto en sombras que sigue bailando por esta sala. Clic, clic, ¿a quién escribir? clic, clic, clic ¿cómo hacerlo? clic, clic, ¿es que acaso no es mágico que sin ideas ni esquemas haya surgido esta abstracción, la cual podría haber pintado a semejanza de Kandinsky? Clic, clic, clic, estrafalario, como la vida misma, como el arte en general y las personas en particular. Absurdo, caótico, sin sentido... pero, ¿no somos así? ¿qué pensaría el observador imparcial? Clic, clic, clic.

jueves, 24 de mayo de 2012

Si dudas puedes quedarte.

 Dudo sobre si es el mundo el que esta mal hecho, o soy yo. Todos parecen contentos, seguros de si mismos y satisfechos. Odio a la gente satisfecha, parece como si jamás hubieran tenido problemas, como si despreciaran a los inseguros. Parece que saben que va a ocurrir después y en ocasiones la arrogancia es tal, que te hacen llegar a pensar que tienen las respuestas a los grandes interrogantes de la humanidad. Después llega la decepción, claro, pues la contestación es siempre un esperpento, una ridiculez, una vaguedad que alguna vez leyeron o escucharon a alguno de los dudosos ídolos de la sociedad actual.  Se puede, es más, se debe, estar agradecido; pero nunca satisfecho, nunca pensarse de vuelta cuando otros similares están en la mitad de la ida. Me irritan las miradas incompasibles ante lágrimas por temas que nunca tratarán de comprender, ¿los comprenderían aun si trataran de hacerlo?. Me enervan las risas sarcásticas cargadas de esa estupidez de los que se creen el prototipo perfecto de la sociedad, el superhombre, pero no nitzscheano, pues este es de los locos, y los locos deben ser ignorados...Cuando veo una expresión de falsa lástima y oigo silencios que duelen más que palabras, o escucho como algún pretencioso se define como sincero para excusar su falta de tacto, sin duda quiero alejarme para siempre de ese tipo de hombres de color rojo. Aunque quizás me esté precipitando al darles un color a los satisfechos, que se reirían ante esta manía mía si por algún casual llegaran a leer hasta esta palabra sin haber cerrado antes la pestaña de esto que escribo. Lo que más odio de los satisfechos, de los amigos de la sociedad moderna y genial, es que a veces angustian aun más a los extraños, a los que se niegan a amar lo útil, a los que no tenemos las ideas tan claras. Lo que más detesto es su seguridad frente a nuestras preguntas incontestables, su pose de maniquí, sus gestos sin maneras propias, su seriedad cuando es necesaria una carcajada... 

martes, 22 de mayo de 2012

¿Cómo despiertas, desconocido?

 Suelo levantarme con el pelo revuelto, y siempre digo que es como si en él hubieran estado jugando mariposas toda la noche. Me gusta sonreír ante la posibilidad de un nuevo día. Sonrío como si alguien me estuviera haciendo compañía, como si mi enamorado inventado estuviese a punto de venir a darme un beso de buenos días. Cuando la noche no se ha portado bien conmigo imagino los sueños que hubiera querido tener y me levanto de un salto, bailando. Siempre bailo, los días que lo olvido son un desastre. Bailo como si fuera la melodía de un árbol caído. ¿Cómo describir el ruido sordo de un árbol centenario que se ha rendido ante el enésimo vendaval que ha pasado por su existencia? ¿Cuántas personas bailaremos cada mañana con el sol del amanecer? Sería divertido acudir a cualquier sitio en el que se nos espere moviéndonos al compás de una canción, dando vueltas para que la falda coja ese vuelo especial característico de las películas. Los trabajos se harían más amenos con una música suave de fondo y pies que siguieran la música. ¿Pero quién tiene tiempo de bailar cuando lo más importante es aprovechar las máximas horas de sueño y después no llegar tarde? ¿A alguien le interesa descubrir la melodía de un árbol caído? Prefieren los ruidos estridentes de sus motores y bocinas, los tic-tacs del reloj, las alarmas de sus móviles y murmullo desgastado de las noticias matinales. Por mi parte, espero seguir poniendo mi despertador unos minutos antes de lo necesario para continuar soñando despierta y a la luz del sol aquello que la madrugada no me regala. Es divertido, que pruebe quien sienta curiosidad y mientras, si tiene tiempo me dedique un pensamiento fugaz en uno de sus movimientos. 

sábado, 19 de mayo de 2012

Chucuchú.

De espalda, y con la mirada más fija en los raíles que en el tren que marchaba furioso al ritmo de su cada año más débil chucuchú, se preguntó a cuántas de las personas que no habían bajado en su misma estación volvería a ver de nuevo. Quizás alguna de esas gentes que marchaban ya a destinos que ella desconocía se convirtiera en unos años en rostros conocidos y labios de confesiones. O quizás no, y tal vez fuera aquello lo más angustioso de todo. ¿A cuántas personalidades interesantes se estaría perdiendo por falta de tiempo y de valor? Alzó la mano y cansada, despidió con la mano a un vehículo con personas a las que paradójicamente le hubiera gustado saludar. Pensaba lo asfixiante que le resultaba querer querer a una extensa variedad de personas y que esta se viese mermada por la imposibilidad de retener a todos siempre a su lado. Sospechaba que lo que más la angustiaba no era eso, sino el riesgo de que las sonrisas más bonitas, los ojos más nostálgicos y los intelectos más despiertos la olvidaran. Qué egocéntrico sonaría este planteamiento si se atreviera a confesarlo. ''Las personas deben continuar su vida'', le hubiera contestado alguno. ¡Ella ya sabía eso!, no se trataba de que le rindieran un culto vitalicio, simplemente de que no lucharan por solapar el recuerdo de alguna de sus palabras... El tren se había ocultado en el horizonte a la vez que desarrollaba su teoría, el resto de pasajeros se habían marchado de la estación. Solo quedaba ella en aquel lugar desamparado, lejos del pueblo, cercano al campo, con un enorme reloj sujetando a la pared y una casa abandonada y ruinosa tras de sí. Creyó que nadie acudiría a buscarla, no había avisado de su regreso. Comenzó a caminar por la carretera que la conduciría a casa al igual que el tren había corrido sobre los raíles que lo conducirían a cualquier lugar. Ella iba despacio, sin compañía, sin chucuchú, pero abandonaba, al igual que lo habían hecho los vagones, aquel lugar a su suerte, diciendo de nuevo adiós a los viajantes desconocidos del próximo tren que aun no había llegado...

domingo, 13 de mayo de 2012

Enfermo de miedo.

''Si ella viniera a preguntarme ahora diría que me da igual. Estoy cansado, mis respuestas son lo más nimio de este mundo, ¿a quién quiero engañar? Yo no quiero esta vida. Me disgusta ver que hasta este desagrado pesimista y continuado me disgusta, no soy feliz. ¿Lo fui alguna vez? Imagino que en toda infancia y juventud hay días en los que el hombre comprende el significado de la alegría. Pero esos años huyeron, no queda ni rastro de ellos, solo estos cuadernos gastados, de los que ya no puede casi entenderse la caligrafía. Me es indiferente que ella marche, o que se quede aquí, que me hagan irme a vivir lejos de estas tierras que tanto quise o quedarme a descansar bajo ellas para siempre. Al fin y al cabo voy a morirme. Deseo morirme, y sin embargo, ni siquiera poseo el suficiente valor cobarde para matarme. Soy un viejo. He perdido la belleza y la fuerza e incluso mis facultades intelectuales se ven mermadas con los días. Detesto a aquellos que tratan a los viejos como jóvenes, yo no puedo enamorar a una muchacha guapa y radiante, ni tampoco jugar con la suerte, porque con mis años mis posibilidades de perder son las más. Quizás aquellos que con esta edad luchan no son más que ignorantes, o quizás solo tienen aun más miedo que yo y se agarran a la esperanza. 
 Siempre fui demasiado altivo, demasiado arrogante, demasiado conquistador; puede que pensase que el viaje de la juventud era eterno, que el amor era para los débiles, que la pasión era mejor por ser más fácil e inmediata. Me llené la cabeza con ideas de otros revolucionarios que nunca llegué a comprender bien y olvidé construir mis propias tesis, y ahora, cercano al final, me arrepiento de no haber tratado nunca de eternizarme. No tengo hijos, el mundo no me recordará por grandes logros, las mujeres que algún día llenaron mis mañanas marcharon con otros más estúpidos, más feos, menos galantes, y tal vez hoy, más felices. Deseo morirme porque estoy solo y sin obra maestra. Rodeado de lujos pero acabado, sin recuerdos compartidos, sin entender jamás si alguna vez fui libre o mi destino estaba escrito desde el principio. Me gusta la belleza que alcanzo a intuir, pero mis piernas me fallan; he olvidado la sensación de correr al alba; la vista me engaña, los oídos me zumban y en mis labios no hay sabor de otros labios que compartan mi desconsuelo. Estoy enfermo de miedo.''

jueves, 10 de mayo de 2012

Pasa el tiempo entre sonrisas.

 Dijeron que el hogar es aquel lugar en el que tenemos el corazón, ese sitio al que siempre volveremos con una sonrisa limpias y con los brazos llenos de abrazos. 
 Quizás desde siempre pasé demasiado tiempo fantaseando con ciudades en las que se respirase cultura, repletas de exposiciones, con conciertos a diario y montones de lugares interesantes en los que disfrutar de los días. Sin embargo, nunca he deseado personas diferentes a las que ya me rodean o me rodearon, no porque piense que sean perfectas o inigualables, simplemente porque sé, y hoy con más certeza, que son las que necesita un alma perdida como la mía. Posiblemente porque con sus manías y defectos, con sus virtudes, miedos y esperanzas formaron inconscientemente una parte importante de Carmen, de mí. Me pregunto si el hogar, no serán más ellas, que dotaron a los lugares de sentimientos y vida, que la propia ciudad de la que irremediablemente me separo. Es tristísimo ver como se han ido para siempre amigos que juraron ser del alma, amigas que prometieron regalar siempre una carcajada, profesores que me encauzaron, o me apartaron, según, conversaciones que abrieron mi acentuada subjetividad o rostros que llegaron a ser muy muy bonitos desde mi mirada.
 Dicen que los de verdad nunca se van, me parece demasiado optimista. Yo creo que lo que siempre permanece son los viejos sueños teñidos de añoranza, los pequeños recuerdos que me hacen llorar y algún que otro objeto que el tiempo hará polvoriento y que, si la vida me regala tiempo, enseñaré a mi descendencia como prueba infalible de que mis días de adolescencia olían a felicidad. Si hay suerte puede que aun conserven el olor a vida alegre que hoy impregna esta habitación.

                 

domingo, 6 de mayo de 2012

Vitalismo.

Existe una única vida, esta. La que pasa mientras tú lees esto y yo lo escribo. Lo cierto es que no conozco nada más allá de ella y me resulta imposible concebir un universo con más fantasías y realidades que la vida que amanece cada mañana con nosotros. Apoyo de forma incondicional a aquellos que censuran a la sociedad, al ser humano modernísimo que persigue el progreso y huye de la sencillez. Me parece razonable esa corriente pesimista que llora ante un mundo pésimo, alabo a ciertos rebeldes de la historia, a los artistas tenebristas, a los escritores de denuncia, a los líderes alejados de la política... Sin embargo, detesto enormemente a los que culpan a la vida de sus males, a los que pese a los siglos siguen creyendo en el  tópico medieval del lacrimum vallei. La vida es bella y si puedo añadir algo más, también es generosa. Nos dotó no solo de inteligencia, sino también de imaginación para poder soñar realidades que la naturaleza no había logrado crear. Nos ofreció además de entendernos mediante la palabra, crear un sistema que con apenas diez números es capaz de darle un poco más de coherencia a lo absurdo de la existencia. Lejos del propio hombre, se formaron montañas que brillan nevadas bajo el sol, cielos que cambian incesantemente y se muestran iguales ante cualquier pequeñez que se halle bajo ellos y mares que se presentan en forma del tan buscado Fin del Mundo. La vida es bella, qué ironía, porque nos muestra la fealdad de la muerte y la oscuridad de los desastres, para que así los instantes de belleza sean motivos de alegrías infinitas. Es maravillosa porque no estamos solos, sino rodeados de millones de almas como la nuestra, y sin embargo, nos da la posibilidad de destacar. Más allá de lo físico, de lo perceptible, agradezcámosle al mundo el enseñarnos a querer, a valorar y a cuestionar. Dediquémosle una sonrisa a las flores de vivos colores y a las que comienzan a brotar, a los rostros desconocidos que parecen cansados, a las nubes de formas estrambóticas, a las oportunidades y a las esperanzas perdidas que dejaron paso a otras nuevas. La vida es maravillosa, a ratos incomprensible, asfixiante, molesta, pesada, no obstante... ¿quién no suspira por una última visión del mundo antes de abandonarlo para siempre? ¿quién no desearía prolongar su vida para continuar descubriendo destellos de esplendor?