Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

lunes, 9 de mayo de 2011

Si pasa, ocurre, siempre siempre ocurre.

Resulta que yo solía pedir un deseo, no importaba a quién rogárselo. Me valía cualquier pretexto: islas escondidas entre la ciudad, maripositas blancas que anunciaban el retorno de las alegrías primaverales, palos escondidos entre paquetes de pipas que nunca comía, tartas de cumpleaños llenas de velas...Recuerdo que la primera vez que cerré los ojos para murmurarle al cielo  mi anhelo lo hice con una estrella fugaz como madrina. Esa noche, soñé en compañía de Moon, y de vez en cuando, algo me hacía desvelarme y encontrar a pequeñas estrellas perdidas, generosas por escuchar un nuevo afán y cumplirlo. Heaven from here, heaven from here, por favor Lunita, heaven from here... Sin duda mis amuletos de la suerte favoritos no eran sino otros que las pestañas mas hermosas que he visto jamás, largas y con tendencia a caerse en los momentos perfectos. Disfrutaba como una chiquilla, como la niña que aún soy, caprichosa, boba, risueña, cada vez que una de ellas pasaba de una mano a otra sin titubear. ¡Otro mas! ¡Otro que se cumple! Uno tras otro iban tomando vida, decorando días meses, sintiéndose parte de mi, haciéndose realidad dándole patadas a los trozos de escepticismo que rodeaban mi peculiar manera de mirarlo todo. ¡Se cumplían! ¡Los deseos! Tal vez porque nunca se los confesé a nadie, o quizás porque era lo que la serialidad dictaminaba. Yo seguía fantaseando, incluso cuando las hermosas pestañas dejaron de ser para mi, y pedía deseos a lo mas estúpido, siempre siempre los mismos, el mismo...

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