Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Ese ladrón que os desvalija.

  Que mis líneas no te suponen nada, es una idea que saben las yemas de los dedos desde el momento en el que descubrieron con qué tono se retuerce su sonrisa. Aun así, a destiempos mi alegría quiere contar que el plata me hace bailar cuando haces muecas (in)descifrables ya. Mi ego empieza a descubrir que le divierte el tuyo y que querer y amar y el resto de léxico macabramente sentimental no hacen falta en algunas noches compartidas. 

  La poesía auténtica se manifiesta cuando improvisas y la prosa inconclusa cuando escribo, los fonemas siempre compartidos (por fin) hacen que la lluvia tamborilee. Sin nexos entre las frases me ahogo en onirias surrealistas, que a ti qué te importan, que tú qué vas a leer alguna vez, y que sin embargo, por aquí se escapan correteando por el atril y los espejos. 

   Siempre separados y distantes los recuerdos, los míos que no te conocen de nada y los tuyos que imitan otros tiempos.

    La sorpresa elegante de los meses finales de año, decorada con músicas pasadas y artistas franceses, las gracias finales, o no, la vuelta de aquella que era. Fuera quién fuera. De la mano de tu ingenio.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Negación del Yo (lírico).

De igual manera que no
soy a
        c
          r
           ó
             b
               a
                 t
                   a no caeré en
la ilusoria palabrería de ser

poeta. ¿Poema? Grafemas en acto
y calidad en potencia, ¡si me leyera
Arístóteles! Qué miscelánea contruí
con su arte por carencia de la mía

Poesía, os la dejo a vosotros,
que sin atinar a entender la
caricia rosa de la sines...tesia 
rimáis como por casualidad,

salga bien o mal, defendiendo
vuestro talento universal para 
las hipérboles y las adulaciones.
No soy poeta. Soy mis palabras,

soy la                                                                    ira, 
                   la rabia,                                                                           la sinrazón, la desazón,
que me provocáis, poetas de cordel, desconocedores de pies métricos,
Wildes de siglo XXI, Wildes sin estilo, Wildes sin poesía.

Se congeló la palabra.

 Qué frío hace hoy, amor. Llevo horas tratando de levantarme de este colchón oxidado y pasajero y las garrapatas del estómago no me dejan. Las réplicas de arte a las que encargué hacer mis días más serenos ya no me comprenden. 

 Y tú te has ido, amor. No hay ceras de pasión con las que colorearte las mejillas al despertar, ni ausencias que llorar. Yo me he quedado, porque sé que nunca tuve valor para borrar recuerdos que tumban mi alegría y que ahora me parecen como las joyas falsas de las que hablaba Salvador. 

 Si pudieras sentir el frío que hace hoy en esta estancia menguante, vendrías a traerme el rallo verde que me habías prometido alguna vez. Pero tú no puedes saber cómo congela este sol ni cómo se descama la parte más superficial de este corazón con sístoles y diástoles descompensadas. 

 Y tú, dejaste de existir, amor, para que mis locuras quedaran descompensadas e incomprendidas. Nadie escucha cuando se me escapa hablar de ti. Nadie presta atención cuando intento contar que va a quemarme este frío noviembre, porque a nadie le importa el frío que hace hoy, en este lugar, en este diafragma cansado de expandirse. Porque tú no estás, no vives, no me abrazas. Porque no te siento y pareces haber muerto con el calor y la luz que iluminaba el invierno, amor.

martes, 5 de noviembre de 2013

You simply found the words to make a lot of feelings fade away

Qué confortable abrigarse en recovecos de almas que nos conocen.

Último placer.

 El lunes más caluroso del año por fin descubrí de qué habían servido las sonrisas y las esperas, las esperanzas y los acordes. Para absolutamente nada. Resulta incluso ridículo que tantas abstracciones comúnmente machacadas en tópicos hasta la saciedad, creadoras de novelas y de ensayos, de filmes y de vidas, no hubieran sido para mí más que una forma de dolerme la inteligencia y de perder el año en el que estrenaba la madurez. 
 No negaré que busqué entre los recuerdos algo a lo que agarrarme, que pregunté a muchos con la ilusión de que alguien me llevara la contraria y dijera que me habías querido como se quiere al peluche favorito en la infancia o al amigo del alma en la adolescencia. Investigué por si alguno ensalzaba ese pasado borroso nuestro y, sin sorpresas y con desesperanza encontré aquello que me habías quedado como medio para que me acordase de ti. 
 El regalo que me habías dejado no era otra cosa sino una canción de gemidos hipócritas y una decepción en las palabras. Lo habías envuelto con prejuicios y lujuria, con infidelidades de angustia y absoluta indiferencia. Había oído que mejor algo que un vacío absoluto, pero se equivocaron quienes lo dijeron, hubiera escogido el agujero negro antes que la mezcla de colores lechosos y escatológicos desteñida por una lavadora que ya no decía por qué te había querido en sesenta y cinco palabras. Sin embargo, aún guardo tu último obsequio y algunas mañanas de este noviembre lo saco de su celda y me empapo bien de él para concienciarme de que la supernova apuntaba a otros deseos y de que no hay nada más triste que arrepentirse de haber regalado suciedades y angustias. 
 A veces tu regalo me mira desafiante, le escupo y te odio con lágrimas de rabia y puñales de sueños sin nacer.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Old friends.

Estoy indignada por mantener algo que nunca tuvimos en común. Por doblar la esquina y pensar que no te soporto y que aún así tengo que sonreír a palabrería ajena en la que no soy capaz de distinguir ni los distintos fonos. Estoy indignada por haber cambiado y por haber descubierto que tu personalidad me aplasta contra la realidad más insípida y burda. ¿Por qué mantener las lágrimas de otros amores? ¿Por qué tenemos que tomar cafés como si nos importara verdaderamente qué dicen los posos del otro? No quiero regalos de cumpleaños, no quiero agobios hipócritas, no quiero no guardarte cariño y no quiero guardártelo si está viviendo en engaños. No quiero escribir así, no quiero dejar a un lado mi dulzura, no quiero perderte entre fórmulas. Me opongo al paso del tiempo, me quedo en este instante, dispara ya.

miércoles, 30 de octubre de 2013

II

Bye bye whitenight antes de olvidarte,
aunque no atines a saber cómo voy a dolerte,
voy a hacerlo hasta que te sangren los recuerdos.
Whitenight e ironía, sarcasmo hiriente,

bye, bye, no tengas valor de arrepentirte,
no imagines que nos tenemos. No sospeches
ni por un suspiro sospeches, que te quise como eres,
como eres ahora, bye bye, refúgiate en rizos tísicos y

en sonrisas colosales asesinas de dulzuras,
whitenights inventos de otros, melodías de
artistas alcohólicas con ojeras de maquillaje, con
la furia de mis pestañas, con la sorna de mi dolor.

Bye bye después del placer, de los restos
de la eterna mentira de tu música, whitenight,
amor, que la vida te cunda entre cifras y sexos,
que el olvido te apuñale en las noches de noviembre.

Bye bye whitenight, feliz decepción,
triste primavera, que no vuelvan las rosas,
que te duela el aliento, whitenight, que me llegue
el sueño dulce y la vida breve, bye bye.



lunes, 28 de octubre de 2013

Ellos decían.

Me dijeron que había unos sonetos
que había que alabar por encima de todos,
me hablaron de Petrarca, del dolce stil nuovo,
de cómo influyó en la lírica y de cómo
habría de gustarme. Me idealizaron al italiano,
y así tomé el consejo y lo idealicé.

Me dijeron que tenía que saber que
dos al cuadrado no era más que cuatro, y que
jamás se me ocurriera contradecir a las matemáticas,
que sin ellas no podría vivir. Los creí y a día de hoy,
cuando el sueño no llega mi cabeza dibuja
cuadrados perfectos.

Me dijeron que la democracia y la libertad
eran los ideales más absolutos y que por ello,
tenía que defenderlos sin piedad y con orgullo.
Documenté los idearios y luché por causas
tan perdidas como la libertad que lleva al
más absoluto de los abandonos.

Me dijeron, ya ven, que había que leer
todos los días el periódico, y que debía informarme,
que el mundo era también mío, que el civismo
me correspondía. Entonces yo, me interesé por la política,
me disfracé de economista y abogada y me di cuenta
de que no quería saber nada sobre la información del planeta.

Me dijeron que había que enamorarse para
sentir la vida, que hacer el amor era un temblor en la tierra,
que tenían que quererme mucho y que para eso,
tenía que entregarlo todo a un rostro bello y a un alma
inteligente. Y me enamoré, y me entregué, y después me di
cuenta de todos los engaños que había sufrido por bocas ajenas.

Y me indigné con el mundo, y maté a los padres
y huí a los brazos de las palabras.
Y me reencontré con la vida y hoy,
hoy ya no me juzgo por no cumplir todo aquello que me dijeron los padres de las prisiones sociales.

viernes, 25 de octubre de 2013

Nunca se me dio bien la genética.

Se me nota en los genes la risa sarcástica,
adivinas que la pasión literaria y la
humanística y la artística son
cómo no, herencia biológica.

Se me nota en los genes que soy iracunda,
de mal perder y caprichosa, que vacilo
en eso de distinguir el bien
del mal, que adoraría ser pintora,

que dudo si son tan falsas las mentiras
y tan absolutas las verdades, se me nota
en los genes, claro, que tengo caderas anchas
para bailar hasta que la noche me consuma.

Distingues que la ebriedad y el humo
no es otra cosa que licencia genética,
que la facilidad númerica y sintáctica estaban
en algún recesivo escondido en mi ADN.

Se me nota en los genes que debería
ser comedida y empática, se me nota en
tus malditos y asquerosos genes. Sin embargo,
se me entreve también que puedo ser dulce,

que odio las hipocresías de alcoba y se me nota
en los genes, en los más preciados, que a veces,
sé querer y que lo que escribo no es para ti, sino
para los genes beis que me dieron el color.

jueves, 24 de octubre de 2013

Confesiones.

 Confieso que ha llegado ese momento en el que nada cura el desencanto. El punto de mi deplorable existencia en el que tiro la toalla cuando todos luchan y sin embargo, tengo el valor de indignarme y de llorar mientras otros gritan. Confieso que hoy creo más en vosotros, y menos en mí, y menos en ellos y que estas dos Españas cada día rasgan un poquito más mi conciencia. Confieso que no sé posicionarme de manera radical y que no logro dejar de ver redondo este país de ideologías planas y cabezas demagógicas. Confieso también que las leyes tiránicas me incitan a vivir para siempre en este lugar para defender desde una hipotética aula lo que es mío y de mis futuros y que, no obstante, la miseria moral que reina en las cúspides ppolíticas me brinda la huida como lo menos humillante. Confieso que adoro Mayo del 68, pero que también sé que sucedió detrás y eso me deprime, que me gustaría ver arder manuales de economía financiera y florecer libros de poesía. Confieso que soy una utópica, una pesimista teórica, una máquina de ellos que trata de revelarse contra la naturaleza artificial que sustenta todo. Confieso que el mundo es pésimo, que salimos a la calle perfumados cuando vivimos entre la basura, que le cojo esta última frase a Saramago y que pensando en hombres como él, veo un poco de luz al final del túnel. Confieso que la vida me hastía, que la patria me hastía y que los niños me llenan de luz, y que ellos me hacen creer, y que por ellos habría que luchar. Confieso que soy una contradicción, que me ahogo en una marea gris de ciencias mal enfocadas, que me refugio en expresiones, en mármoles, en claves de fa.