Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

jueves, 24 de octubre de 2013

Confesiones.

 Confieso que ha llegado ese momento en el que nada cura el desencanto. El punto de mi deplorable existencia en el que tiro la toalla cuando todos luchan y sin embargo, tengo el valor de indignarme y de llorar mientras otros gritan. Confieso que hoy creo más en vosotros, y menos en mí, y menos en ellos y que estas dos Españas cada día rasgan un poquito más mi conciencia. Confieso que no sé posicionarme de manera radical y que no logro dejar de ver redondo este país de ideologías planas y cabezas demagógicas. Confieso también que las leyes tiránicas me incitan a vivir para siempre en este lugar para defender desde una hipotética aula lo que es mío y de mis futuros y que, no obstante, la miseria moral que reina en las cúspides ppolíticas me brinda la huida como lo menos humillante. Confieso que adoro Mayo del 68, pero que también sé que sucedió detrás y eso me deprime, que me gustaría ver arder manuales de economía financiera y florecer libros de poesía. Confieso que soy una utópica, una pesimista teórica, una máquina de ellos que trata de revelarse contra la naturaleza artificial que sustenta todo. Confieso que el mundo es pésimo, que salimos a la calle perfumados cuando vivimos entre la basura, que le cojo esta última frase a Saramago y que pensando en hombres como él, veo un poco de luz al final del túnel. Confieso que la vida me hastía, que la patria me hastía y que los niños me llenan de luz, y que ellos me hacen creer, y que por ellos habría que luchar. Confieso que soy una contradicción, que me ahogo en una marea gris de ciencias mal enfocadas, que me refugio en expresiones, en mármoles, en claves de fa. 

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