El lunes más caluroso del año por fin descubrí de qué habían servido las sonrisas y las esperas, las esperanzas y los acordes. Para absolutamente nada. Resulta incluso ridículo que tantas abstracciones comúnmente machacadas en tópicos hasta la saciedad, creadoras de novelas y de ensayos, de filmes y de vidas, no hubieran sido para mí más que una forma de dolerme la inteligencia y de perder el año en el que estrenaba la madurez.
No negaré que busqué entre los recuerdos algo a lo que agarrarme, que pregunté a muchos con la ilusión de que alguien me llevara la contraria y dijera que me habías querido como se quiere al peluche favorito en la infancia o al amigo del alma en la adolescencia. Investigué por si alguno ensalzaba ese pasado borroso nuestro y, sin sorpresas y con desesperanza encontré aquello que me habías quedado como medio para que me acordase de ti.
El regalo que me habías dejado no era otra cosa sino una canción de gemidos hipócritas y una decepción en las palabras. Lo habías envuelto con prejuicios y lujuria, con infidelidades de angustia y absoluta indiferencia. Había oído que mejor algo que un vacío absoluto, pero se equivocaron quienes lo dijeron, hubiera escogido el agujero negro antes que la mezcla de colores lechosos y escatológicos desteñida por una lavadora que ya no decía por qué te había querido en sesenta y cinco palabras. Sin embargo, aún guardo tu último obsequio y algunas mañanas de este noviembre lo saco de su celda y me empapo bien de él para concienciarme de que la supernova apuntaba a otros deseos y de que no hay nada más triste que arrepentirse de haber regalado suciedades y angustias.
A veces tu regalo me mira desafiante, le escupo y te odio con lágrimas de rabia y puñales de sueños sin nacer.
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