Qué frío hace hoy, amor. Llevo horas tratando de levantarme de este colchón oxidado y pasajero y las garrapatas del estómago no me dejan. Las réplicas de arte a las que encargué hacer mis días más serenos ya no me comprenden.
Y tú te has ido, amor. No hay ceras de pasión con las que colorearte las mejillas al despertar, ni ausencias que llorar. Yo me he quedado, porque sé que nunca tuve valor para borrar recuerdos que tumban mi alegría y que ahora me parecen como las joyas falsas de las que hablaba Salvador.
Si pudieras sentir el frío que hace hoy en esta estancia menguante, vendrías a traerme el rallo verde que me habías prometido alguna vez. Pero tú no puedes saber cómo congela este sol ni cómo se descama la parte más superficial de este corazón con sístoles y diástoles descompensadas.
Y tú, dejaste de existir, amor, para que mis locuras quedaran descompensadas e incomprendidas. Nadie escucha cuando se me escapa hablar de ti. Nadie presta atención cuando intento contar que va a quemarme este frío noviembre, porque a nadie le importa el frío que hace hoy, en este lugar, en este diafragma cansado de expandirse. Porque tú no estás, no vives, no me abrazas. Porque no te siento y pareces haber muerto con el calor y la luz que iluminaba el invierno, amor.
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