Me dijeron que había unos sonetos
que había que alabar por encima de todos,
me hablaron de Petrarca, del dolce stil nuovo,
de cómo influyó en la lírica y de cómo
habría de gustarme. Me idealizaron al italiano,
y así tomé el consejo y lo idealicé.
Me dijeron que tenía que saber que
dos al cuadrado no era más que cuatro, y que
jamás se me ocurriera contradecir a las matemáticas,
que sin ellas no podría vivir. Los creí y a día de hoy,
cuando el sueño no llega mi cabeza dibuja
cuadrados perfectos.
Me dijeron que la democracia y la libertad
eran los ideales más absolutos y que por ello,
tenía que defenderlos sin piedad y con orgullo.
Documenté los idearios y luché por causas
tan perdidas como la libertad que lleva al
más absoluto de los abandonos.
Me dijeron, ya ven, que había que leer
todos los días el periódico, y que debía informarme,
que el mundo era también mío, que el civismo
me correspondía. Entonces yo, me interesé por la política,
me disfracé de economista y abogada y me di cuenta
de que no quería saber nada sobre la información del planeta.
Me dijeron que había que enamorarse para
sentir la vida, que hacer el amor era un temblor en la tierra,
que tenían que quererme mucho y que para eso,
tenía que entregarlo todo a un rostro bello y a un alma
inteligente. Y me enamoré, y me entregué, y después me di
cuenta de todos los engaños que había sufrido por bocas ajenas.
Y me indigné con el mundo, y maté a los padres
y huí a los brazos de las palabras.
Y me reencontré con la vida y hoy,
hoy ya no me juzgo por no cumplir todo aquello que me dijeron los padres de las prisiones sociales.
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