Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

viernes, 25 de octubre de 2013

Nunca se me dio bien la genética.

Se me nota en los genes la risa sarcástica,
adivinas que la pasión literaria y la
humanística y la artística son
cómo no, herencia biológica.

Se me nota en los genes que soy iracunda,
de mal perder y caprichosa, que vacilo
en eso de distinguir el bien
del mal, que adoraría ser pintora,

que dudo si son tan falsas las mentiras
y tan absolutas las verdades, se me nota
en los genes, claro, que tengo caderas anchas
para bailar hasta que la noche me consuma.

Distingues que la ebriedad y el humo
no es otra cosa que licencia genética,
que la facilidad númerica y sintáctica estaban
en algún recesivo escondido en mi ADN.

Se me nota en los genes que debería
ser comedida y empática, se me nota en
tus malditos y asquerosos genes. Sin embargo,
se me entreve también que puedo ser dulce,

que odio las hipocresías de alcoba y se me nota
en los genes, en los más preciados, que a veces,
sé querer y que lo que escribo no es para ti, sino
para los genes beis que me dieron el color.

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