Con la característica curiosidad de la juventud, Psique abrió la vasija. Le habían dicho que contenía belleza, todos comentaban que ella gustaba de tal virtud, sin embargo, ¿qué aspecto tendría la belleza por si sola, sin depender de un cuerpo, de un paisaje, de una impresión? En el momento en el que sus dedos destaparon el recipiente se sintió desfallecer de forma dulce y quedó dormida en medio del camino. Debería haber sabido que no es conveniente desobedecer a Venus. Afortunadamente para ella el hechizo era reversible, podría despertar con un beso de amor, él lo sabía. Eros apareció volando desde el idílico mundo divino, y con la mayor delicadeza con la que jamás un amante a besado a otro, junto sus labios con los de Psique para liberarla de su sueño antes imperecedero. No existe mito más hermoso para alegorizar la inmortalidad del amor, los artistas lo supieron. Imagino a Canova cierto día de 1787 en un taller iluminado junto a un bloque del mármol más blanco, especulando sobre cómo plasmar el mito más tierno de la mitología. El genio italiano cogería sus útiles y esculpiría con cariño y talento a una joven yacente que abraza a su amante en el instante en el que este se dispone a besarla para que tras su despertar sea cierto el sueño universal del amor eterno.

No hay comentarios:
Publicar un comentario