Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

miércoles, 4 de abril de 2012

Me quiere, me odia, me quiere...

Paradójicamente el día en el que inventamos el amor, el odio se introdujo en nuestras consciencias. ¿Qué sucedería si siempre amásemos? Posiblemente que el amor tal y como lo conocemos carecería de sentido. El amor ha movido y sigue moviendo el mundo, pero es innegable que su antónimo no lo ha hecho menos. Necesitamos de él para responder al abandono, a la decepción, a los engaños, quién sabe si también para responder a nuestra propia cobardía. No me gusta odiar, pues siempre he pensado que el odio lleva irremediablemente al propio sufrimiento del que odia; sin embargo, en ocasiones se vuelve incontrolable. Del mismo modo que nadie decide de quien enamorarse, nadie escoge a quien destinar todos sus oscuros deseos. La sensación de repugnancia o desagrado ante ciertas personas o situaciones, o comidas, o deportes, o incluso risas, se adueña de nosotros sin dejarnos manejarla lo más mínimo. Obviamente es posible controlarlo, quiero creer que somos un poco libres, pero hay veces que reprimirlo no resulta la mejor solución. Personalmente odio, y no me considero peor por ello, simplemente sincera para admitirlo. El secreto tal vez sea en odiar lo justo, poquito, sin dejar que se nos vaya de las manos y sin supeditarnos a tal emoción. Por supuesto siempre combinarlo con el amor, una de cal y dos de arena (voy a imaginar que la arena es la buena; es decir, el amor; ya que nunca lo he sabido). Odio la palabrería por la palabrería, por el contrario adoro la buena oratoria y las ideas correctamente fundamentadas. Odio los reallities sobre gente con personalidades patéticas, pero me gustan los libros realistas sobre desfavorecidos del XIX y del XX y los programas sobre arte. Odio que no me sepan seguir, sin embargo me encanta descolocar y compartir secretos con almas que se asemejan a la mía. Odio a los pájaros, me fascinan las serpientes y las mariposas. Odio también no saber cómo escribir con precisión y correcta forma, disfruto imaginando como será el futuro, diseñando una vida utópica, narrando esos sueños. Para sentirme mejor a veces la odio, lo odio. Después respiro, me repito que es una prueba más de mi humanidad y escojo pasar ratos agradables con alguien a quien quiero. En realidad el amor es más placentero que el odio: regala felicidad.



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