Me gustaría recordar el día en el que comencé a preocuparme por la terrible crisis en la que creo se encuentra la parte más humanista del ser humano, esa parte subjetiva que mueve los deseos más secretos y hace nacer al instinto creativo e irracional sin dejar a un lado a la razón y el amor por seguir investigando para ver un poco más. Sistemáticamente veo una sociedad dividida en ciencias y letras, existiendo entre ellas un termino medio: ciencias sociales.
Algunos de los afortunados de poseer capacidades para las ciencias, critican al sistema educativo por exigirles como obligatorio un mínimo conocimiento del lenguaje, la historia o la filosofía. Arremeten contra la sintaxis, tachándola de inútil o inservible y demás terminología vacía que no me resulta agradable citar ahora. A ellos les preguntaría cómo conseguir que nadie nos tome en serio si no dominamos la capacidad de transformar nuestro pensamiento en palabra oral o escrita. Responderían que ellos saben hablar casi desde la infancia ya que el lenguaje es una facultad humana, pecando en el error del que cree conocerlo todo y desconoce su propio desconocimiento. No soy yo alguien que se enorgullezca de un control absoluto sobre como describir una determinada situación, o sobre como exponer ideas; aunque voy a terminar bachillerato y soy de letras. Respecto a esto, podría seguir escribiendo y debatiendo conmigo misma sobre la importancia de Kant o de Isabel II, por seguir con ejemplos, pero parece suficiente y los sinónimos se agotan.
Igualmente criticables son los de mi ''lado'', quizás si cabe aún más; pues un elevado tanto por ciento escoge letras para huir de las matemáticas. ¡Ah! ¿Para qué las necesitan ellos si existe una maquinita mágica llamada calculadora, que además; qué lujazo; viene incorporada en nuestros amados móviles? Creen quizás que dicha ciencia se reduce a sumar si te han devuelto bien el cambio. ¿A quién le interesan las conjeturas, los números irracionales, la perfección formal que en ellas se esconde? A nadie, a un matemático si acaso, ''¡yo soy de letras, no me preguntes de eso!'', y con esta frase se pone punto y final a los problemas que otros presentan.
Olvido comentar, vaya despiste, a los artistas. Artistas somos todos, es lo que se me ocurre decir ante el panorama que se presenta ante mis ojos, que se describe con la sospecha popular de que una idea superficial basta para convertirse en un genio o una fotografía tomada con una cámara muy cara es suficiente para denominarse artista. De este joven grupo de creadores ¿cuántos conocen a los escultores de la Atenas de Pericles?, ¿cuantos escritores que desafinan ante el amor han leído a Salinas? ¿cuántos pasan horas, días, semanas, sin descanso estudiando su propia obra?
Admitámoslo, estamos en una fuerte decadencia y no económica, o social; que sin lugar a dudas también; sino humana. Vivimos en un periodo en el que solo tiene valor lo práctico, aquello que es útil de inmediato, lo que nos permita ascender en lo nuestro lo más rápidamente posible, y si evitamos el esfuerzo... mejor, gracias. Estamos sacrificando, banalizando aquello que nos hacia únicos: la imaginación, la esperanza, el amor, y con ellos la poesía, la escultura, la música... Dice acertadamente Unamuno, que no somos especiales por nuestra razón, sino por nuestros sentimientos, quizás lo seamos por una mezcla de ambos; por ese afán característico de conocer el porqué y el cómo, por la curiosidad implícita en nuestra consciencia y las pasiones incontroladas de nuestro inconsciente. Quizás esta burda separación entre ciencias y humanidades, pese a especializarnos más en un tema, no hace más que ensanchar los límites de nuestra ignorancia.
Igualmente criticables son los de mi ''lado'', quizás si cabe aún más; pues un elevado tanto por ciento escoge letras para huir de las matemáticas. ¡Ah! ¿Para qué las necesitan ellos si existe una maquinita mágica llamada calculadora, que además; qué lujazo; viene incorporada en nuestros amados móviles? Creen quizás que dicha ciencia se reduce a sumar si te han devuelto bien el cambio. ¿A quién le interesan las conjeturas, los números irracionales, la perfección formal que en ellas se esconde? A nadie, a un matemático si acaso, ''¡yo soy de letras, no me preguntes de eso!'', y con esta frase se pone punto y final a los problemas que otros presentan.
Olvido comentar, vaya despiste, a los artistas. Artistas somos todos, es lo que se me ocurre decir ante el panorama que se presenta ante mis ojos, que se describe con la sospecha popular de que una idea superficial basta para convertirse en un genio o una fotografía tomada con una cámara muy cara es suficiente para denominarse artista. De este joven grupo de creadores ¿cuántos conocen a los escultores de la Atenas de Pericles?, ¿cuantos escritores que desafinan ante el amor han leído a Salinas? ¿cuántos pasan horas, días, semanas, sin descanso estudiando su propia obra?
Admitámoslo, estamos en una fuerte decadencia y no económica, o social; que sin lugar a dudas también; sino humana. Vivimos en un periodo en el que solo tiene valor lo práctico, aquello que es útil de inmediato, lo que nos permita ascender en lo nuestro lo más rápidamente posible, y si evitamos el esfuerzo... mejor, gracias. Estamos sacrificando, banalizando aquello que nos hacia únicos: la imaginación, la esperanza, el amor, y con ellos la poesía, la escultura, la música... Dice acertadamente Unamuno, que no somos especiales por nuestra razón, sino por nuestros sentimientos, quizás lo seamos por una mezcla de ambos; por ese afán característico de conocer el porqué y el cómo, por la curiosidad implícita en nuestra consciencia y las pasiones incontroladas de nuestro inconsciente. Quizás esta burda separación entre ciencias y humanidades, pese a especializarnos más en un tema, no hace más que ensanchar los límites de nuestra ignorancia.
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