Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

jueves, 23 de febrero de 2012

A veces más que a un libro, se necesita a alguien que te lo explique.

En un principio estas palabras estaban pensadas para expresar ideas ilustradas sobre filosofía. Sin embargo, al dejar pasar unas horas y reflexionar sobre ellas, una se da cuenta de que mejor que repetir las frases que otro ha dicho, es quizás resaltar su figura. No he conocido las ideas de Rousseau leyendo el Contrato Social; que aún sigue en mi estantería esperando ser abierto. Tampoco aprendí a resolver ecuaciones por capacidad propia para jugar con los números. Incluso a leer me enseñaron aquellos que con el paso de los días parecen convertirse en meros medios para la consecución de un fin (o quizás no sea un fin, quizás sea simplemente otro medio superior). Hablo de los profesores, docentes, maestros... Como se prefiera llamarlos.
Es cierto que no todos merecen ser tratados con la admiración que tiñe estas palabras, pues no es sistemático que por tener esta profesión se sea profesional. No obstante, mejor que criticar a los que no lo hicieron del todo bien, alabar a los que si lo hacen. Concretamente me gustaría reconocer el trabajo de aquellos que con clases alejadas del estricto temario; más en segundo, que ya se sabe: todos agobiados; dejan fluir sus pensamientos en forma de lecciones que nos invitan a querer saber más. Recuerdo a algunas profesoras de matemáticas que me mostraron la forma sencilla de hacer operaciones complejas, y que pese a ser yo alguien amante de las letras, lograron que aún hoy eche mucho de menos pasar horas con una calculadora en mano. Me viene también a la memoria la primera clase de ''Filosofía'', que por entonces se llamaba Ciudadanía y tenía por objetivo convertirnos en personas cívicas. El profesor sembró dudas e interés en mi mundo adolescente, a veces una total incomprensión hacia la realidad y otras simplemente me sacó una sonrisa sincera. ¿Y cómo no hablar de la mujer que me mostró la cara amable y también la más amarga de la  Lengua y la Literatura? La que con sus sarcasmos realistas y su sonrisa irónica escondida bajo palabras elocuentes impulsó a este espíritu perdido a las letras. Después de haber sido su alumna, una pensaba que no habría más profesores como ella, que el cambio iba a suponer la pérdida de estimulación. Nada más alejado de lo que ocurriría después, cuando entró, recién llegada como yo, una persona con rostro amable que elogiaba a Tostói. Fue entonces cuando aprendí que no hay porque tener miedo a equivocarse, y que solo se necesita a alguien que te diga que serás muy buena en lo que más te gusta hacer para sacar lo mejor de ti. Estos meses también descubrí que no por carecer de exaltación alguien valora menos el Arte, y que a veces a la más seria se le escapa comentar que la vida es maravillosa cuando ''Vas a la Columnata de San Pedro al anochecer y cenas en el Trastevere.'' Por último, que ya me excedo, debo hacer mención del que ha plantado el granito para que estas ideas se ordenasen y fueran escritas hoy aquí. Es ese señor alto, que viste siempre con camisa y jersey, el que pasa lista cambiando los acentos y me sugiere leer a Unamuno...


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