Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Una historia inconclusa.

''Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida.''
  Comienza así su discurso de aceptación al premio más prestigioso de las letras mi idolatro escritor, Mario Vargas Llosa. No puedo evitar bañarme en esperanzas cada vez que lo escucho, leo o recuerdo. Resulta curioso el hecho de que antes que cualquier libro suyo, escuché su discurso y no una ni dos veces, muchas más, pues me pareció un elogio además de a la lectura y a la ficción, a algunos planteamientos e ilusiones que cimientan mi personalidad. En él, el peruano habla de lo que aprendió de otros autores universales. De unos dice que le enseñaron el valor de la forma, el estilo, las historias o el compromiso. Sin embargo con la que me quedaría yo es con la referencia a Flaubert, que en sus palabras le mostró: ''que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia.'' Nunca hube oído menciones del francés hasta este discurso y al decir esto acepto mi ignorancia, la cual espero poder ir supliendo hasta que el camino acabe. La cuestión es que me interesé por él, y descubrí a su madame. La idea de leerla no descansó hasta que hace apenas hace un mes me obligué a hacerlo. Deseaba saber qué quería decir exactamente Mario con su afirmación, y que significaba la mención que más adelante hacía sobre Emma. Finalmente ayer cerré (espero que no por última vez) la obra; y dejando a un lado mi cuestionable empatía hacia Emma Bovary; me sentí un poco más cercana a esa luna que se me antoja la literatura.
   Hoy escucho la voz peruana de nuevo y como la primera vez parece que mi ánimo va a apostar por el llanto. Lágrimas de alegría, que pese a que creen entender que las fábulas y los cuentos literarios no son más que otra vía de escape más, se niegan a admitir que el amor o las artes se extingan. Abandonar me resulta prácticamente imposible tras oír los ánimos que se cuelan entre los espacios de las palabras mágicas de este señor.
   Me parezco absurda pero lo necesitaba, ahora estudiar sintaxis me resultará poco más que otra escalera  que subir. ¡Qué final tan poco poético para haber empezado con palabras de un maestro! Pero es que escribir para mí sigue siendo un juego, una gracia, una forma de complacer a algunos y disgustar a otros. Escribir y leer es para estos dedos que escriben una forma de vida, de resistencia, de reivindicación. La literatura mece mis días, deshace los días negros (o rojos), ilumina mis excentricidades y hace sonreír a mi sonrisa. 

“Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias.

No hay comentarios:

Publicar un comentario