Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

martes, 6 de diciembre de 2011

L'amour est un oiseau rebelle.

Las ondas desordenadas tras largas peleas con la vida caían con gracia sobre sus hombros desnudos. Sus ojos parecían suplicarle un beso pasional, rápido, sin avisar, uno de esos que logran que se pierda el sentido de la orientación y sirven de antecedentes a locuras inconfesables que hacen sentir ''como un temblor en la tierra'' en palabras de Márquez. La nariz le invitaba a juntar la suya al cuello portador de un finísimo colgante para aspirar el olor indescriptible que aquella mujer desprendía. Sus labios que estaban alejados de cualquier canon clásico o moderno se acercaban valientes hacia su oído susurrándole poco más que silencio. Él se esforzaba por mantener una calma que ella había destrozado desde el momento en el que decidió soltarse el lazo que recogía su pelo. No podría haber dicho si era una mujer hermosa u horrenda, su rostro sin maquillar le hacia dudar sobre si sus pómulos se veían sensuales coloreados de su tono natural y sobre si su sonrisa se dibujaba igual enmarcada en el innato color rosado de su boca. Su cuerpo cantaba a voz invisible un fragmento de una de sus óperas favoritas ''Si tu ne me aimes pas, je t'aime, si je t'aime prends garde à toi!''  No tenía escapatoria, su sola presencia había atado su voluntad y sus deseos, permitiéndole únicamente amarla esa noche; y antes de que la muchacha tuviera tiempo para corresponderle sus brazos indecisos asfixiaban su cinturita y sus caderas sin que la risa juguetona de ésta pudiera hacer nada para liberarse de aquel primer abrazo de amor compartido.

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