Las sonrisas son universales, no entienden de color de piel, de sexo, de carácter ni de edad. Sin embargo las de los niños se caracterizan por presentarse inolvidables, sinceras, más hermosas que a cualquier otra edad. Todos los pequeños ríen, algunos más alto, más sonoro o con más frecuencia que otros, pero todos lo hacen. Sería digno de galardonar el autor que lograra describir la risa de un niño. Lo cierto es que no seré yo esa escritora; al menos no por ahora; aunque tengo una idea de como comenzaría esa descripción, empezaría por contar que ante todo es natural. Natural es un adjetivo que parece revalorizarse con los días en los tiempos que corren, andamos tan ajetreados buscando algo que nos dé un toque de autenticidad que olvidamos que la naturalidad se esconde en los aspectos más cotidianos. Los niños tienen el derecho a reír, a ser felices, a bailar cuando se lo pida el ánimo. Me gustaría felicitar hoy de manera especial a aquellos que a diario fabrican la magia necesaria para crear sonrisas en aquellos rostros que no son como los demás. Pediría que dedicásemos un par de minutos a pensar en las sonrisas de esos niños que no consiguen pronunciar nunca una palabra, en las de los que no podrán leerlas nunca, en las de los que no las oyen.... en la de esas personitas aún por formar que dependen de una silla de ruedas, de un cuidador, que jamás aprenderán a valerse por si mismos. Ellos son los verdaderos niños con sonrisas maravillosas, a ellos deberíamos dedicarles nuestros aplausos alabando el esfuerzo diario que realizan para seguir. Las sonrisas son universales, pero las suyas se diferencian por bonitas.

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