Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

martes, 20 de diciembre de 2011

L y D.

No sé dónde estoy, ni tampoco a dónde vamos a llegar, a dónde voy a llegar. Tengo ganas... tengo ganas de dormir, de dormir con alguien...
''Te invito a mi cama, a marear mi sábanas, a soñar sobre mi almohada. Quiero compartir contigo mis pesadillas; que los sueños ya nos llegarán solos; para que las acunes y adormezcas, para que cuando, empapada en pánico, me desvele de madrugada puedas abrazarme y decirme que los días se siguen sucediendo. Deseo dormir antes que tú (sobre tu hombro), y levantarme más temprano para despertarte tras el amanecer. Si te vienes, te ofrezco contarte un cuento cada noche, ¡te aviso, no lo terminaré! Como Sherezade lo dejaré a medias para que no tengas más remedio que regresar la noche siguiente a escucharme. Prometo transformarme de madrugada, mostrarte una cara dulce a partir de las doce. Me gustaría que nos conociéramos, que nos amásemos, que fuéramos felices.''
D dobló el papel de nuevo, colocándolo después entre las páginas de aquel viejo diccionario. ¿Quién habría escrito aquello? Trato de imaginar sus facciones, la manera en la que sonreiría y cómo sonaría su tono de voz. No lograba dibujar un rostro nuevo en su mente, la cara de L se colaba entre sus suposiciones. Fantaseó que era ella la que había decorado el papel con sus palabras, que jamás existió otro destinatario que no fuera el mismo. Se miro al espejo, encontrándose con los mismos ojos cansados de cada día y con la sonrisa desteñida desde hacía meses. Huyó de la soledad de su casa y unos minutos más tarde se encontró en la puerta de L, que llevaba un camisón blanco, que tenía los brazos siempre abiertos para él.
-¿Puedo dormir aquí?
-Sí si me das un beso de buenas noches.

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