Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

martes, 25 de enero de 2011

Niños jugando a ser soldados.

Daba vueltas sin ton ni son, falta de ganas, hice intentos de mirar una camiseta y digo que hice amagos porque en ese momento mi cabeza se detuvo a escuchar la lenta canción que resonaba en ese momento en la tienda. Ciertamente me pareció agradable no soportar en aquel lugar las monótonas y estridentes melodías que suelen resonar como un punteo incesante en nuestros oídos. Trato de no desviarme, la cuestión es que la música que en aquellos minutos penetraba en mi hablaba de niños baratos, ¿niños baratos? niños que no tienen zapatos, completamente perdidos, acomplejados por la gran ciudad, continúa la letra. Me he detenido, no sé por cuanto tiempo, tal vez fueron solo sesenta segundos o a lo mejor el doble, fijándome en todas esas señoras que paseaban al lado de las estanterías saturadas de todo tipo de prendas, lógicamente ninguna me devolvió la mirada. A mi se me han quitado las ganas de comprar cualquier camiseta, diadema o sujetador, no obstante he seguido paseando por la calle del consumismo una hora y media mas. Me creí perdida, al igual que los niños de la canción, me sentí tan incompleta, descolocada, estuve girando. Ahora opino que tal vez los negocios deberían poner mas a menudo canciones como está para gusto de sus clientes, pero bah... no les compensaría, probablemente algunos, desterrarían su parte mas gastosa escuchando esas notas. Pasé toda la tarde con la vista de un lado a otro, ojeando rostros que como de costumbre me parecían indistinguibles entre ellos. Cuando salí de esa calle que en ocasiones me parece sin final miré hacia arriba, y agradecí por enésima vez poder ver el cielo, ante el que todos somos iguales, ante el que quizás esos chiquillos no se encuentren tan  abandonados.

1 comentario: