Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.
jueves, 20 de enero de 2011
Esto es Nunca Jamás.
Puede que a ellos esa serie de imágenes seguidas les hubiera sorprendido mas que a ella, sin embargo estaba segura de que no la habían elogiado con el fervor con el que ella lo había hecho. Le gustaba tumbarse a imaginar, ¿qué como es eso? Pues bien, consiste en echarse al suelo en cualquier lugar donde el silencio sea un ruido que lo cubra todo y una vez estirada sobre la tierra soñar, ¿con qué? Con lo que venga a tu mente en ese preciso momento. Un día había imaginado que estaba en una casa india, que era una chica morena que correteaba de la mano de su hermano mayor por una gran montaña floreciente de inicios de primavera. Dicen que solo hay que creer, a todos les parece bien esto, lo aceptan y hacen suyas esas palabras como para hacerle ver al mundo lo utópicos que son ... Ella hacia resonar aquella oración cientos de veces en su mente, antes de ver el largometraje y probablemente después, se le antojaba mas que característico de aquellos que tienen esperanza, común de los ilusos, ilusos como ella. Ilusos por los que la mayoría siente lástima o hieren con sarcasmo, buscó en el diccionario y halló tras unos instantes rastreando su lengua un sinónimo a esta palabra que le resultó el mas adecuado: quijotescos. Vaya, personas que como el hidalgo se niegan a ver mas allá de lo que les parece hermoso o adecuado. Estaba harta de ser la fantasiosa que tenía la cabeza llena de pájaros, o mariposas como a ella le gustaba pensar, pero sabía que no podría vivir de otra manera, le era imposible deshacerse de la esperanza, de la fantasía de los cuentos infantiles. Cuando el primer niño rió por primera vez su risa se rompió en mil pedazos que saltaron por los aires en todas las direcciones, y así fue como aparecieron las hadas. No adivinaba si la figura de las hadas era tal y como la describían los libros de mitología, no obstante ella creía en las hadas, ninguna iba a morir por su falta de fe, lo había decidido hacía ya mucho tiempo, la primera vez que siendo muy pequeña vio Peter Pan. Le encantaba jugar a los piratas, a ser la maquinista de un tren fantasma, a bailar ballet y a hacer sonreír a los niños. Podía crecer, era lo deseable, sin embargo y por suerte era consciente de que esa esencia de ignorante alegría no la dejaría sola jamás, nunca jamás.
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