Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

miércoles, 12 de enero de 2011

A lo mejor no es mi sitio.

Fue como si detrás de aquella ventana no hubiera mas que la densa capa de niebla que los ojos podían observar esa mañana. Se veía translúcido un árbol desnudo ante las frías decisiones climáticas. El tiempo seguía compitiendo sin un destello de desánimo por las aceras de la ciudad y para mí aunque era consciente de la imposibilidad de un instante eterno, aquellas clases parecían detener el reloj. Me sentía incapaz de almacenar cualquier explicación por sencilla o útil que resultase. No tenía motivación suficiente para estudiar o atender con ahínco. Solo quería llegar a casa y cumplir con mi rutina vespertina: tomar un café muy negro endulzado con cacao, mirar la calle desde los cristales que la separaban de mi habitación y leer a los grandes mientras sonreía con entusiasmo ante la posibilidad de una sorpresa futura hecha de papel, construida con palabras. Y de vuelta a la biología sencillamente se me ocurría preguntarme ''¿Que narices hago yo aquí, en estas clases donde la imaginación está vetada y lo único importante es el estudio de lo objetivo reprimiendo los mas hermosos instintos''?

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