Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

domingo, 22 de enero de 2012

Aquí quiero quedarme.

Como tantas otras veces soñé con pasear por Recoletos, pararme en la Biblioteca Nacional y hacer una intentona en balde por entrar. Pasear por el patio y desear con toda mi alma colarme entre los archivos para disfrutar de la primera edición del Quijote o del Mío Cid. Después me imaginé bajando hasta el Prado, sonriéndoe antes de entrar a la estatua de Velázquez. Pensé en ir a visitar mi escultura favorita, y ese cuadro de Sorolla que tanta luz arroja siempre sobre mi alma. Soñé con volver ante ''La Maja Desnuda'' y ante ''Los fusilamientos del tres de mayo'', con mirar las pinceladas del Bosco y emocionarme ante pinturas de Rubens o van der Weyden o sencillamente de pintores que pudieran haber sido descubiertos por mi curiosidad ese día. Disfruté viéndome salir y visitando los Jerónimos, y al salir de la iglesia pararme como de costumbre ante el edificio pequeñito que tanto admiro a leer los nombres de escritores que han construido con sus palabras una España fuerte de papel y sueños. Sospeché que podría seguir hacia adelante y llegar al Retiro, visitar la Rosaleda y sentirme como una mujer del diecinueve entre las flores de los jardines. Más tarde podría correr hasta el Palacio de Cristal, y al dejarlo visitar esas cuevas secretas que me enseñaron la última vez. Yo soñaba que al salir del Retiro paseaba por la Cuesta del Moyano y compraba tantos libros antiguos que me costaba colocarlos bien para seguir andando hasta Atocha. Desde la estación imaginé que caminaba hasta el Reina Sofía, y una vez allí subía por el ascensor de cristal hasta la sala donde están las pinturas de Picasso. A la hora de cerrar, cuando la ciudad se volviera de ese color grisáceo que más parece plata que ceniza, anhelé pasar por el italiano de la Plaza de Lavapiés para comprar uno de esos paninnis de rúcula que solo como allí. Más tarde llegaría al pisito, subiría las escaleras hasta el tercero E, abriría la enorme puerta de tres cerraduras y esperaría impaciente su llegada para contarle lo que disfruto de su ciudad.

lunes, 16 de enero de 2012

Si el hombre pudiera decir lo que ama.

Dime chiquilla, ¿quién querría escuchar a un viejo solitario, encerrado entre montañas de recuerdos llamados libros, sin mujer, con hijos más del mundo que suyos, con esperanzas pasadas, sin nuevas palabras? Me alegra que estés aquí y que no puedas responderme, para callar tu silencio me veo obligado a relatarte mis memorias. ¡Sonríes!, ay pequeña si entendieras, si escucharas... Nací en un lugar cualquiera del mundo, de niño más de una y de dos fueron las tardes en las que me divertí bañandome con algunos de la aldea en el pequeño río que cruzaba nuestros campos. ¡Qué digo río!, ¡riachuelo a lo sumo! Fue aquella una época alegre, cargada de destellos que marcaron al que soy hoy. Aunque sin duda si algún periodo me evoca felicidad ese es el de la adolescencia. Gastaba las horas en espiar a Blanca, que nunca fue una chica extremadamente guapa ni extremadamente simpática. Por infortunio para mí Blanca nunca fue feliz hasta que se marchó a Madrid a estudiar matemáticas. Lo cierto es que una mujer en aquella época interesada en esos asuntos de ciencias era un caso escepcional, idóneo para que todos en la aldea chismorrearan sobre los motivos de Blanca para huír de aquel pueblo. Nunca fuimos amigos, muy al contrario eran más los días en los que acababamos por decidir no hablar por no pecar de grosería. Sin embargo yo la quería de esa manera enfermiza que hace que uno se imagine poeta y escriba los peores y más románticos versos dirigidos a un imposible. Cuando ella se fue mi juventud decidió quedarse en el camino. Después llegaron otras mujeres, otros amigos, otras aficiones y por motivos del destino acabé viniendo a esta ciudad, diez años después de que ella, mi Blanca, lo hubiera hecho. Ya no la quería, ¡claro que no!, no obstante no pude evitar recordarla el primer día que por recomendaciones de algún conocido visité el Museo de Historia Natural. ¿Qué habría sido de ella? Esa noche tuve un sueño de los pocos que a mis setenta y tres años aún no he olvidado. Blanca tejía un capullo de seda enorme, con intención de envolverse en él, quería ser mariposa, que diría Darío. Mi papel en el sueño era de mero espectador, la contemplaba sumergirse en seda sin poder intervenir lo más mínimo. Blanca se echó a volar, se convirtió en mariposa sin rostro de mujer y de un color azul difícil de encontrar en el mundo real. Desperté sereno. Esa misma mañana conocí a tu abuela en la juguetería.

jueves, 12 de enero de 2012

Querida hermana princesa del artesano:

Solía dársete bien contarnos cuentos antes de irte a dormir, nos hablabas sobre frutas que tomaban forma de niños, supongo que por eso que todos entendimos y nunca te dijimos: porque ignorabas los de princesas. Es curioso que una princesa como tú se olvide de las historias de otras que son como ella en un mundo fantástico. Era el escenario lo único que cambiaba para ti con respecto a las breves narraciones de damiselas en peligro. Por esa época vivíamos en una casa de una única planta, con un sótano lleno de ratoncitos al que más de una vez nos prohibiste entrar; tu temor a los roedores era sabido por todos en casa; y en el que más de una vez jugamos al escondite más asustados que divertidos. Esa podría ser una de las diferencias que tenías con respecto a las princesas, no habitabas una torre... Aunque eso ahora ya es una similitud María, ahora que soy mayor; o al menos eso intentó creer; puedo pensar que tu pisito en Aluche se parece a una de ésas, al menos por la altura a la que se encuentra. Tú también te asfixias en tu apartamento como una joven heredera en su torre de marfil, y cuando duermes sé que sueñas con un príncipe azul (no comprendo esta moderna manía de intenta cambiarle el color al príncipe). Lo cierto es que nunca entenderé el porqué no hay ninguno aún a tu lado. Pensando en esto recuerdo nuestra infancia, cuando Fermín y yo buscábamos por toda la casa tus diarios para descubrir a quién entregabas tu cariño. Guardabas tanto secretismo que nosotros dos no lográbamos ni llegar a las especulaciones. ¡Ves, otra característica más de cuento de hadas!: Fermín y yo íbamos siempre tras de ti, a veces aún sin que tú lo sospecharas, como los enanitos hacen con Blancanieves. Tú hada madrina siempre fue mamá... María, espero que no se te estén escapando algunas lagrimillas al recordarla, no obstante diciéndote esto puedo parecer un insensible y la verdad es que ella siempre nos recomendaba llorar para expulsar las penas en forma de copos de nieve líquidos; así le gustaba llamar a ella a las lágrimas... Además las princesas siempre sollozan, algunos dicen que lo hacen porque son y serán muy tiquismiquis,  pero, yo...yo he llegado a pensar que lloran por las lágrimas que los demás no logramos derramar...

martes, 10 de enero de 2012

Yérguete y mira la raya azul del increíble crepúsculo, la raya de la esperanza en el límite de la tierra.

Hoy es uno de esos días en los que me apetece escribir. ¿Escribir a quién? A las palabras, a la esperanza, a la vida. Hoy es uno de esos días en los que no desbordo felicidad. ¿Podrán alguna vez definir la felicidad aquellos que confían ciegamente en la razón? Hoy es un día de poesía de Vicente Aleixandre. ¿Poesía para qué? preguntarán algunos. Para tener esperanza, les respondería yo. Para levantarte con palabras sin esperar actos que jamás llegan, para aprender versos que de mi ingenio no podrían salir jamás, para en un futuro recitarlos al oído de alguien. Hoy es un día en los que la imaginación escasea y las ganas de gritar a la nada se disipan junto a mi caligrafía, desgraciadamente ahora digital. Hoy es un día sin amor compartido, sin querer decir esto que me falte cariño. Hoy es el día en el que he descubierto el aroma del esfuerzo, el color del mañana. Hoy escucho una voz quebrada por los años y galardonada por su especial sensibilidad. Hoy me gustaría ser poeta y componer un soneto sobre el amanecer de las almas. Hoy es uno de esos días en los que no entiendes lo que narro. Hoy es uno de esos días en los que me gusta ser yo.

viernes, 6 de enero de 2012

Poetas.


Para los que nos emocionamos con esto. Para el que lo entienda. Para el que haya disfrutado de poesías de Cernuda estando enamorado. Para los que compartieron el idealismo con Alberti. Para los que no encontraron solución a los rompecabezas de Góngora. Para los que no sabemos etiquetar a Quevedo. Para los que descubrimos en Neruda al hombre que era Neftalí Reyes. Para los que todavía sentimos la muerte de Lorca. Para los que Bécquer fue el primer acercamiento a la poesía. Para los que hicieron caso a Machado y caminaron. Para los que se encuentran tras leer a Juan Ramón Jiménez. Para aquellos que respiraron del viento del pueblo creado por Hernández. Para los que soñamos la vida con Calderón. Para el que más de una vez se comportó como Diana, el personaje de Lope. Para los que escuchamos de bocas de nuestras madres a Gloria Fuertes. Para todos aquellos a los que Manrique igualó ante lo irreversible. Para los que tuvimos esperanza tras descubrir a Aleixandre. Para los que nos dormimos con todos los cuentos de León Felipe. Para nosotros que confesamos, sin rubor, que os hemos leído. Para mí, que aún tengo obras vuestras esperando ser abiertas.

martes, 3 de enero de 2012

Después ambos despertaron.

La pregunta generalizada en aquel salón de baile era cómo podía estar aquella joven bailando sin acompañante. Los invitados cuchicheaban sobre los pasos gráciles que hacían a la música más bella si es que eso era posible. Ninguno se atrevió a hablar con ella, a preguntarle el porqué de su soledad entre tantas parejas. Las demás muchachas le dirigían miradas soberbias bajo las cuales no lograban ocultar su admiración. Los músicos interpretaban a Josef Strauss, llegando a pensar más de uno de ellos que aquella mujer debía haber sido sacada de una partitura del siglo XIX y no de un barrio acomodado del XXI. Desde una esquina la misteriosa bailarina era observada por un silencioso hombre de rasgos tan comunes que resultaban indistinguibles. Él era una de esas personas que temen incluso hablar por miedo a confundir palabras, a equivocar gestos. La miraba sonriente, sin más movimiento que el de su pie derecho marcando el ritmo de la melodía. Ella no reparaba en nadie, jugaba con elegancia con la falda de su vestido. Tras uno de sus giros sin principio se sitúo ante él, le tendió la mano y lo sacó a bailar...

domingo, 25 de diciembre de 2011

Don't ever.

Voy a coger un tren a ninguna parte, junto a un hombre sin rostro ni voz, sin sonrisa ni gestos de desagrado...

miércoles, 21 de diciembre de 2011

¿Has sonreído hoy?

Las sonrisas son universales, no entienden de color de piel, de sexo, de carácter ni de edad. Sin embargo las de los niños se caracterizan por presentarse inolvidables, sinceras, más hermosas que a cualquier otra edad. Todos los pequeños ríen, algunos más alto, más sonoro o con más frecuencia que otros, pero todos lo hacen. Sería digno de galardonar el autor que lograra describir la risa de un niño. Lo cierto es que no seré yo esa escritora; al menos no por ahora; aunque tengo una idea de como comenzaría esa descripción, empezaría por contar que ante todo es natural. Natural es un adjetivo que parece revalorizarse con los días en los tiempos que corren, andamos tan ajetreados buscando algo que nos dé un toque de autenticidad que olvidamos que la naturalidad se esconde en los aspectos más cotidianos. Los niños tienen el derecho a reír, a ser felices, a bailar cuando se lo pida el ánimo. Me gustaría felicitar hoy de manera especial a aquellos que a diario fabrican la magia necesaria para crear sonrisas en aquellos rostros que no son como los demás. Pediría que dedicásemos un par de minutos a pensar en las sonrisas de esos niños que no consiguen pronunciar nunca una palabra, en las de los que no podrán leerlas nunca, en las de los que no las oyen.... en la de esas personitas aún por formar que dependen de una silla de ruedas, de un cuidador, que jamás aprenderán a valerse por si mismos. Ellos son los verdaderos niños con sonrisas maravillosas, a ellos deberíamos dedicarles nuestros aplausos alabando el esfuerzo diario que realizan para seguir. Las sonrisas son universales, pero las suyas se diferencian por bonitas.

martes, 20 de diciembre de 2011

L y D.

No sé dónde estoy, ni tampoco a dónde vamos a llegar, a dónde voy a llegar. Tengo ganas... tengo ganas de dormir, de dormir con alguien...
''Te invito a mi cama, a marear mi sábanas, a soñar sobre mi almohada. Quiero compartir contigo mis pesadillas; que los sueños ya nos llegarán solos; para que las acunes y adormezcas, para que cuando, empapada en pánico, me desvele de madrugada puedas abrazarme y decirme que los días se siguen sucediendo. Deseo dormir antes que tú (sobre tu hombro), y levantarme más temprano para despertarte tras el amanecer. Si te vienes, te ofrezco contarte un cuento cada noche, ¡te aviso, no lo terminaré! Como Sherezade lo dejaré a medias para que no tengas más remedio que regresar la noche siguiente a escucharme. Prometo transformarme de madrugada, mostrarte una cara dulce a partir de las doce. Me gustaría que nos conociéramos, que nos amásemos, que fuéramos felices.''
D dobló el papel de nuevo, colocándolo después entre las páginas de aquel viejo diccionario. ¿Quién habría escrito aquello? Trato de imaginar sus facciones, la manera en la que sonreiría y cómo sonaría su tono de voz. No lograba dibujar un rostro nuevo en su mente, la cara de L se colaba entre sus suposiciones. Fantaseó que era ella la que había decorado el papel con sus palabras, que jamás existió otro destinatario que no fuera el mismo. Se miro al espejo, encontrándose con los mismos ojos cansados de cada día y con la sonrisa desteñida desde hacía meses. Huyó de la soledad de su casa y unos minutos más tarde se encontró en la puerta de L, que llevaba un camisón blanco, que tenía los brazos siempre abiertos para él.
-¿Puedo dormir aquí?
-Sí si me das un beso de buenas noches.