Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

martes, 3 de enero de 2012

Después ambos despertaron.

La pregunta generalizada en aquel salón de baile era cómo podía estar aquella joven bailando sin acompañante. Los invitados cuchicheaban sobre los pasos gráciles que hacían a la música más bella si es que eso era posible. Ninguno se atrevió a hablar con ella, a preguntarle el porqué de su soledad entre tantas parejas. Las demás muchachas le dirigían miradas soberbias bajo las cuales no lograban ocultar su admiración. Los músicos interpretaban a Josef Strauss, llegando a pensar más de uno de ellos que aquella mujer debía haber sido sacada de una partitura del siglo XIX y no de un barrio acomodado del XXI. Desde una esquina la misteriosa bailarina era observada por un silencioso hombre de rasgos tan comunes que resultaban indistinguibles. Él era una de esas personas que temen incluso hablar por miedo a confundir palabras, a equivocar gestos. La miraba sonriente, sin más movimiento que el de su pie derecho marcando el ritmo de la melodía. Ella no reparaba en nadie, jugaba con elegancia con la falda de su vestido. Tras uno de sus giros sin principio se sitúo ante él, le tendió la mano y lo sacó a bailar...

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