Fuimos ese lienzo puntillista
sin luz,
abandonado por Camille, falto de verde,
demasiado rápido, insuficiente de brillo.
Éramos una virgen manierista
sin deformar,
una rara avis de la época
con cuya contemplación murió el último humanista.
Habíamos sido un frontón griego
policromado en el XXI,
con centauros y lapitas amándose,
olvidando por qué visten espadas.
Fuimos un grito expresionista
contenido y delicado,
devaluado por la crítica y asonante,
hallado en el desván de ese viejo noruego loco.
Éramos un Caravaggio
ausente de tenebrismo,
una virgen que prefiere bañarse a orillas del Tíber,
que huye del sueño eterno vestida de rojo.
Habíamos sido una rendición de Breda,
sin Velázquez sin lanzas,
sin vencidos ni soldados,
con pinceladas sueltas y color impresionista.
Fuimos, éramos, habíamos sido
la obra de arte más absurda contemplada por nadie,
pintada con óleos sin aceite, en lienzo sin tela,
con el amor de un postromántico sin Parnaso.