Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

martes, 14 de mayo de 2013

"Somos el tiempo que nos queda"

Somos el tiempo que nos falta, ese que nos asfixia al acabar el día (o la noche) el que ha marchado y pelea, Bonald, con el que nos queda. El tiempo que nos falta cuando sentimos la soledad en las carnes y el frío asfixiante fuera. Esos días que abrazamos sin manos ni fuerzas, sólo con la nostalgia desgastada del que teme el porvenir pese a entender que es este más que lo ya llegado. Somos las palabras escuchadas, las críticas recibidas y los labios pesados. Somos las peleas con gritos exuberantes, somos el valor perdido y las mentiras confiadas. Sin embargo, somos también las ilusiones venideras, el amor aún no finalizado, las vidas no entregadas todavía, los dedos que se entrecruzarán, los conocimientos deseados y las sensibilidades insospechadas y las vistas ignoradas y las personalidades ocultas, y el seríamos y el seremos...

Even though our paths will get separated after 83 year.

Vamos a escribir hoy por ti y por la eterna paciencia. Por las sonrisas ante las desesperaciones pasajeras y por las veces mutuas en las que nos hacemos poner los píes en la tierra, que a veces no es algo atroz, sino una manera de sentirnos más completos. Vamos a escribir que la distancia en este caso no separa aunque a veces enfade y desespere y que aunque no soy amiga de los siempre, el tiempo parece estar de nuestra parte. No debería quejarme por mi suerte, hoy y desde hace algunos años te tengo a ti, amigo.

jueves, 9 de mayo de 2013

Si tuviera el valor y la oportunidad de decirte unas palabras que quedaran en ti como broche final de esta nada, serían "sé feliz", las mismas que te habría dicho hace unos años. Quizás no haya cambiado tanto como temía, quizás el beis aunque mate y raído siga algo vivo al fin y al cabo.

Wert-edero de país el nuestro.

 Nos van a robar la filosofía y a meternos como un embudo la química, la física y las matemáticas. Sin tener nada contra ellas, he de gritar que no son más importantes que la filosofía y que esta es, la base de nuestra humanidad, o de lo poco que queda de ella. A esas cabezas deformadas con PPrejuicios no les interesa que un estudiante de quince años sepa quién fue Marx o Nietzsche y aún menos que conozcan a la osada Simone de Beauvoir o a los postmodernistas franceses. Es más fácil adoctrinar a una mente si piensa en aprender leyes de memoria y constituciones que a día de hoy no nos han llevado a ninguna parte que si se dedica a leer qué teorizaron sobre la educación unas personas llamadas Foucault o Said. 

 Nos vemos en un sistema que apoya por encima de todo las ciencias de la salud porque "hay que salvar el cuerpo del hombre", ¿y quién salva su  alma? ¿Quién defenderá el valor de la mujer en esta sociedad imbécil si a nadie le cuentan quien fue Virginia Woolf? ¿Quién defenderá los derechos civiles de cualquier ciudadano sea cual sea su origen si nos imponen una educación privatizada y una sanidad solo apta para los acomodados? España, vas a conseguir echarme. Y no soy yo lo grave, que al fin y al cabo, no es mi mente una brillante que vayas a perder. Pero echarás conmigo a más gente como ese Goya y ese Machado que murieron en Francia, como ese Salinas y ese León Felipe que fueron más queridos en otras patrias que en la suya propia. Esta  vez no se trata de salvarse, ni siquiera de gritar, se trata de que pensemos. De que cada mujer y cada hombre de este país reflexione si lo que quiere para su hijo es un futuro basado en la producción o uno que ofrezca la libertad de escoger si uno desea ser ingeniero, médico, pintor o bohemio. 

 Tenemos el derecho a decidir si queremos descubrir los misterios del universo o los del hombre. Como la primera opción ya está de sobra defendida hoy me pongo de la parte del hombre, de la parte de los que deseamos un cambio y no un retroceso, de los que vamos a clase y salimos con ideas turbadoras de ellas, de los que hoy estamos llorando.

sábado, 4 de mayo de 2013

M.G.

Nunca  miren a los ojos del pasado, los recuerdos no vuelven hermosos como nos parecían sino grotescos y deformados. No le echen un pulso a la memoria en los días en los que los vendedores de espejos hacen buenos negocios en la calle. Y no observen tampoco cómo marcha el futuro con sinuoso desdén. Miren al presente y asúmanlo, pues ni lo sucedido ni lo prometido nos acompaña hoy. Queda esta noche una triste valla de publicidad bajo una noche torpemente estrellada.

domingo, 28 de abril de 2013

El día que lloró.

La habitación olía como si nadie hubiera reído allí desde hacía años, era del color del café que queda en la taza porque se ha enfriado. El diablo estaba llorando en el centro de ella, de pie y con los brazos cruzados, enfadado con él mismo por no haber cumplido la promesa infernal de no caer a emociones humanas. Sin embargo, no dejaba de ser irónico que el primer sentimiento humanizado que experimentaba en su vida fuera precisamente por no sentir más que odio, rencores, por no decir más que ironías y sarcasmos, por no dejarse querer por aquellos ojos rebeldes que juraban sumisión. Lloraba porque le parecía perder la vida al no experimentar nada más allá de esa neutralidad, al no expresar con sus facciones algo más que una sonrisa siempre impasible, hermosa, doliente. Temía aceptar que era preferible llorar por la pérdida de algún valor querido que hacerlo por la incomprensión hacia la tragedia del que sufre. ¿No era la soledad otra abstracción que no debería haber experimentado nunca? ¿Por qué entonces se sentía tan solo sin las súplicas de amor de Marina? Nunca la amó y a pesar de ello la echaba de menos. Quizás fuera la certeza ser sospecharse necesario para alguien, ahora que la mujer no estaba, que no había nada que prohibir ni que controlar, ahora que la había visto ser feliz tras el amor cuando él solo alcanzaba a suspirar de placer, que había oído sus chillos de desesperación ante su sereno semblante, que había saboreado sus heridas con calma, ahora que se sentía inerte, muerto y débil pese a ser él quien era... Ahora lloraba. Ahora, como si nada aparece en sus labios una tierna sonrisa, al comprender que son estas lágrimas el comienzo de su transformación en hombre. 

jueves, 11 de abril de 2013

P y G.

Había deseado crear una obra que reinventase el mito de Pigmalión, ese viejo escultor que se enamoró del mármol. Lo deseo con tanta fuerza y pensó tanto en ello que no logró entender por qué un día la idea desapareció. Desapareció como había desaparecido su amor por un viejo amante y sospechó que quizás como el sentimental Pigmalión se había enamorado de su obra... pero a diferencia de este, ella lo había hecho antes de crearla. Era ilógico haber amado y no haber podido disfrutar ni siquiera el final del cariño, y haber amado una idea, una idea que en algún momento iba a ser materializada y que sin embargo, había quedado arrinconada y marchita como todos los besos que nunca había compartido con el hombre sin rostro que parecía entenderla. La visualización de algo que muere sin haber nacido le parecía insoportable, tan amarga que su alma se negaba a aceptar como real. ¿Sería posible revivir el amor? Escogió algunos restos de imaginación, los colocó ordenados en un papel y comenzó a escribir: "Había deseado crear una obra que reinventase el mito de Pigmalión y como los amores si son verdaderos siempre guardan esa magia que tiene la escultura de la historia al convertirse en mujer, decidí yo no abandonar mi boceto creativo y unir aquí unas frases con otras para intentar construir una escultura de palabras.

sábado, 30 de marzo de 2013

Ignorancia infantil

Dudo si el mejor psiquiatra del mundo hubiera descubierto qué motivo impulsaba los deseos de aquella mujer para pasar los días allí de aquella manera. ¿Cuánto tiempo hace que no me columpio en algún parque? Me asusta responderme a esa pregunta pues supongo que años. He crecido y no me arrepiento, al menos no demasiado; sin embargo, al pasar cada día por ese terreno en el que se levantan construcciones infantiles me visitan dudas sobre si tal vez, la ignorancia más extrema sea la guardiana de la llave de la felicidad. Intuyó que esa mujer me supera bastante en edad y sin embargo, no tengo dudas de que ella no ha crecido, ella continúa columpiándose allí como si los días no se sucedieran para ella, como si no sintiera la prisa asfixiante de la vida llamándola. La mujer no entiende de literatura, supongo que si le enseñara un ejemplar del Ulises me miraría perpleja y lo apartaría con desgana, ¿quién necesita a Joyce para ser feliz? Nosotros, que no entendemos la vida y nos refugiamos en obras que desautomaticen nuestra rutina. Ella no necesita buscar libertad en el arte porque la encuentra allí en ese parque, ajena a la certeza de que el resto del mundo la llama loca y siente lástima por ella. Quién sabe si no sentirá, desde su columpio, ella lástima por nosotros, que nos preocupamos por saber para encontrar un trabajo que nos de dinero, y por tener dicho dinero para obtener bienes de usar y tirar que quedan amontonados y olvidados en poco tiempo. No podría aventurarme a averiguar qué piensa, solo a sentir lo que pienso yo. Cuántos enfermos habrá que sin ser conscientes de su desdicha piensen que los desdichados somos nosotros: los ocupados occidentales que van de un sitio a otro sin saber por qué camino y se asustan al descubrir que no han curado sus deseos infantiles... Cuántos estaremos enfermos aún sin saberlo, cuántas como ella se balancearan en columpios de provincia ajenas a los cuchicheos de almas que se columpian entre absurdas telarañas de convencionalismos...

viernes, 29 de marzo de 2013

Qué bien.

 Qué bien encontrarnos y qué bien sentirme tan contenta que no salgan las palabras, qué bien que quieras jugar a que el tiempo no pasa y que las horas no son más que un pretexto para tenernos controlados. Qué bien volver a creer en la libertad de entregarse a otro cuerpo y en la felicidad que hace bailar a las almas y deja a los cuerpos mirarse inmóviles. Qué bien que exista diferencia, que queden travesuras y regalos. Qué bien que seas tú, qué bien que sea yo.

jueves, 14 de marzo de 2013

Filantropía argumentada.

 Dicen los semiólogos que hemos creado un sistema formado por textos y reglas combinatorias que se llama Literatura. Parece ser que los textos son extrañantes, que lo único que utilizan los buenos literatos son signos opacos y que si la lectura no nos aporta un nuevo punto de vista no es válida, no es literatura, es otra cosa, quizás mero entretenimiento para aburridos y desdichados. No será tan dañino el hombre si al azar reunió significantes que representaran realidades, los ordenó arbitrariamente hasta crear la Gramática para más adelante dibujarla e inventar la Escritura y después, con ella, se dedicó a escribir guiones de obras continuamente vigentes, terriblemente engañosas y terriblemente cercanas al mundo,  que dan a los días luz o sombra según prefiramos y nos acercan a sensaciones que solos quizás nunca hubiésemos descubierto. Gracias, palabras.