La habitación olía como si nadie hubiera reído allí desde hacía años, era del color del café que queda en la taza porque se ha enfriado. El diablo estaba llorando en el centro de ella, de pie y con los brazos cruzados, enfadado con él mismo por no haber cumplido la promesa infernal de no caer a emociones humanas. Sin embargo, no dejaba de ser irónico que el primer sentimiento humanizado que experimentaba en su vida fuera precisamente por no sentir más que odio, rencores, por no decir más que ironías y sarcasmos, por no dejarse querer por aquellos ojos rebeldes que juraban sumisión. Lloraba porque le parecía perder la vida al no experimentar nada más allá de esa neutralidad, al no expresar con sus facciones algo más que una sonrisa siempre impasible, hermosa, doliente. Temía aceptar que era preferible llorar por la pérdida de algún valor querido que hacerlo por la incomprensión hacia la tragedia del que sufre. ¿No era la soledad otra abstracción que no debería haber experimentado nunca? ¿Por qué entonces se sentía tan solo sin las súplicas de amor de Marina? Nunca la amó y a pesar de ello la echaba de menos. Quizás fuera la certeza ser sospecharse necesario para alguien, ahora que la mujer no estaba, que no había nada que prohibir ni que controlar, ahora que la había visto ser feliz tras el amor cuando él solo alcanzaba a suspirar de placer, que había oído sus chillos de desesperación ante su sereno semblante, que había saboreado sus heridas con calma, ahora que se sentía inerte, muerto y débil pese a ser él quien era... Ahora lloraba. Ahora, como si nada aparece en sus labios una tierna sonrisa, al comprender que son estas lágrimas el comienzo de su transformación en hombre.

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