Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

jueves, 11 de abril de 2013

P y G.

Había deseado crear una obra que reinventase el mito de Pigmalión, ese viejo escultor que se enamoró del mármol. Lo deseo con tanta fuerza y pensó tanto en ello que no logró entender por qué un día la idea desapareció. Desapareció como había desaparecido su amor por un viejo amante y sospechó que quizás como el sentimental Pigmalión se había enamorado de su obra... pero a diferencia de este, ella lo había hecho antes de crearla. Era ilógico haber amado y no haber podido disfrutar ni siquiera el final del cariño, y haber amado una idea, una idea que en algún momento iba a ser materializada y que sin embargo, había quedado arrinconada y marchita como todos los besos que nunca había compartido con el hombre sin rostro que parecía entenderla. La visualización de algo que muere sin haber nacido le parecía insoportable, tan amarga que su alma se negaba a aceptar como real. ¿Sería posible revivir el amor? Escogió algunos restos de imaginación, los colocó ordenados en un papel y comenzó a escribir: "Había deseado crear una obra que reinventase el mito de Pigmalión y como los amores si son verdaderos siempre guardan esa magia que tiene la escultura de la historia al convertirse en mujer, decidí yo no abandonar mi boceto creativo y unir aquí unas frases con otras para intentar construir una escultura de palabras.

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