Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

sábado, 30 de marzo de 2013

Ignorancia infantil

Dudo si el mejor psiquiatra del mundo hubiera descubierto qué motivo impulsaba los deseos de aquella mujer para pasar los días allí de aquella manera. ¿Cuánto tiempo hace que no me columpio en algún parque? Me asusta responderme a esa pregunta pues supongo que años. He crecido y no me arrepiento, al menos no demasiado; sin embargo, al pasar cada día por ese terreno en el que se levantan construcciones infantiles me visitan dudas sobre si tal vez, la ignorancia más extrema sea la guardiana de la llave de la felicidad. Intuyó que esa mujer me supera bastante en edad y sin embargo, no tengo dudas de que ella no ha crecido, ella continúa columpiándose allí como si los días no se sucedieran para ella, como si no sintiera la prisa asfixiante de la vida llamándola. La mujer no entiende de literatura, supongo que si le enseñara un ejemplar del Ulises me miraría perpleja y lo apartaría con desgana, ¿quién necesita a Joyce para ser feliz? Nosotros, que no entendemos la vida y nos refugiamos en obras que desautomaticen nuestra rutina. Ella no necesita buscar libertad en el arte porque la encuentra allí en ese parque, ajena a la certeza de que el resto del mundo la llama loca y siente lástima por ella. Quién sabe si no sentirá, desde su columpio, ella lástima por nosotros, que nos preocupamos por saber para encontrar un trabajo que nos de dinero, y por tener dicho dinero para obtener bienes de usar y tirar que quedan amontonados y olvidados en poco tiempo. No podría aventurarme a averiguar qué piensa, solo a sentir lo que pienso yo. Cuántos enfermos habrá que sin ser conscientes de su desdicha piensen que los desdichados somos nosotros: los ocupados occidentales que van de un sitio a otro sin saber por qué camino y se asustan al descubrir que no han curado sus deseos infantiles... Cuántos estaremos enfermos aún sin saberlo, cuántas como ella se balancearan en columpios de provincia ajenas a los cuchicheos de almas que se columpian entre absurdas telarañas de convencionalismos...

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