Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Recordando el Quijote de nuestro tiempo.

 Comenzaron a llenar la habitación, revoloteando por todos lados, iluminando mis pómulos con tonos dorados. Hacían un suave ruidillo al aletear inquietas de un lado para otro, que parecía anunciar la llegada de una primavera que como cada año regresaba amable a llenar de alegría los hogares. Bailaban guiadas por su propia melodía, creando un torbellino soleado en el que resultaba difícil adivinar dónde comenzaba o si tenía final. Hechizada por aquella danza natural que ejecutaban los insectos caí rendida sobre el colchón, respirando agitadamente. Me oí cantar sin ritmo, gritar sin palabras, soñar con la realidad que se presentaba ante mí en forma de mariposas. Su colorido cambiaba las tonalidades de mi habitación. Mi cuerpo desbordaba una felicidad que había olvidado enseñar. Ellas continuaban su exhibición, moviéndose de forma coordinada, mezclándose para crear figuras oníricas. Debido a mi exaltación me costó darme cuenta del lugar del cual se habían escapado todas aquellas mariposas amarillas. Se me antojó que en las diferentes formas de sus alas escondían un mensaje que yo debía descifrar.  Fue suficiente una mirada fugaz a la estantería, que debido a mis invitadas se veía de un color áureo, para darme cuenta de que habían salido de uno de mis libros a dar una vuelta por el mundo de su inventor. ¡Pero yo no era su creadora, y sin embargo, allí estaban, centelleando a plena luz del día, invitándome a querer! Busqué por la casa a la persona que las habría hecho escapar de Macondo, hasta que agotada de danzar por las salas sin encontrar a nadie volví a la habitación que ellas ocupaban. Al regresar para volver a verlas, estas se disponían a partir. Apenada abrí el libro para que volviesen a entrar... ¡Una sorpresa la mía al darme cuenta de que se escapaban por la ventana siguiendo dispersándose por diferentes direcciones! Las mariposas amarillas de Meme y Mauricio Babilonia salieron de la fantasía para anunciar primavera y amores. Afortunados aquellos que las encuentren.


sábado, 10 de marzo de 2012

El secreto deseo de su corazón era...

  A eso de las ocho mi pelo se recogía (aún lo hace) en una coleta alta que no dejaba en mi cara sin maquillar un rasgo que ocultar. ¡Vaya esperpento!, que pensaran algunos. Sin embargo me encontraba como diría un hablante anglosajón contentedly. Me hallaba con la espalda recta en la pared, sentada sobre mi colchón; que ahora se cubre con un edredón algo peculiar y que, todo sea dicho, me encanta. A un lado reposaba un libro antiguo de Goethe, concretamente el que narra las aventuras de Werther y Carlota. Tengo especial cariño a esa historia, ya no solo por la forma exaltada de narrar y describir tan típica de los románticos, sino por la manera en la que el protagonista se muestra ante su enamorada. Carlota es presentada como una muchacha de la que todas deberíamos tomar ejemplo, sosegada, dulce, alegre y con un grado más que aceptable de cultura general. Como es fácil suponer, Werther la adora desde el primer instante y la iguala a la categoría de los ángeles. La obra desencadenó todo un movimiento pasional en Alemania. Enamorados no correspondidos se suicidaron vistiendo un chaqueta azul y un chalequillo amarillo.
  Nada más lejos de lo que sucedería si ese libro fuese publicado en estos tiempos modernos en los que el amor ya no es sacrificado, ni platónico, ni sufrido, ni de difícil alcance. ¿Quién se queda un sábado entre clásicos? También se encontraba sobre mi edredón el diario que ahora guarda mis desventuras o La vie en rose como lo he llamado yo. Lo he releído como otras tantas veces, pues tengo por costumbre demorarme en mis recuerdos. En mis plácidos recuerdos. Mis páginas no se tiñen con la angustia del clásico, al menos ahora no. No obstante, guardan cierto parecido con este libro que compré a un precio de risa y que me venía con añadidos de sus antiguos dueños. Una no puede dejar de identificarse con esas pasiones que incitan a luchar hasta el final. Y no me quiero referir con esto a las necesariamente amorosas, aunque haya pensamientos de Carlota que comparta, sino a las pasiones que mueven nuestros días; ya sea una afición, un sueño oculto o una persona que interrumpió sin avisar en nuestra imperturbable calma. Me gusta pensar que en ocasiones, la literatura logra que nos sintamos comprendidos por autores lejanos a nuestro entorno y época, que en algunos de sus párrafos describen las emociones que nosotros, yo, no sabemos expresar. 

sábado, 3 de marzo de 2012

Recuerdos infantiles.

   Lo que me gustaba de Álvaro era su risa siempre silenciosa y sus maneras vergonzosas de contestar a mi desparpajo. Conocí a ese chiquillo; siempre tuve la manía de denominarlo así pese a que era un año mayor que yo; un verano de infancia. Su madre y mamá habían sido viejas amigas de universidad, que tras lustros se habían encontrado y como si el tiempo nunca hubiera pasado para ellas habían retomado su relación por donde la dejaron al graduarse. Álvaro venía con frecuencia a visitarnos, sus padres venían con él a la hora del café y a veces no se marchaban hasta después de la hora del whisky. Lo recuerdo como un niño tímido, al que me gustaba confundir con juegos de palabras inventados por mi intelecto de nueve o diez años. Durante nuestra niñez sospeché que sentía una fuerte antipatía hacia mi persona debido a mi tono elevado y chillón y a mis risitas de niña traviesa que él no entendía. Le gustaba hacer figuritas de papel; detalle que me enamoraría años más tarde. Construía caballitos y flores de colores que después regalaba a su madre o a mamá. A mí jamás me dio ninguna, hecho que siendo yo una muchachita pizpireta, me consumía y me incitaba a ponerlo nervioso cuando trataba de concentrarse en los diseños que haría con folios de colores. A pesar de mi incansable manía por estorbarle, Álvaro jamás me dirigió una mala mirada o pronunció una sola queja, era educado, era bueno.
    No me alcanza la memoria para precisar cuando dejaron de venir a observarnos sus ojos sinceros y suplicantes. Hubo unos meses en los que solo venía su madre, al parecer su matrimonio se rompía y ella no podía reconstruirlo sola. Lloraba, lo recuerdo porque solía quedarme escondida escuchando las conversaciones que tenían mamá y papá después de que se marchara. Sin embargo, los caprichos del destino no quisieron que la última impresión que Álvaro tuviera de mi fuera la de chiquilla repipi. Una navidad lo reconocí entre el gentío de unos grandes almacenes de Callao. Me había marchado a estudiar a Madrid, y según supe más tarde él también. Había superado en cierto modo su timidez, hablaba con una precisión léxica que me sorprendió y su tono era calmado, exento de excesiva entonación. Sonriendo me comentó que mi ridiculez había menguado, pero que mi expresión seguía siendo la de una niña perspicaz y traviesa. Lo invité a un valor. Hablamos durante toda la tarde sentados en una mesita de la chocolatería de la calle de San Martín. Después de ese día no hubo semana en la que no nos viéramos, hablábamos sobre asuntos banales que a nosotros nos parecían muy trascendentes, y de esa forma, juntos, éramos felices. Un día de mayo, me invitó a su ático en La Latina. Recuerdo que esa noche nos quisimos más fuerte que de costumbre. Él me dijo que se había enamorado. Yo por mi parte, lo entretuve con juegos de palabras, como cuando era niña, lo llamé chiquillo y me quedé con él. Lo que me gusta de Álvaro es que ahora sí me regala flores de papel, sigue riendo de forma silenciosa y algunos sábados me sorprende con entradas de teatro clásico.


lunes, 27 de febrero de 2012

While you’re busy making plans.

Hace tiempo que me pregunto si es posible desgastar un recuerdo. Si llega un punto en el que lo hemo revivido tanto que terminamos por cambiar completamente lo que nos ocurrió. Deseo con todas mis fuerzas que algún día sea posible ver nuestras memorias como una película, para rebobinanar hasta las mejores, pausarlas y poder examinar y disfrutar cada mínimo detalle.

Me emociona esto... y encima cuando se viste de novia canta en latín. Chapeau!

domingo, 26 de febrero de 2012

Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.

Hace un par de días me encontré de nuevo con las obras completas del poeta chileno Neftalí Reyes. Leí su Coloquio maravillado, en el que Pelleas y Melisanda hablan dulcemente del inicio de su amor. Ojeé además algunas poesías de Canto General. Me recreé en las que dirige a Alberti, a Hernández y finalmente en la que desde el título parece dirigirse al lector: Tú lucharás. Este libro es a mi inexperto criterio de los mejores de su obra, no ya solo por la forma; que es en si misma una lección para aquellos que deseen aprender a escribir versos; sino por el fuerte llamamiento al inconformismo ante el mundo y a la esperanza que encierran sus palabras.
Sin embargo, no pude resistirme a recitar antes de cerrar el tomo algunos de sus  Veinte poemas de amor, esos que escribió con apenas veinte años y que se convirtieron en las estrofas más vendidas de la poesía hispana. Se esconden en ellos frases que han sido repetidas hasta la saciedad en infinitud de libros de texto, en miles de cartas de amor desesperado, en revistas de toda índole o en películas románticas. Personalmente la cita que más me gusta de entre todas es aquella con la que finaliza el poema catorce: ''Quiero hacer contigo // lo que la primavera hace con los cerezos.'' ¿Qué otra cosa puede desear un enamorado? ¿Qué mejor metáfora para expresar un amor que pelea por culminar? La primavera hace florecer a los cerezos. Es fácil imaginar a una mujer floreciendo también; radiante, viva, desterrando la melancolía invernal para embellecer con su presencia los meses primaverales. Me resulta gratificante pensar en un hombre que anhele ser el causante de un milagro como es el de decorar el mundo con flores nuevas. Pablo Neruda lo deseó; afortunada su amante,  y afortunados en menor medida nosotros, que de vez en cuando entre sus páginas podemos soñar con sentirnos ella, imaginando que algún enamorado nos hará florecer. 

jueves, 23 de febrero de 2012

A veces más que a un libro, se necesita a alguien que te lo explique.

En un principio estas palabras estaban pensadas para expresar ideas ilustradas sobre filosofía. Sin embargo, al dejar pasar unas horas y reflexionar sobre ellas, una se da cuenta de que mejor que repetir las frases que otro ha dicho, es quizás resaltar su figura. No he conocido las ideas de Rousseau leyendo el Contrato Social; que aún sigue en mi estantería esperando ser abierto. Tampoco aprendí a resolver ecuaciones por capacidad propia para jugar con los números. Incluso a leer me enseñaron aquellos que con el paso de los días parecen convertirse en meros medios para la consecución de un fin (o quizás no sea un fin, quizás sea simplemente otro medio superior). Hablo de los profesores, docentes, maestros... Como se prefiera llamarlos.
Es cierto que no todos merecen ser tratados con la admiración que tiñe estas palabras, pues no es sistemático que por tener esta profesión se sea profesional. No obstante, mejor que criticar a los que no lo hicieron del todo bien, alabar a los que si lo hacen. Concretamente me gustaría reconocer el trabajo de aquellos que con clases alejadas del estricto temario; más en segundo, que ya se sabe: todos agobiados; dejan fluir sus pensamientos en forma de lecciones que nos invitan a querer saber más. Recuerdo a algunas profesoras de matemáticas que me mostraron la forma sencilla de hacer operaciones complejas, y que pese a ser yo alguien amante de las letras, lograron que aún hoy eche mucho de menos pasar horas con una calculadora en mano. Me viene también a la memoria la primera clase de ''Filosofía'', que por entonces se llamaba Ciudadanía y tenía por objetivo convertirnos en personas cívicas. El profesor sembró dudas e interés en mi mundo adolescente, a veces una total incomprensión hacia la realidad y otras simplemente me sacó una sonrisa sincera. ¿Y cómo no hablar de la mujer que me mostró la cara amable y también la más amarga de la  Lengua y la Literatura? La que con sus sarcasmos realistas y su sonrisa irónica escondida bajo palabras elocuentes impulsó a este espíritu perdido a las letras. Después de haber sido su alumna, una pensaba que no habría más profesores como ella, que el cambio iba a suponer la pérdida de estimulación. Nada más alejado de lo que ocurriría después, cuando entró, recién llegada como yo, una persona con rostro amable que elogiaba a Tostói. Fue entonces cuando aprendí que no hay porque tener miedo a equivocarse, y que solo se necesita a alguien que te diga que serás muy buena en lo que más te gusta hacer para sacar lo mejor de ti. Estos meses también descubrí que no por carecer de exaltación alguien valora menos el Arte, y que a veces a la más seria se le escapa comentar que la vida es maravillosa cuando ''Vas a la Columnata de San Pedro al anochecer y cenas en el Trastevere.'' Por último, que ya me excedo, debo hacer mención del que ha plantado el granito para que estas ideas se ordenasen y fueran escritas hoy aquí. Es ese señor alto, que viste siempre con camisa y jersey, el que pasa lista cambiando los acentos y me sugiere leer a Unamuno...


lunes, 20 de febrero de 2012

''Existimos mientras alguien nos recuerda.''

  Los recuerdos al fin y al cabo son más fantasía que realidad, más de cosecha propia que de mera objetividad del momento. ¿Dónde está el pasado del que nadie habla? Se esfuma a medida que el presente se queda atrás... ¿y tantas vidas barridas por el tiempo? ¿y tanto tiempo incomprendido por el hombre? ¿y tantos hombres olvidados? ¿y tanto olvido rescatado? Me intriga el presente, pues no es más que un escalón intermedio entre el futuro prometido que nunca llega y el pasado transformado que se nos antoja mejor. Carpe Diem, quam minimum credula postero, escribió Horacio. El mañana es incierto, ¿pero no lo es también el ayer? No podría asegurar cuales fueron mis palabras exactas al escuchar frases que quise recordar, ni la emoción que sentí ante diferentes circunstancias que en mayor o menor medida cambiaron mi persona. Es por eso por lo que el ser humano inventó la escritura o la pintura, y más adelante la fotografía, el cine. No soportamos la idea de quedarnos sin historias al mirar atrás. Algunos dicen que escriben para gustar, otros para desasosegar, otro más incoherentes que por amor al arte... La verdad es que todos lo hacen porque temen al olvido, porque; como todo el género humano; están sedientos de inmortalidad... Yo escribo para recordar. García Márquez afirmó alguna vez que quien no tiene memoria se hace una de papel. Es posible. En el papel, en las palabras, cabe la vida de un pobre hombre madrileño, las historias de musas, los cuentos de estirpes condenadas y las memorias de un pobre autor enamorado. Me gusta escribir porque las letras no te obligan a contar la verdad, te dejan añadir epítetos, detalles inventados, metáforas que poco tienen que ver con la realidad. La Literatura permite hiperbolizar lo hiperbólico, satirizar sin motivo, inventar lo real y hacer real lo inventado. ¿Quién podría negar que la fama de Hamlet, príncipe de Dinamarca, es mayor que la de cualquier rey contemporáneo? Los recuerdos desaparecen para nosotros, pobres almas torpes y orgullosas en busca de una gloria que nunca llega. Sin embargo, la imaginación esquiva al olvido, recorre los siglos sin que nadie pueda frenarla, crea héroes que forman parte de la historia de la humanidad.


miércoles, 15 de febrero de 2012

Remember when we used to talk all night, we didn't get much sleep.

Nunca lo dije, nunca os lo digo de hecho. No está ligado a mi personalidad decir ''te quiero'' si no es a un amante. No sé daros abrazos fuertes a diario, ni de escribir nuestras historias. Sin embargo, a veces lo único que necesito es la certeza de que puedo coger el teléfono y llamar a alguno de vosotros para que calme mi llanto. Hoy me he querido acordar de los amigos, ya veis que sin formas bellas ni palabras profundas. Es porque veo la amistad como la virtud más sencilla que posee el ser humano, siendo posible resumirla en la cotidiana frase: ''hoy por ti, mañana por mí''. Aunque si debe ser hoy por ti, y mañana de nuevo por ti, no será un dato importante. Me basta con encontraros algunos días y hablar como si el tiempo no pasase y las distancias tampoco. Hoy va por vosotros, por los que me hacéis llorar de risa y los que me hacéis enmudecer de emoción, por los que reís con mi risa y por los que a esta misma risa les provoca exasperación cuando no sabe parar. Y voy cerrando esto, pues no es una maravilla literaria y con las palabras voy sonando más y más infantil. Solo quería dejar una pequeña constancia hoy de que pese a no veros a diario me acuerdo de vosotros y de vosotras, me permito el feminismo léxico aquí. Me ahorro el ''os quiero'' del final, guardarme un abrazo para el próximo encuentro a cambio.


Talking, laught and planning out our lifes, and who we'll going to be.

lunes, 13 de febrero de 2012

Sabiendo que cuando se acabe la magia vas a estar con una mujer como yo.

Las camaradas Arlettes se dejan querer por niños buenos y después se juegan el tipo por almas deshechas ni siquiera agraciadas por la fisonomía. Las camaradas Arlettes son ese tipo de mujeres fuertes en apariencia, capaces de entender en que momento ceder y en cual tirar. Son niñas malas en el fondo dulces, que mueren por una noche de amor tierno pese a nunca pedirla. Las camaradas Arlettes no son excesivamente guapas, más bien resultonas, se dejan influir por cualquier comentario liviano, con mayor desesperación si es masculino, con más dolor si es femenino. Son dependientes de un amigo, no saben salvarse pese a haber buscado la salvación y utilizan el determinismo como excusa ante sus pecados. Las camaradas Arlettes se enamoran de lo insólito, de lo insospechado, se vuelcan en lo extraño y después se observan desesperadas surgir de la mediocridad. Las mujeres de este tipo buscan exaltar el tópico de la donna angelicatta por partida doble, siendo ángeles y amando a ángeles. Las camaradas Arlettes tienen pavor a ser remplazadas, temen más que a nada que los niños buenos o malos las olviden, desean que les compongan poesías y retratar a sus amantes. Las camaradas Arlettes nunca terminan bien, tratan sin éxito de sustituir su espíritu, de quemar sus pensamientos, de ahorrarse lágrimas, de reír menos. Solo necesitan que las quieran bien, que alguien las espere en cualquier rincón para darles un abrazo, oír que a algún alma le haría feliz pasar la vida con ellas. En realidad lo que les pasa a las camaradas Arlettes es que fingen la complicación, siendo en realidad mujeres sencillas, ávidas de romances que leen en clásicos que nunca escribirán. Las camaradas Arlettes son graciosas y sirven para entretener. Si alguna vez te cruzaste con una de ellas o la ignoraste o la amaste un ratito chico, pues nadie quiere eternamente a las pobres camaradas Arlettes, nadie las llama a diario ni se preocupa por sus manías, nadie las escoge para casarse con ellas.
Sé que no me preguntaste por ellas, sino por mí, pero supongo que con esto entenderás cómo soy: una de ellas. Una de esas camaradas perdidas por el mundo, que a veces tanto y otras tan poco cuesta reconocer.

sábado, 11 de febrero de 2012

¿Los hemos perdido?

  Si alguien entendido en modernidad y con una buena capacidad para redactar sus pensamientos anda por ahí, me gustaría que me explicase en que momento se hizo un objeto pasional un pearcing en lugar de una liga; porque sinceramente y con perdón por aquellos, aquellas (en fin) que los tengan, en mi no levanta ningún tipo de pasión. Yo defiendo el juego que daba la liga, el elegirla si eres ella, el encontrarla si eres él. Si algún hombre está leyendo esto me haría un favor si me explicara porqué un escote en un cuerpo por formar resulta más sexy que una abertura minúscula en algún lugar insospechado lucida por un cuerpo de más de quince años, pues siempre he oído aquello de: ''mejor insinuar que enseñar''. No entiendo tampoco el motivo por el cual la ordinariez consigue más que la educación, el sexo más que el amor y el alcohol más que la constancia. Me sorprende la facilidad de cualquiera para hablar con otro cualquiera, en cualquier lugar, sobre temas que debieran ser íntimos, me indignan las burlas no sugerentes sino obscenas que gobiernan los medios y el auge de cierta ''literatura'', suponiendo que sea posible catalogar a esos panfletos adolescentes como tal. Personalmente me resulta más emocionante descubrir lunares e inventar un cuento para cada uno de ellos, que ver tatuajes repetidos hasta el aburrimiento. No adivino el motivo por el cual se ha perdido el gusto por el detalle, por la seducción sin prisas, por el intercambio de miradas tímidas. Se ha olvidado la magia de echarse la fragancia personal en los talones y tras las orejas, y ¿puede alguien argumentar por qué un gran porcentaje de ''hombres'' utilizan el mismo desodorante como colonia? Atrás quedaron los vestidos largos rasgados en un lateral, las citas premeditadas con días de antelación. Los enamorados ya no aprenden poesías para recitarlas en un susurro de amor, las cartas firmadas con pintalabios parecen una reliquia vintage.


  Ningún hombre apuesta ya por jugar a ser un dandy... romanticón, que me gusta decir a mí.