Lo que me gustaba de Álvaro era su risa siempre silenciosa y sus maneras vergonzosas de contestar a mi desparpajo. Conocí a ese chiquillo; siempre tuve la manía de denominarlo así pese a que era un año mayor que yo; un verano de infancia. Su madre y mamá habían sido viejas amigas de universidad, que tras lustros se habían encontrado y como si el tiempo nunca hubiera pasado para ellas habían retomado su relación por donde la dejaron al graduarse. Álvaro venía con frecuencia a visitarnos, sus padres venían con él a la hora del café y a veces no se marchaban hasta después de la hora del whisky. Lo recuerdo como un niño tímido, al que me gustaba confundir con juegos de palabras inventados por mi intelecto de nueve o diez años. Durante nuestra niñez sospeché que sentía una fuerte antipatía hacia mi persona debido a mi tono elevado y chillón y a mis risitas de niña traviesa que él no entendía. Le gustaba hacer figuritas de papel; detalle que me enamoraría años más tarde. Construía caballitos y flores de colores que después regalaba a su madre o a mamá. A mí jamás me dio ninguna, hecho que siendo yo una muchachita pizpireta, me consumía y me incitaba a ponerlo nervioso cuando trataba de concentrarse en los diseños que haría con folios de colores. A pesar de mi incansable manía por estorbarle, Álvaro jamás me dirigió una mala mirada o pronunció una sola queja, era educado, era bueno.
No me alcanza la memoria para precisar cuando dejaron de venir a observarnos sus ojos sinceros y suplicantes. Hubo unos meses en los que solo venía su madre, al parecer su matrimonio se rompía y ella no podía reconstruirlo sola. Lloraba, lo recuerdo porque solía quedarme escondida escuchando las conversaciones que tenían mamá y papá después de que se marchara. Sin embargo, los caprichos del destino no quisieron que la última impresión que Álvaro tuviera de mi fuera la de chiquilla repipi. Una navidad lo reconocí entre el gentío de unos grandes almacenes de Callao. Me había marchado a estudiar a Madrid, y según supe más tarde él también. Había superado en cierto modo su timidez, hablaba con una precisión léxica que me sorprendió y su tono era calmado, exento de excesiva entonación. Sonriendo me comentó que mi ridiculez había menguado, pero que mi expresión seguía siendo la de una niña perspicaz y traviesa. Lo invité a un valor. Hablamos durante toda la tarde sentados en una mesita de la chocolatería de la calle de San Martín. Después de ese día no hubo semana en la que no nos viéramos, hablábamos sobre asuntos banales que a nosotros nos parecían muy trascendentes, y de esa forma, juntos, éramos felices. Un día de mayo, me invitó a su ático en La Latina. Recuerdo que esa noche nos quisimos más fuerte que de costumbre. Él me dijo que se había enamorado. Yo por mi parte, lo entretuve con juegos de palabras, como cuando era niña, lo llamé chiquillo y me quedé con él. Lo que me gusta de Álvaro es que ahora sí me regala flores de papel, sigue riendo de forma silenciosa y algunos sábados me sorprende con entradas de teatro clásico.

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