A eso de las ocho mi pelo se recogía (aún lo hace) en una coleta alta que no dejaba en mi cara sin maquillar un rasgo que ocultar. ¡Vaya esperpento!, que pensaran algunos. Sin embargo me encontraba como diría un hablante anglosajón contentedly. Me hallaba con la espalda recta en la pared, sentada sobre mi colchón; que ahora se cubre con un edredón algo peculiar y que, todo sea dicho, me encanta. A un lado reposaba un libro antiguo de Goethe, concretamente el que narra las aventuras de Werther y Carlota. Tengo especial cariño a esa historia, ya no solo por la forma exaltada de narrar y describir tan típica de los románticos, sino por la manera en la que el protagonista se muestra ante su enamorada. Carlota es presentada como una muchacha de la que todas deberíamos tomar ejemplo, sosegada, dulce, alegre y con un grado más que aceptable de cultura general. Como es fácil suponer, Werther la adora desde el primer instante y la iguala a la categoría de los ángeles. La obra desencadenó todo un movimiento pasional en Alemania. Enamorados no correspondidos se suicidaron vistiendo un chaqueta azul y un chalequillo amarillo.
Nada más lejos de lo que sucedería si ese libro fuese publicado en estos tiempos modernos en los que el amor ya no es sacrificado, ni platónico, ni sufrido, ni de difícil alcance. ¿Quién se queda un sábado entre clásicos? También se encontraba sobre mi edredón el diario que ahora guarda mis desventuras o La vie en rose como lo he llamado yo. Lo he releído como otras tantas veces, pues tengo por costumbre demorarme en mis recuerdos. En mis plácidos recuerdos. Mis páginas no se tiñen con la angustia del clásico, al menos ahora no. No obstante, guardan cierto parecido con este libro que compré a un precio de risa y que me venía con añadidos de sus antiguos dueños. Una no puede dejar de identificarse con esas pasiones que incitan a luchar hasta el final. Y no me quiero referir con esto a las necesariamente amorosas, aunque haya pensamientos de Carlota que comparta, sino a las pasiones que mueven nuestros días; ya sea una afición, un sueño oculto o una persona que interrumpió sin avisar en nuestra imperturbable calma. Me gusta pensar que en ocasiones, la literatura logra que nos sintamos comprendidos por autores lejanos a nuestro entorno y época, que en algunos de sus párrafos describen las emociones que nosotros, yo, no sabemos expresar.








