La fingida libertad se ahoga con estos primeros días de contacto con lo más temido, que no es otra cosa sino el frío que viene a recordar los adverbios, los sonidos, las conjunciones copulativas y las abstracciones. Que no es otra cosa que su reflejo ante el espejo que le han vendido en las calles de los castillos donde estaban aquellos fingidos futuros. Que a su vez no son más que letras, gemidos y suciedad disfrazada de innovación y carisma. Carisma de esa que siempre le había faltado ante grandes multitudes, la misma que se le desborda ante un alma desprotegida. ¿Cómo no sentirse desprotegida cuando no hay más sostén que arbotantes y pináculos beis? ¿Alguien sin amor fue capaz alguna vez de plantarle cara a la miseria de las noches? Quizás con enormes armaduras de rabia y chulería que duplican la capacidad de odio que soporta ese cuerpo picassiano, que se retuerce taciturno en la inmerisón de su vida. Huye de sí y parece que la juventud es más cariñosa con la Venus que escasamente fue, dejarse llevar, experimentar y encontrarse. En algún alma habrá de encontrarse, en algún libro, en alguna composición rusa de cuyo número no quiero acordarme...
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