Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.
sábado, 19 de noviembre de 2011
'Cause I don't belong to anyone, Nobody belongs to me
Alguien como él, introvertido hasta límites dañinos y tan sensible que eran más las noches en las que se le humedecía la cara debido a alguna película, que las que descansaba sin perturbaciones, no podía dejar de sentirse amedrantado ante la variedad de posibilidades que huían subidas a tacones o sobre zapatillas ante él. ''¿Dónde esta la que es para mí?'' se preguntaba entre notas de música clásica que solo él podía oír, ''¿Cabría la posibilidad de que la haya visto muchas veces antes y nunca me haya fijado en ella? ¡Claro que sí! ¿Cuántos habrá que hayan visto sin mirar al amor de su vida hasta que cierto día la casualidad hace que se conozcan?'' Nunca le había faltado una compañía femenina en las noches de excesos, ni tampoco en las épocas de mayor soledad y necesidad, sin embargo le preocupaba el hecho de no haber querido hasta la obsesión a ninguna de ellas. Nunca trató mal a ninguna mujer, incluso alguna más afortunada que las demás llegó a recibir ciertos regalos y mimos especiales, no obstante ninguna de ellas había conseguido que fuera a su puerta con un paquete envuelto con un gran lazo y las palabras más escuchadas en la historia dispuestas a salir de sus labios. El hecho de no haberse enamorado atormentaba a su carácter sensatamente romántico, ¿de qué le servía haber visto diez veces ''El cartero'' si no entendía el sentimiento loco que invita a escribir poesía amorosa? ¿qué sentido tenían los versos de Petrarca con los que tanto disfrutaba si nunca había tenido la oportunidad de recitárselos a un cuerpo desnudo en ropa y mentiras tendido a su lado? Como tantas otras veces se encontró acunando a la soledad entre sus brazos, la lluvia le calaba no solo el jersey de lana roja sino también el pequeño hueco en el que guardaba el optimismo. No había estrellas aquella noche cubierta por nubes de tormenta e iluminada a ratos por rayos que parecían gobernar el cielo. La plaza estaba desierta, miró el reloj, las doce, el tiempo seguía transcurriendo, él seguía sin parar las manecillas. Nadie lo esperaba en casa salvo su colección de obras de arte de artistas de barrio, no obstante era hora de volver, deseaba dormir para despertar al día siguiente con una nueva esperanza de encontrarla, de buscar a la persona que por fin lograra darle forma a sus minutos...
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