Una mancha alegre de personas bailaban al son de esa melodía, las parejas se hacían carantoñas, la chica daba vueltas al rededor de su amante; los amigos se sonreían haciendo muecas, bailaban con ritmo, huyendo de vergüenzas; las jóvenes movían las caderas, sacudían el pelo con gracia y competían por ser la mas vistosa de entre ellas; los niños correteaban de una esquina a otra lanzándose agua en forma de globos, las niñas meneaban sus falditas con volantes riendo las gracias a su entendimiento que decía la letra de la música y a su vez los jóvenes buscaban las miradas furtivas que si había suerte recibían de una muchacha bonita y graciosamente divertida.
La noche estaba espléndida, alejados de la ciudad y de su temible contaminación lumínica podían disfrutar de las estrellas que miraban atentas los movimientos de sus bailes. La Luna se asomaba tímida ante las modestas luces que cercaban la pista de baile, y si en ese momento hubiéramos tenido que hacer una comparación con ella diríamos que se asemejaba a la sonrisa imperturbable del gato de Cheshire.
La alegría era el sentimiento que jugaba con las penas al escondite y sacudía las almas de la gente, sacando felicidades de donde no habían aparecido hace meses. Todos disfrutaban esos momentos estivales, el verano lo inundaba todo, la amistad se hacía mas intensa, el amor se acercaba peligrosamente al para siempre, y los sueños volaban cerquita de la tierra en forma de canciones divertidas que olían a grandes y nuevas esperanzas.

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