Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Sillón C.

La historia de mi vida no es otra sino esa que tú conoces mejor que yo. La componen esos dos sueños de los que ya nunca hablo y esas esperanzas que se transforman en recuerdos. Es el cuento que cada noche te relato antes de dormir, ese al que le añado fantasías y realidades que te invito a tratar de separar. La historia de mi vida es esta en la que apareces tú, y él y cientos de personas que se saludan por mis pensamientos de forma desordenada y extravagante. Es otra narración más que solo desearía escuchar un enamorado de mis palabras y de esos hace mucho que no quedan. Sin embargo, la historia de mi vida sigue aquí, luchando contra mis razones para ser escrita. Argumenta que necesita crecer, salir, liberarse y continuarse. Es cierto, las vidas no cesan pese a que lo hagan las palabras, mi alma no mina su tensión vital del mismo modo que mis líneas reducen su interés. La historia de mi vida está descompensada, pero sigue siendo mía y llora ante dos sueños que tú, querido amigo, me has recordado. Te debo un favor, otro más, la historia de mi vida si alguna vez es historia en papel, se acordará de ti. Hoy no tengo más que una letra C en potencia, recuerdos de ilusiones y ganas de colorearlo todo con palabras.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Sin contradicción no vivo.

   Helena hubiera gritado con fuerza si en aquel momento el hombre sin nombre no hubiera estado mirándola con la serenidad que tanto le caracterizada. Si aquel hombre hubiera tenido un poco más de valentía en su mirada, le hubiera agarrado del pelo temblando de ira y le hubiera escupido palabras lúcidas y dañinas hasta quedarse sin aire, todas seguidas, sin pararse a respirar entre ellas. Sin embargo, forzó una sonrisa y se marchó cerrando la puerta con cuidado sin articular una sola sílaba. Bajó las estrechas escaleras del edificio viejo en el que habían vivido juntos pensando en todos los gemidos de dolor que reprimía a lo largo del día y la forma tan hipócrita en la que los expulsaba cuando pasaba la noche acompañada. 

   Al salir a la calle se le pasó por la mente la idea de que por primera vez en su vida entendía a Pollock y necesitaba arrojar pintura a un lienzo sin arte ni talento, como cualquier homínido lo haría, por el puro placer de liberar su alma salvaje mientras alternaba en su equipo rock y música barroca. Necesitó en ese instante, que podría ser cualquiera, de cualquier época del año, reflejar en un cuadro que era posible experimentar en una misma emoción el sentirse mediocre y terriblemente especial. Helena deseaba llorarle a un desconocido su falta de talento y reír con otro contándole sus ideas en potencia. Quería expandirse y saber más de filosofía y saber más de química y menos de odios y amores. No obstante, anhelaba dirigirse al presidente del mundo -fuera quién fuera- para tratar de argumentarle por qué sería más feliz si dejase de dirigir al planeta y dirigiera a una persona que también lo dirigiera a él. 
Por las venas de Helena corría la contradicción más salvaje, esa que atormentó a Max Estrella y Augusto Pérez, a Don Quijote y a Emma Bovaly, a Hamlet y a Segismundo; esa que de una manera u otra conducía a preguntas a las que tal vez hubiera sido mejor no llegar nunca. Preguntas que recorrían el alma como tenas que comen las entrañas de sus víctimas sin avisar. 

   Le pesaba el cuerpo como si de súbito se hubiera vuelto anciana y las elucubraciones bullían incansables en su espíritu. Helena no era Helena, era una duda superlativa dentro de un mar de historias que paseaban por Callao, sumergida y hundida entre seres aparentemente similares a ella y sin embargo reflejados como antítesis exageradas aquel día. En los últimos pasos antes de arrojarse a la deshumanizada autopista de Gran Vía, Helena odió al hombre sin nombre con toda su alma y también lo amó como no lo había hecho nunca, quiso morir en sus brazos y culparlo de su desdicha en un último beso. Helena odió al mundo, odió las grandes ciudades y las personas cerradas, odió los coches todo-terreno y a las modelos anoréxicas que anunciaban un ideal de belleza tétrica. En el suspiro final, cuando la rodeaban cuerpos multicolores y luces grises, cuando un conductor pálido y tembloroso trataba de tomarle el pulso; Helena amó, amó al universo, a las casas de piedra y a los áticos de las metrópolis, amó las sonrisas desconocidas que jamás se vuelven a ver y amó Las tres gracias de Rubens y el Canto al Amor de Benlliure. Helena se arrepintió de su atrevimiento y amó la vida. Disfrutó de aquella última visión de belleza con más humanidad de la que nunca había experimentado antes. Tanta que no lo aguantó, tanta que murió sonriendo.


sábado, 15 de diciembre de 2012

Mi poca lucidez era toda tuya, y ahora podría escribirte todo aquello que aún me queda por contar, pero la sociedad no me deja, pero no me dejas, pero no me dejo.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Los domingos te solías jurar que cambiarías de vida.

Empezaría a fumar a eso de los trece años, solo, sin compañía y quién sabe si por curiosidad o por precoz deseo de un vicio adulto. Hablaba lo justo y con eso muchas veces significaba más que todo lo que decían otros más parlanchines. Su sonrisa era tan sarcástica que aquellos que la mirábamos teníamos tendencia a avergonzarnos, a reírnos o a perdernos pensando qué quería decir. Las ideas que defendían eran abiertamente progresistas, sin embargo, nunca lo vi mover un dedo para luchar por ellas. Tenía algo de ese Baroja desencantado, un poco del Cela más irónico y si se me permite decirlo, tenía tanto de ese tal Joaquín Sabina que si hubieran coincidido en generación y espacio tal vez hubieran compuesto una canción juntos.  Descubrí observándolo que no es necesario tocar la guitarra para ser un rockero ni tener un cuerpo de escándalo para enamorar a cualquier dama. Intuyo que tuvo a varias tras él, pese a que jamás tuve oportunidad de comprobarlo, pues aunque su espíritu era libre y criticaba alto al amor, huía de hacer alarde de sus pasiones innobles, secretas, efímeras. Era de esas personas que cuando se enamoran se enfadan tanto que no vuelven a ver a su amada. Le gustaba la poesía marginal y la novela tremendista. Odiaba a los toros y a las niñas pijas, odiaba las leyes, las normas y la rutina. A menudo solía sentirme orgullosa de que me considerase su amiga y creo que no fui la única: su desaliñada compañía y su discurso lúcido unido inseparablemente a bocanadas de humo fueron un regalo cuando quise huir del mundo. "Los consejos están bien, pero nadie les hace caso", comentaba, "Es tu vida, vívela como tu quieras". Me invitaba siempre a cigarros cuando charlábamos sobre lo absurdo de la perfección y solíamos bromear sobre la pareja tan peculiar que haríamos. Lo cierto es que ahora que visito sus bares lo echo de menos, ahora que escucho la Fuga, que no tengo normas para nada, ahora me apetece saludarlo e invitarle a un litro, o a dos, pedirle a cambio un cigarrillo y contarle pamplinas para que me solucione mis dudas diciendo "tú decides" mientras hace un gesto enigmáticamente triste.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Galarina.

   El nombre de Gala lleva desde mediados del siglo XX, una connotación maravillosa en su significado que es la de musa. Para mí no sólo es la de inspiradora a poetas y pintores, sino también la de enamorada. La mujer anduvo primero casada con cierto poeta simbolista, y en realidad, no es ese el romance que a mí me impresiona. Gala fue el amor de Salvador, de Salvador Dalí. Se quisieron con un amor tan excéntrico que en cierta entrevista a la vejez el artista proclamaba que en el momento en el que la gente comenzaba a descubrir el divorcio, él quería volver a casarse con su esposa Gala. Ella "lo había salvado de la locura y de la muerte temprana". Gala, con sus once años de ventaja, cuidó a Salvador no sólo como una esposa cuida a su marido, sino también como una madre cuida a su hijo adolescente o a su niño en el jardín de infancia. Dalí, con sus peculiaridades y su estrafalaria visión del mundo siempre fue más infante que la mayoría de los adultos que lo rodearon. Me imagino a la mujer, mirándolo con ternura, sintiéndose agradecida por haber decidido en su momento abandonar un matrimonio con descendencia a cambio de amar una locura tan dulce y horrible como la del pintor. Cuentan también que fue la única mujer con la que Salvador hizo el amor, pero no estoy segura de dónde empieza el mito en esta historia. Sin embargo, únicamente imaginarlo ya hace que quiera llorar de emoción. Pensar en que él levantó la piel del mar Mediterráneo para enseñarle el nacimiento de Venus, o que se imaginó que ambos compartían las mismas nubes en la cabeza, me traslada a la sospecha de un amor que no puede más que encontrarse, si hay suerte, una vez en la vida, una en la eternidad. Dalí elevó a Gala a la categoría de Leda, y la retrató en tantas situaciones y tan sugerente siempre, que aunque la mujer no fuera la más bella, si fue la más atractiva. Gala supo muy bien cuidar de Salvador, aguantarle en sus crisis, en sus comportamientos más cuestionables, supo verlo llorar, frustrarse y tocar lo más alto. Gala entendió que no hay límites mayores que los impuestos por uno mismo para el amor. 

   Yo pienso que cada uno tenemos un Dalí (o una Gala) por ahí, esperando ser cuidado y completado, deseando saludarnos y cogernos de la mano. Alguien que acabe nuestras palabras y refleje con las suyas nuestros pensamientos; alma gemela, lo llaman algunos. Nunca dejen escapar a su Dalí o posiblemente se arrepientan, tengan paciencia y piensen que los genios son como niños y que lo más bonito es siempre difícil de entender. Cuídenlo, aménlo, hagánle el amor con mucha fuerza y espérenlo hasta el fin de sus días.


domingo, 18 de noviembre de 2012

Por verte sonreír.

<< Eras la dulce niña que nunca hablaba de hacer el amor, que se ruborizaba al besarme. Me acuerdo de que después de dejarme sin respiración fruncías el ceño como si ni siquiera me hubieses rozado los labios. Tú, que siempre decías que el amor es un secreto entre los enamorados y que la pasión se esfuma, pero que el cariño permanece. ¿Qué te ha pasado Lucía? ¿Por qué ahora me abrazas como nunca más fuésemos a encontrarnos? ¿Por qué ya nunca dices "te amo" y me miras como si no pudieses esperar para investigar por mi cuerpo por segunda vez? ¿Has crecido Lucía? Te miro para encontrarme con tus manos siempre amables y no me dejas tiempo para la contemplación, me agarras y enredas mi pelo con tus dedos afilados aunque todavía dulces. Lucía, déjame decirte una vez más que te quiero, empiezo a notar que voy a perderte. No me abandones antes del mediodía, ríe sin sarcasmo, quiéreme, pero quiéreme como antes, como cuando no había otro lugar en el mundo mejor que el campo al anochecer bajo la noche estrellada. Lucía, di que me echarás de menos, que sigues persiguiendo la eternidad como única meta en la vida...>>
<<Julien, ¿cómo no sonreír ante tus súplicas de amor? Soy la misma, la pizpireta Lucía a la que le daba pánico enamorarse y se refugiaba en ti ante cualquier contratiempo de la casualidad. ¿Sabes qué ha cambiado? Que ya no importa reconocerle al mundo que te quiero, no necesito hacerme la digna, quiero hacerte el amor sin tener que disimular, sin que seas tú el único causante de los suspiros sobre la almohada... o sobre la hierba. He decidido devolverle a mi alma la felicidad que se le escapa cada noche cuando no estás. Después de tantas madrugadas escuchando cómo duele la distancia y las risas alejadas, anhelo quererte rápido, fugaz, como si fueras a irte mañana y no volvieses jamás, como si otras fueran a robarte y otros a robarme a mí. Sin embargo, ¿quieres que te diga que en los días más solitarios sueño con una eternidad construida entre los dos? Lo hago. ¿Quieres escuchar "te quiero"? Te quiero.>>


jueves, 15 de noviembre de 2012

La delgada linea roja.

Lo que yo podría haber dado por amor, pero ya era tarde, mi corazón había muerto lentamente. Mi alma fue desprendiéndose de mi cuerpo con cada grito. Nuestras sonrisas nunca eran compartidas ya, se nos escapaba el amor y no sabíamos que hacer para remediarlo. Si al menos sólo se nos escapara el amor hacia el otro... pero sospeché que el enamoramiento como tal, murió con la parte de mi inconsciente que besaba al tuyo. Tal vez quien nunca se enamoró no lo supiese, pero el alma no aguantaría más de un par de veces enamorada y luego abandonada, acabaría sucia y sin vida, sin esperanzas que regalar ni partes hermosas que enseñar. ¡Lo que yo podría haber dado...! Incluso vida, y no hay nada más bonito que eso. Pero ya era tarde. Pero ya es tarde.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Días beige.

El cielo hubiera estado más azul aquella mañana si hubiera habido alguien con quien salir a dibujarlo. El baile de las hojas en otoño anunciaba una jornada de gorros y bufandas, de cafés negros y sonrisas derretidas bajo el suave sol de noviembre. Las heroínas de nuestro tiempo estaban en sus hogares mirando la vida a través de cristales, veían pasar pies por la calzada, rostros con la nariz roja por el frío y al tiempo. Se sorprendían por el sigilo con el que este pasa. Cerrando los ojos, pensando en el ayer, se asombraban también por los diferentes giros que éste decide dar a la vida. Algunas habían soñado con ser científicas y estudiaban ahora a Shakespeare por errores de algún despistado. Otras aprendían de la sociedad con la ínfima esperanza de cambiar el mundo, o si no al menos, de entenderlo mejor. Las había que se refugiaban en el cuerpo perdido de un amor y estábamos también las que nos sentíamos a la vez vacías y muy completas, libres e irremediablemente atadas. Éramos las fantasiosas, las que nos debatíamos entre llorar o reír. Nuestras esperanzas nos rodeaban sutiles como pompas de jabón. Eran bellas, se encontraban a punto de romperse. Nosotras no nos imaginábamos revolviendo la historia, ni dejando huella; viajábamos a paraísos en los que nunca habíamos estado sin salir de nuestras habitaciones y ansiabamos que un valiente caballero se jugara el tipo por nosotras. Fuimos las eternas enamoradas, las eternas crías, las mujeres mitad princesa, mitad Emma Bovary (aunque, ¿no era ella también una princesa de espíritu?). Salíamos al balcón a esperar las aventuras, escribíamos palabras para suplir los besos que no dábamos, amábamos para aguantar mejor todas las realidades grises que nos hacían decaer.

I wanna lay you down in a bed of roses.


La frente, las pestañas, la naricilla, los pómulos, las orejas rojitas, la sonrisa abierta, los labios, el ápice de la lengua,  la inocencia.

La barbilla, el bocado de Adán, el cuello, la clavícula, los hombros firmes, el cariño.

El pecho, los brazos extendidos, los antebrazos, la palma de las manos semicerradas, las uñas, la confianza.

La barriga tersa, el ombligo, la pelvis joven, los muslos, el vello, el sexo palpitante, la pasión.

Las rodillas temblorosas, los gemelos, las pantorrillas, los tobillos fríos, el empeine del pie derecho, los dedos uno a uno, el amor.

Tú.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Pequeño, peludo y suave.

Los días tristes nunca lo son del todo si no dejamos que lo sean. Se tornan grises, grises como el acero. Como el acero de Platero, el que describía Juan Ramón como Acero y plata de luna, al mismo tiempo. Plata de luna es lo que le pido a mi soledad, que ilumine el alma para transformarla en gris perla, que acabe con la niebla y las nubes del invierno. Plata de luna contra los desengaños y para los éxitos. Se habla mucho del valor del oro, brillante, soleado, poderoso, típicamente ganador. Hoy pido que no olvidemos esta plata grisácea y tímida de la luna que precisamente por tener un resplandor más apagado y tímido resulta más especial cuando nos alumbra.