El nombre de Gala lleva desde mediados del siglo XX, una connotación maravillosa en su significado que es la de musa. Para mí no sólo es la de inspiradora a poetas y pintores, sino también la de enamorada. La mujer anduvo primero casada con cierto poeta simbolista, y en realidad, no es ese el romance que a mí me impresiona. Gala fue el amor de Salvador, de Salvador Dalí. Se quisieron con un amor tan excéntrico que en cierta entrevista a la vejez el artista proclamaba que en el momento en el que la gente comenzaba a descubrir el divorcio, él quería volver a casarse con su esposa Gala. Ella "lo había salvado de la locura y de la muerte temprana". Gala, con sus once años de ventaja, cuidó a Salvador no sólo como una esposa cuida a su marido, sino también como una madre cuida a su hijo adolescente o a su niño en el jardín de infancia. Dalí, con sus peculiaridades y su estrafalaria visión del mundo siempre fue más infante que la mayoría de los adultos que lo rodearon. Me imagino a la mujer, mirándolo con ternura, sintiéndose agradecida por haber decidido en su momento abandonar un matrimonio con descendencia a cambio de amar una locura tan dulce y horrible como la del pintor. Cuentan también que fue la única mujer con la que Salvador hizo el amor, pero no estoy segura de dónde empieza el mito en esta historia. Sin embargo, únicamente imaginarlo ya hace que quiera llorar de emoción. Pensar en que él levantó la piel del mar Mediterráneo para enseñarle el nacimiento de Venus, o que se imaginó que ambos compartían las mismas nubes en la cabeza, me traslada a la sospecha de un amor que no puede más que encontrarse, si hay suerte, una vez en la vida, una en la eternidad. Dalí elevó a Gala a la categoría de Leda, y la retrató en tantas situaciones y tan sugerente siempre, que aunque la mujer no fuera la más bella, si fue la más atractiva. Gala supo muy bien cuidar de Salvador, aguantarle en sus crisis, en sus comportamientos más cuestionables, supo verlo llorar, frustrarse y tocar lo más alto. Gala entendió que no hay límites mayores que los impuestos por uno mismo para el amor.
Yo pienso que cada uno tenemos un Dalí (o una Gala) por ahí, esperando ser cuidado y completado, deseando saludarnos y cogernos de la mano. Alguien que acabe nuestras palabras y refleje con las suyas nuestros pensamientos; alma gemela, lo llaman algunos. Nunca dejen escapar a su Dalí o posiblemente se arrepientan, tengan paciencia y piensen que los genios son como niños y que lo más bonito es siempre difícil de entender. Cuídenlo, aménlo, hagánle el amor con mucha fuerza y espérenlo hasta el fin de sus días.

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