Cuando los corazones compartidos no están ni siquiera en retratos colgados de una pared raquítica y sangrada por el tiempo, descubrimos en qué engaño habíamos estado durante el intervalo que duró la adolescencia. No nos parece ya atroz el destruirnos, ni siquiera nos duele y con lo que queda de la hecatombe, a veces incluso sonreímos. Sin embargo, aún respiramos como aire recién traído del paraíso los sentimientos que narran algunos fabuladores de ingenio aventajado. Las abstracciones siguen siendo la salvación para los que dimos la espalda a la suerte y al buen gusto amatorios. Son las ruinas de la civilización perdida que un día habitamos y con ello, sobrevivimos la memoria del desengaño y en ello, sellamos la esperanza de un hado nuevo e inhabitado.
Cuando las razones y sus sueños producen monstruos, decidimos que no es regla inquebrantable romper con los malditos, así como no lo es adorarlos. Besamos derritiéndonos, marchitos, cansados, infectados de realidad. A pesar de todo, somos felices. Cuando ilusoriamente salimos de la caverna, descubrimos el sol de Röcken, el azul parisino y nos abrazamos a la vida.
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