Dicen que una fiera malherida es más poderosa que una sana debido a la rabia que la atraviesa. Se me ocurre empezar con esto porque así me siento hoy: dolida y enrabietada con el panorama ppolítico de esta España cada día más vieja, tahúr, zaragatera y triste. Sin embargo, hoy más que nunca tengo ganas de embarcarme en la aventura de la docencia. Ante estas nuevas leyes desoladoras que quieren imponer quisiera ser profesora para contar en clase a los jóvenes que Dios murió, que el autor murió y que la vida no es más que una red compleja de polisistemas compitiendo ferozmente por el poder. Quiero ser profesora para hacerles reflexionar sobre cómo sin ser conscientes los viejos prejuicios machistas y racistas siguen dominándolo todo y cómo la Iglesia buena, austera y terriblemente perspicaz aunque terriblemente desfasada y degradante a su vez, domina un gran sector de la educación que debería ser pública. Quiero ser profesora para sugerir que se lea a Baroja y a Unamuno, José Hierro, a Ángel Gónzalez, a Alberti y a Gil de Biedma, pero también para invitar a escribir los versos que salgan de las almas en formación. Para hacer concursos de greguerías y enseñar a jugar con las palabras y para escuchar en clase composiciones cantadas por Serrat. También para explicar a quién le interese cómo el discurso nos delata y cómo hacer que este nos deje en buen lugar. Para plantear cuestiones como qué sería de un matemático o un físico si no tuviera un lenguaje más allá del numérico con el que comunicarse. O sobre cómo sería el mundo si un tal Gutenberg no hubiera inventado algo llamado imprenta. En resumen y evitando ponerme pesada y sentimental, quiero aventurarme a trabajar con cuerpos llenos de esperanza para al menos morir con la certeza de que intenté hacer algo para que esta miseria moral no se repita en las futuras generaciones.
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