Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

domingo, 17 de abril de 2011

Una palabra, un mundo.

Cabizbajas, asfixiadas en un espacio infinito, miedosas, resentidas, compitiendo unas con otras sin mas ética o moral que aquella que les permitiera ganar un día mas sin ser olvidadas. Habitando los escondrijos mas oscuros de conciencias anónimas próximas al fin. En momentos puntuales creyendo volver al auge donde en siglos dorados u oscuros, pensaron encontrarse. Sucias, sepias como un recuerdo borroso que muere con su fabricante. Sollozantes, maltrechas, dotando de cierto brillo los labios de aquel que tuviera la gracia de liberarlas.  Rodeadas de esqueletos al borde de la transparencia de otras mas desafortunadas. Meditabundas de una línea a otra, rezando por un milagro imposible a criterio de cualquiera. Y una tras otra caen cansadas, marchitas, llorando por la mediocridad de la época que ahora sufren, memorando periodos en los cuales fueron amadas. ¡Dejadme sufrir junto a vosotras!, las que he conocido y las que me quedan por rescatar, no deseo vuestra extinción. Debéis confiar en alguna sorpresa rebosante de creatividad y sensibilidad lo suficientemente capaz de volver a hacer vida con vosotras. Cuando menos pensáis algún alma curiosa abre esa obra maestra que guarda todos vuestros eternos y hermosos secretos, y por unos instantes de pacífica felicidad bebe de vuestra esencia, siente vuestro significado. Somos escasos vuestros amantes, tal vez por nosotros tenéis que guerrear contra un futuro que deja herida a la cultura y se alimenta de tecnicismos y pragmáticos e inútiles inventos. Palabras arcaicas, lenguaje poético, lenguas asesinadas por occidentales prepotentes sedientos de mandato, resistid. Por mi, por los intrépidos que deseen aprender de vosotras.


Existen siete mil lenguas en el mundo, cada quince días una desaparece. Cuando una lengua muere, muere con ella una forma de entender el mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario