Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.
lunes, 11 de octubre de 2010
Amamos como fantasmas.
Sigilosas sombras que sin rostro y con la energía guardada bajo una sencilla sonrisa pasean por las calles de una de las muchas y monótonas ciudades del mundo. Paseos grises, verdes, marrones siempre iguales, y a la vez cada día distintos. Fantasmas que se van escondiendo de las almas que aún están vivas. Es extrañamente cómico que los que se suponen muertos se beban los días con mas esperanzas y vitalidad que el resto. Fantasmas que se quieren, y no pueden amar a nadie mas, están fuera de su alcance. Un beso invisible en aquel primer lugar donde nos sinceramos, un abrazo para beber hasta el mas escondido sentimiento del otro. Respira mi aire, quédame sin respiración. Dime que ascenderás hasta el mundo al que perteneces y me dejarás entre los árboles llorones y las aguas silenciosas que grabaron nuestras escenas mas prohibidas. Empújame hasta que caiga en un montón de recuerdos felices, hazme llorar toda la noche entre tus sábanas. Ven, grita a susurros que no tenemos nada que hacer, que quieres cometer errores cada segundo peores que los que un día cometimos. Secuestra la parte de mis ideales mas racional y oblígame a dormir contigo esta noche. Ata mis miedos con las cuerdas que cuelgan de los tuyos. Háblame del tiempo que nos queda, y del que se nos a ido. Da vueltas en mi cabeza el día que menos necesite tu sombra. Asfíxiame entre tus sábanas, absorbe mi voluntad, elévate junto a mi hasta el cielo. Retáme a caer desde lo mas alto y tírate del precipicio junto a mi. Somos fantasmas, eternos fantasmas, ahora no podemos morir. ¿Dispuestos a escaparnos de los prejuicios y del mundo en general? Agárrame muy fuerte y guíame hasta el fin del mundo. Ven conmigo al país de las maravillas. No necesitaremos más. El único que me hizo llegar hasta él.
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