Como un músico juega con las cuerdas de la guitarra o con las del arpa, con las teclas de un piano o con las del órgano, con baquetas o arcos, con corcheas y redondas, un hablante -no necesariamente filólogo o escritor- juega, irremediablemente con las palabras. A veces, las cuida y las peina en el discurso, las viste elegantes con adjetivos larguísimos y coloridos; otras las pone del revés, las desgasta o las come. A algunas, se les tiene manía -y es que "paloma" o "sobaco" son para mí realmente feas- pero a otras se les tiene especial cariño.
Solía decir que mi palabra favorita era "leucocito", la redondez de sus grafemas y la forma graciosa con la que se articula me parece rítmica y cromática, contenía en ella la <c>, que siempre fue mi letra predilecta, y su poco uso me resultaba divertido. Sin embargo, hay algo en ella que falla y no es otra cosa que su referente, que su significado, y aunque intenté obviar esta parte, a final una comprende que palabras sin significado no son más que sonidos amontonados.
Por ello, fueron pasando los meses y las asignaturas de literatura y los análisis morfológicos y los días de rosam y rosas. Pasaron recuerdos y desengaños -que son más importantes-, pasaron poemas y ensayos y la vida dejó de ser para ser otra cosa, otra vida, un pasado permanente. Pasaron tantas felicidades y tantos dramas hermosos que deseché "leucocito" y confirmé que mi palabra favorita era "nostalgia", que no tiene tanta sonoridad, ni tanta gracia en su pronunciación, pero que a cambio regala con su pensamiento alegrías pasadas, tardes de baile y noches inundadas de lágrimas de felicidad. "Nostalgia", regreso y dolor, para mí, memoria y vida.
