Que el humo nos robe la vida
que tu actividad ahogue la depresión
y mientras, para lo que nos apetezca,
vamos a vivir.
En el bullicio de la adolescencia estas noches de insomnio y soledad eran una bendición para mis esbozos de palabras, que entre bostezos hacían de un problema una pequeña distracción nocturna. Fueron especiales porque eran únicas, no se repetían una tras otra, no empeoraron sino que en el ocaso de la madrugada resucitaba la alegría. Resultaban inspiradoras al igual que ahora resultan asfixiantes y difusas porque tú me querías, porque yo te quería, porque merecía la pena pedir disculpar y regalar perdones. Porque el amor era incongruente pero mutuo, porque creía en ti.
El mundo sigue ardiendo, nadie viene a recomponerlo, a devolverle su alegría natural. Ahora sólo se quema a través de mi alma.