Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

martes, 5 de febrero de 2013

And accept it that soon you'll be drenched to the bone.

  Con la elegancia con la que las mejores damas huyen, se marchó la esperanza. La vida no era ya para nosotros un lugar en el que los jóvenes perseguían sueños, sino una lucha continúa por ser algo que ni siquiera deseábamos de verdad. Alguien vino y nos robó las palabras y las fuerzas, y ese alguien pudimos ser nosotros mismos, cansados de pelear en balde contra un determinismo que parecía aplastarnos cada día con más fuerza y menos tacto. Estudiábamos aquello que siempre quisimos y sin embargo, qué insulso sabía, qué poco gratificante. Amábamos a lo que nos tocaba amar, a cuerpos y almas que prometían ser eternos durante los meses que pasearan por nuestra vida. Los tiempos estaban cambiando, la música no nos hacía bailar ni cantar sino escribir o tumbarnos y llorar a una almohada tantas veces gastada para el cariño que no guardaba ya nada de especial. La amistad nos parecía una función biológica más, al igual que la familia y la propia realización personal. Otros vinieron a hacernos sombra sin preguntar, a apoderarse del terreno que una vez ocupamos con nuestras ilusiones. El mejor domina a los mediocres gritó la sociedad que nos asfixiaba con su incultura de masas y su corrupción de almas y cuerpos. Paseábamos entre personas putrefactas por el dinero y las ideologías mal argumentadas. No teníamos nada, me pregunto siquiera si nos teníamos el uno al otro, si aún quedaba algo de humanidad cada vez que de madrugada dormíamos juntos refugiándonos del frío abrasador de la ciudad. Los tiempos estaban cambiando, sí. Sin embargo, cuando me abrazabas y susurrabas 'te quiero' parecía que el mundo seguía como en esos años en los que tú y yo corríamos riendo sin preocuparnos de nada por las avenidas que amanecían por primavera. Se me antojaba en esos minutos que quizás, qué locos éramos, los tiempos no estuvieran cambiando para nuestro intercambio de miradas siempre vivo, leal, chispeante, infantil.

lunes, 28 de enero de 2013

"Miseria o la felicidad más grande"

 Desde una retrospectiva algo exagerada pudiera llegarse a pensar que no hay vida sin drama, que el mundo tal y como lo conocemos no existiría sin las lágrimas menos deseadas cuando la rutina parece sonreír. La tragedia es condición humana como lo es lo hilarante, el pathos  no es un elemento únicamente helenístico o barroco, sino que se encuentra implícito en todas las almas con tensión vital suficiente como para ser humanas. Desconfiaría del que dice que amó algo que no le causo daño alguno, que entregó toda su esperanza a algo o alguien que jamás lo contrarió. Nos atrae lo trágico, los sentimientos inexplicables, los amores imposibles, las lágrimas confundidas por ilusiones fugaces y los cuerpos misteriosos de miradas impenetrables. Nos quejamos del dolor pero tal vez lo necesitemos para sentir la mucha o poca humanidad que nos queda. Sin él no seríamos más que lienzos en blanco, pues el sufrimiento los raya y pinta con fuerza, como líneas de abstracción lírica que ordenan consciencias y construyen personalidades. El dolor enseña a vivir, nos bendice como los obispos a las iglesias; decía Luis Rosales. Por la desesperación supimos de la felicidad, por la alegría supimos del sufrimiento y con esta afirmación la ironía del universo parece incluso hacer daño. ¿Qué sería de mí o de ti si los años hubieran pasado por nosotros como meses de colores?,¿si nadie hubiera contribuido a rompernos el corazón? No seríamos más que esculturas hieráticas con vida, personas satisfechas de esas que tanto pavor me producen, no podríamos entender por qué Anna se arroja a la vía del tren o por qué Larra al pensar el mundo como un espejismo sinsentido decidió abandonarlo. Nos quejamos demasiado del drama, y sin embargo ¿hay algo más personal, más único y que nos haga sentir más reales que el 'adiós' doloroso después de noches risueñas con amores eternos?

sábado, 5 de enero de 2013

Con café.

 ¿En qué momento de mi vida decidí que prefería ser observadora a observada? No puedo recordarlo y eso es quizás lo peor de todo, pues posiblemente se tratase de un proceso de degradación del que una ni siquiera puede ser consciente. Tan triste como escribir en primera persona una realidad, o como no saber imaginar más allá de lo que se ve tras los cristales de la patria nuestra. Dejar de ser un sueño por volverse parte prescindible del sueño de otros. ¿Y dónde está el amor? ¿No será quizás un sentimiento que le teme más que a nada a la soledad y busca ansioso cuerpos en los que refugiarse para no morir en cada noche estrellada? Parece que cuanto más sufre uno por él, menos sabe y más defraudado y enfurruñado con él se siente. Si es tan común como cuentan los escritores y muestran los directores de cine, ¿entonces por qué nos sorprenden tanto sus novelas y sus películas? ¿y si es tan común no pasaría a ser poco valorado, feo, rutinario? No, no puede ser común y por eso no puede ser vivido por todos los que dicen conocerlo. Quizás sea otro de los grandes postulados humanos para no sentirnos la ínfima parte del universo que en realidad somos, quizás nos reunamos con otros para hacernos creer que para alguien sí somos importantes y somos no una gran parte del mundo, sino el mundo entero. El amor parece egoísta, egoísta y hermoso a la vez, irreal si se teoriza y terrenal cuando se practica. ¡Una podría enloquecer si se dedicara a estudiar el amor! ¿En qué momento decidí escribir sobre esto? ¿En qué momento se murieron las palabras? ¿Cuándo te aclararás, amor? Creo que tengo la respuesta, no se puede pensar en el amor porque no es más que contracción, es una antítesis de esas que tanto me gustan como enfrentar las flores a la nieve o el beso de un niño a un anciano. No vivo sin contradicción, no vivo sin amor.

Este presente es el pasado que en un futuro se nos antojará mejor.

  Pasando páginas y charlando sobre las maravillas impresas que en ellas había, grandes obras maestras bien capturadas que lograban captar la atención del que pasara las yemas de los dedos por las hojas del grueso libro. Explicando de qué estilo y de qué país provenía cada creación y en silencio observando el brillo de la mirada de unos ojos que adoran lo que ven, sintiendo un alma que no halla mejor vida que la que vive. Envidiaba en cierto sentido el coraje que envolvía cada palabra y sin embargo le apenaba no entender la esperanza que estas connotaban. Amando unos pensamientos que se escapaban de su entender y que no entendían lo que deseaban. Soñaban sueños reales y se preguntaba él, y se preguntaban ambos qué quería decir exactamente cuando una rosa se cuela entre las pesadillas y un rostro despreciado entre las noches más dulces. 
  Recordando aquello de que todo tiempo pasado fue mejor y sonriendo sin gracia. Tratando de adivinar qué pasaba por su cabeza cuando leía aquel libro de Arte enorme, buscándolo de nuevo, abriéndolo esta vez sin compañía. Disfrutando la mitad, pues las victorias y las ilusiones, es por todos sabido, que saben mejor si son compartidas.

Any fool can see that it's nothing new, I need you.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Sillón C.

La historia de mi vida no es otra sino esa que tú conoces mejor que yo. La componen esos dos sueños de los que ya nunca hablo y esas esperanzas que se transforman en recuerdos. Es el cuento que cada noche te relato antes de dormir, ese al que le añado fantasías y realidades que te invito a tratar de separar. La historia de mi vida es esta en la que apareces tú, y él y cientos de personas que se saludan por mis pensamientos de forma desordenada y extravagante. Es otra narración más que solo desearía escuchar un enamorado de mis palabras y de esos hace mucho que no quedan. Sin embargo, la historia de mi vida sigue aquí, luchando contra mis razones para ser escrita. Argumenta que necesita crecer, salir, liberarse y continuarse. Es cierto, las vidas no cesan pese a que lo hagan las palabras, mi alma no mina su tensión vital del mismo modo que mis líneas reducen su interés. La historia de mi vida está descompensada, pero sigue siendo mía y llora ante dos sueños que tú, querido amigo, me has recordado. Te debo un favor, otro más, la historia de mi vida si alguna vez es historia en papel, se acordará de ti. Hoy no tengo más que una letra C en potencia, recuerdos de ilusiones y ganas de colorearlo todo con palabras.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Sin contradicción no vivo.

   Helena hubiera gritado con fuerza si en aquel momento el hombre sin nombre no hubiera estado mirándola con la serenidad que tanto le caracterizada. Si aquel hombre hubiera tenido un poco más de valentía en su mirada, le hubiera agarrado del pelo temblando de ira y le hubiera escupido palabras lúcidas y dañinas hasta quedarse sin aire, todas seguidas, sin pararse a respirar entre ellas. Sin embargo, forzó una sonrisa y se marchó cerrando la puerta con cuidado sin articular una sola sílaba. Bajó las estrechas escaleras del edificio viejo en el que habían vivido juntos pensando en todos los gemidos de dolor que reprimía a lo largo del día y la forma tan hipócrita en la que los expulsaba cuando pasaba la noche acompañada. 

   Al salir a la calle se le pasó por la mente la idea de que por primera vez en su vida entendía a Pollock y necesitaba arrojar pintura a un lienzo sin arte ni talento, como cualquier homínido lo haría, por el puro placer de liberar su alma salvaje mientras alternaba en su equipo rock y música barroca. Necesitó en ese instante, que podría ser cualquiera, de cualquier época del año, reflejar en un cuadro que era posible experimentar en una misma emoción el sentirse mediocre y terriblemente especial. Helena deseaba llorarle a un desconocido su falta de talento y reír con otro contándole sus ideas en potencia. Quería expandirse y saber más de filosofía y saber más de química y menos de odios y amores. No obstante, anhelaba dirigirse al presidente del mundo -fuera quién fuera- para tratar de argumentarle por qué sería más feliz si dejase de dirigir al planeta y dirigiera a una persona que también lo dirigiera a él. 
Por las venas de Helena corría la contradicción más salvaje, esa que atormentó a Max Estrella y Augusto Pérez, a Don Quijote y a Emma Bovaly, a Hamlet y a Segismundo; esa que de una manera u otra conducía a preguntas a las que tal vez hubiera sido mejor no llegar nunca. Preguntas que recorrían el alma como tenas que comen las entrañas de sus víctimas sin avisar. 

   Le pesaba el cuerpo como si de súbito se hubiera vuelto anciana y las elucubraciones bullían incansables en su espíritu. Helena no era Helena, era una duda superlativa dentro de un mar de historias que paseaban por Callao, sumergida y hundida entre seres aparentemente similares a ella y sin embargo reflejados como antítesis exageradas aquel día. En los últimos pasos antes de arrojarse a la deshumanizada autopista de Gran Vía, Helena odió al hombre sin nombre con toda su alma y también lo amó como no lo había hecho nunca, quiso morir en sus brazos y culparlo de su desdicha en un último beso. Helena odió al mundo, odió las grandes ciudades y las personas cerradas, odió los coches todo-terreno y a las modelos anoréxicas que anunciaban un ideal de belleza tétrica. En el suspiro final, cuando la rodeaban cuerpos multicolores y luces grises, cuando un conductor pálido y tembloroso trataba de tomarle el pulso; Helena amó, amó al universo, a las casas de piedra y a los áticos de las metrópolis, amó las sonrisas desconocidas que jamás se vuelven a ver y amó Las tres gracias de Rubens y el Canto al Amor de Benlliure. Helena se arrepintió de su atrevimiento y amó la vida. Disfrutó de aquella última visión de belleza con más humanidad de la que nunca había experimentado antes. Tanta que no lo aguantó, tanta que murió sonriendo.


sábado, 15 de diciembre de 2012

Mi poca lucidez era toda tuya, y ahora podría escribirte todo aquello que aún me queda por contar, pero la sociedad no me deja, pero no me dejas, pero no me dejo.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Los domingos te solías jurar que cambiarías de vida.

Empezaría a fumar a eso de los trece años, solo, sin compañía y quién sabe si por curiosidad o por precoz deseo de un vicio adulto. Hablaba lo justo y con eso muchas veces significaba más que todo lo que decían otros más parlanchines. Su sonrisa era tan sarcástica que aquellos que la mirábamos teníamos tendencia a avergonzarnos, a reírnos o a perdernos pensando qué quería decir. Las ideas que defendían eran abiertamente progresistas, sin embargo, nunca lo vi mover un dedo para luchar por ellas. Tenía algo de ese Baroja desencantado, un poco del Cela más irónico y si se me permite decirlo, tenía tanto de ese tal Joaquín Sabina que si hubieran coincidido en generación y espacio tal vez hubieran compuesto una canción juntos.  Descubrí observándolo que no es necesario tocar la guitarra para ser un rockero ni tener un cuerpo de escándalo para enamorar a cualquier dama. Intuyo que tuvo a varias tras él, pese a que jamás tuve oportunidad de comprobarlo, pues aunque su espíritu era libre y criticaba alto al amor, huía de hacer alarde de sus pasiones innobles, secretas, efímeras. Era de esas personas que cuando se enamoran se enfadan tanto que no vuelven a ver a su amada. Le gustaba la poesía marginal y la novela tremendista. Odiaba a los toros y a las niñas pijas, odiaba las leyes, las normas y la rutina. A menudo solía sentirme orgullosa de que me considerase su amiga y creo que no fui la única: su desaliñada compañía y su discurso lúcido unido inseparablemente a bocanadas de humo fueron un regalo cuando quise huir del mundo. "Los consejos están bien, pero nadie les hace caso", comentaba, "Es tu vida, vívela como tu quieras". Me invitaba siempre a cigarros cuando charlábamos sobre lo absurdo de la perfección y solíamos bromear sobre la pareja tan peculiar que haríamos. Lo cierto es que ahora que visito sus bares lo echo de menos, ahora que escucho la Fuga, que no tengo normas para nada, ahora me apetece saludarlo e invitarle a un litro, o a dos, pedirle a cambio un cigarrillo y contarle pamplinas para que me solucione mis dudas diciendo "tú decides" mientras hace un gesto enigmáticamente triste.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Galarina.

   El nombre de Gala lleva desde mediados del siglo XX, una connotación maravillosa en su significado que es la de musa. Para mí no sólo es la de inspiradora a poetas y pintores, sino también la de enamorada. La mujer anduvo primero casada con cierto poeta simbolista, y en realidad, no es ese el romance que a mí me impresiona. Gala fue el amor de Salvador, de Salvador Dalí. Se quisieron con un amor tan excéntrico que en cierta entrevista a la vejez el artista proclamaba que en el momento en el que la gente comenzaba a descubrir el divorcio, él quería volver a casarse con su esposa Gala. Ella "lo había salvado de la locura y de la muerte temprana". Gala, con sus once años de ventaja, cuidó a Salvador no sólo como una esposa cuida a su marido, sino también como una madre cuida a su hijo adolescente o a su niño en el jardín de infancia. Dalí, con sus peculiaridades y su estrafalaria visión del mundo siempre fue más infante que la mayoría de los adultos que lo rodearon. Me imagino a la mujer, mirándolo con ternura, sintiéndose agradecida por haber decidido en su momento abandonar un matrimonio con descendencia a cambio de amar una locura tan dulce y horrible como la del pintor. Cuentan también que fue la única mujer con la que Salvador hizo el amor, pero no estoy segura de dónde empieza el mito en esta historia. Sin embargo, únicamente imaginarlo ya hace que quiera llorar de emoción. Pensar en que él levantó la piel del mar Mediterráneo para enseñarle el nacimiento de Venus, o que se imaginó que ambos compartían las mismas nubes en la cabeza, me traslada a la sospecha de un amor que no puede más que encontrarse, si hay suerte, una vez en la vida, una en la eternidad. Dalí elevó a Gala a la categoría de Leda, y la retrató en tantas situaciones y tan sugerente siempre, que aunque la mujer no fuera la más bella, si fue la más atractiva. Gala supo muy bien cuidar de Salvador, aguantarle en sus crisis, en sus comportamientos más cuestionables, supo verlo llorar, frustrarse y tocar lo más alto. Gala entendió que no hay límites mayores que los impuestos por uno mismo para el amor. 

   Yo pienso que cada uno tenemos un Dalí (o una Gala) por ahí, esperando ser cuidado y completado, deseando saludarnos y cogernos de la mano. Alguien que acabe nuestras palabras y refleje con las suyas nuestros pensamientos; alma gemela, lo llaman algunos. Nunca dejen escapar a su Dalí o posiblemente se arrepientan, tengan paciencia y piensen que los genios son como niños y que lo más bonito es siempre difícil de entender. Cuídenlo, aménlo, hagánle el amor con mucha fuerza y espérenlo hasta el fin de sus días.