¿En qué momento de mi vida decidí que prefería ser observadora a observada? No puedo recordarlo y eso es quizás lo peor de todo, pues posiblemente se tratase de un proceso de degradación del que una ni siquiera puede ser consciente. Tan triste como escribir en primera persona una realidad, o como no saber imaginar más allá de lo que se ve tras los cristales de la patria nuestra. Dejar de ser un sueño por volverse parte prescindible del sueño de otros. ¿Y dónde está el amor? ¿No será quizás un sentimiento que le teme más que a nada a la soledad y busca ansioso cuerpos en los que refugiarse para no morir en cada noche estrellada? Parece que cuanto más sufre uno por él, menos sabe y más defraudado y enfurruñado con él se siente. Si es tan común como cuentan los escritores y muestran los directores de cine, ¿entonces por qué nos sorprenden tanto sus novelas y sus películas? ¿y si es tan común no pasaría a ser poco valorado, feo, rutinario? No, no puede ser común y por eso no puede ser vivido por todos los que dicen conocerlo. Quizás sea otro de los grandes postulados humanos para no sentirnos la ínfima parte del universo que en realidad somos, quizás nos reunamos con otros para hacernos creer que para alguien sí somos importantes y somos no una gran parte del mundo, sino el mundo entero. El amor parece egoísta, egoísta y hermoso a la vez, irreal si se teoriza y terrenal cuando se practica. ¡Una podría enloquecer si se dedicara a estudiar el amor! ¿En qué momento decidí escribir sobre esto? ¿En qué momento se murieron las palabras? ¿Cuándo te aclararás, amor? Creo que tengo la respuesta, no se puede pensar en el amor porque no es más que contracción, es una antítesis de esas que tanto me gustan como enfrentar las flores a la nieve o el beso de un niño a un anciano. No vivo sin contradicción, no vivo sin amor.
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